Roberto Pettinato y su ataque al folklore: de rocker provocador a un rancio creador de zonceras argentinas
Las opiniones del músico y comunicador no pasaron inadvertidas y generaron el repudio de un gran sector de la sociedad. ¿Vale siempre decir cualquier cosa? El abismo entre la ignorancia y lo disruptivo.
Roberto Pettinato generó revuelo esta semana luego de opinar sobre el folklore en su programa de streaming. No es para menos, fiel a su estilo irreverente, arrojó: “Hay algo, que es lo más terrible que le pasa a la ciudad, y al mundo, y es su propio folklore. Será que soy yo el que no lo entiende, que no lo puedo entender, el folklore tiene millones de divisiones, pero a mí no me importan, porque todas me avergüenzan. Y lo digo con vergüenza, que eso es lo peor”.
Y continuó: “Ustedes no saben la cantidad de veces que he tenido charlas con cumbiancheros (...) porque quiero aprender, quiero ver qué carajo pasa. Pero el folklore, con el charanguito, el bombito, la cosa, ahí yo tengo un problema y sé que mucha gente también y no lo podemos resolver. Nos avergüenza, no nos gusta, y es como si fuera el abrazo desnudo de tu propia madre”.
Tan corrido está Pettinato de la escena, tan vuelto el eco de sus propias miserias, y al mismo tiempo, tan acostumbradas las audiencias a los discursos de odio circulantes, que todo podría haber pasado inadvertido. Sin embargo, no sucedió y desde el eximio músico, Juan Falú, hasta el gobernador de Salta, Gustavo Saénz, salieron a responderle con sentido de belleza y de justicia.
La dimensión de la zoncera
La reacción es entendible, ya no se trata del gesto rebelde de un tipo que en algún momento supo ser disruptivo, sino que, por el contrario, se vuelve una torpeza que denota su profunda ignorancia sobre la música folklórica. Desde su mirada rancia, Pettinato insulta la esencia popular: lo hace porque quiere y porque puede. Lo hace, muy cómodo, con un tiempo en el que está todo habilitado -al menos para algunos sectores-, lo hace desde el pedestal de la supuesta superioridad estética y moral que aprendió en la eterna historia, de los que miran al interior, desde la comodidad del centralismo.
No es provocador, es peligroso y ruin. No solo por el alcance de las palabras en estas pedagogías masivas que tienen los medios y que muchas veces elegimos soslayar. Decía Arturo Jauretche: “El colonialismo no se impone solamente con bayonetas, sino también con zonceras”.
Las zonceras eran para Jauretche ideas impuestas culturalmente que se presentaban como verdades, garantizando que actuáramos contra nuestros propios intereses. Entre ellas, aparecía el tan recurrente lugar común de ponderar lo ajeno por sobre lo propio. En su zonzo pensamiento, Pettinato prefiere rechazar la identidad mestiza sin siquiera intentar conocerla o comprenderla.
Folklore e identidad
Hubo alguna vez un Atahualpa Yupanqui que fue puente ente los anónimos cantos del corazón del pueblo y los públicos urbanos. Un Jacinto Piedra que llenó de Miski Mayu las calles de Morón con su rock de norte profundo. Una tradición migrante que metió sus recuerdos de zafra, mina, petróleo, salitral y caña con ruda en un bolso, para compartir junto al vino en las mesas de una Buenos Aires que tenía sus propios relatos, héroes y heridas y que, aunque a regañadientes, logró abrazar.
Hay a la vuelta de tu casa y la mía, una familia, un rancho, un fuego encendido donde se siguen amasando ese pan de pasado y presente que es el folklore: las artes olvidadas, la nostalgia, la forma de comprender todas las cosas y de nombrar el cotidiano, la canción de lo que queremos ser. Decía Atahualpa: “El folklore no es una cosa antigua, ni moderna: es una cosa eterna”.
La ignorancia es una posición cómoda y peligrosa
El folklore es el último bastión. Nos enojamos con Pettinato porque seguir tolerando ataques a los que somos es una forma muy triste de inmolarse. Nos enojamos con Pettinato porque quizá aún no estamos pudiendo indignarnos con cómo arrasan con nuestros recursos, con la profundidad atroz de las desigualdades.
Nos enojamos con Pettinato porque nos sentimos humillados y despreciados, en algo tan simple y tan primario como es nuestro sentir. Nos enojamos porque cada vez es más difícil encontrar, en éste todos contra todos, que la estructura sí nos garantiza, lugares donde reconocernos iguales, dónde envolvernos en el cálido abrazo de pueblo.
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