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La Mañana Isla Verde

Siria, la abuela de 90 años que en la década del '70 decidió instalarse en la isla Verde pensando en toda su familia

Transformado en un camping, la península de 12 hectáreas en uno de los espacios verdes que disfrutan miles de neuquinos y extranjeros a orillas del río Limay.

En la década del ’70 y ’80 era toda una odisea dar con la Isla Verde para aquellos neuquinos nacidos y criados que sabían de la existencia de ese espacio. En ese pulmón verde de 12 hectáreas, que tuvo siempre la postal del inmenso río Limay, del cual muchos visitantes quedan enamorados, Siria Salgado Garabito comenzó a afincarse en la inhóspita isla en el año 1975, en la cual actualmente vive junto a sus hijos.

Siria, quien tiene 90 años, mantiene su lucidez y se muestra muy activa. “Se mueve por todos lados como las gallinas”, dice Gustavo, el menor de sus ochos hijos.

De estatura baja, ojos achinados, tez morena y rasgos bien marcados por la vida, Salgado Garabito nació en Curacautín (en Mapudungun significa Piedra de reunión), localidad ubicada en el sur de Chile. Casada con Juan Baeza (argentino), esta mujer cruzó la cordillera de los Andes para primero situarse en Quillén, situado en el departamento Aluminé, según recordó. “Tenía 14 años cuando vinimos a la Argentina con mis padres y en el año 68 llegué a Neuquén”, contó Siria sobre sus primeros pasos en estas tierras. “Era todo un campo abierto y estaban haciendo la Ruta 22”, rememoró.

En sus primeras actividades laborales, la mujer -que se autodenomina como una “guerrera”- trabajó en la zona de Campo Grande haciendo tareas que tenían que ver con las chacras. “Había mucho trabajo en las chacras y venía gente de todas partes de la zona. También trabajé en la chacra de Ortuño en Centenario. Siempre me dedique a trabajar con la tierra y los animales”, aseguró Siria.

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Si bien por sus edad los registros en su memoria se cruzan en cuestiones de fechas o ubicación, Siria contó que tuvo su paso trabajando en el tambo de Rivas, ubicado en calle Chocón al fondo, en el restaurante Los Amigos (frente a la terminal Estrella en el año ’80), en la confitería Zoia, como ayudante de cocina en la clínica Pasteur y otros quehaceres domésticos. “Nunca me quede de brazos cruzados. Hice de todos porque tenía hijos y había que darles de comer”, dijo Siria.

Su arribo a la Isla Verde

Toda la familia Baeza vivía en una frágil casa de la calle Santa Cruz, frente a una canal que se encontraba en la zona en la década del ’70. En ese hogar de barro y chapa de cartón, según describió la mujer trasandina, se dedicaban a la crianza de pollos, conejos y lechones. Por diferencias con vecinos decidió buscar otro espacio. De acuerdo a su relato, Siria decidió acercarse al Ministerio de Tierra. Y así fue que consiguió el permiso para acceder a las tierras de la Isla Verde: “No podía dejar mis aves y fui a pedir tierras para seguir con la crianza y sembrar. Explique mi situación a Carlos González (ministro en ese entonces) y me dieron el permiso”.

No fue nada fácil para los Baeza hacer las primeras visitas: dos cámaras de tractor le sirvieron para un improvisado bote para comenzar a llevar algunos animales y otras cosas a la isla. “Llegábamos caminando hasta la calle Ignacio Rivas. Íbamos caminando por el agua y nos largábamos desde el brazo del río –para aprovechar la correntada- para cruzar. Tenía como 100 metros de ancho. Y el terreno (del islote) en algunas partes era alto. Primero pasábamos algunos fines de semana. Estaba casi todo filtrado de agua”, contó Siria. Y agregó con humor: “Andábamos a las patadas con los pescados".

En ese tiempo, un brazo chico del río Limay pasaba a metros del Club de Ingenieros y del existente barrio privado, La Zagala. Con la construcción y funcionamiento de la represa del Chocón –se inauguró en 1977- el nivel del agua bajó mucho sus niveles. Además, la construcción de una defensa de unos 150 metros, hecha por Hidronor, permitió el desvío de ese brazo del río. El sector ribereño tiene su acceso por la calle Ignacio Rivas.

“El desvío del río nos permitió hacer un puente y poder llegar en mejores condiciones. “No teníamos nada –por los servicios- Del club de Ingenieros nos habilitaron luz. Después teníamos lámparas a kerosene y velas. Éramos los isleños”, detalló Salgado Garabito.

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Decididos a instalarse en el virgen terreno en ese entonces, un pequeño puente sirvió para el acceso a la isla en el que hoy pude verse un cartel de chapa que comunica: “Propiedad privada, prohibido pasar. Familia Baeza”.

“El primer vehículo que pasó fue una moto y una camioneta Chevrolet del 68 modelo Apache. Era todo selva y algunas arboledas”, reveló la mujer, que también paltó árboles que hoy pueden apreciarse y, que poseen una altura de 40 metros.

La primera casa y lo duro del invierno

Para la construcción de una primera casa, los hijos de Siria tomaron la iniciativa de realizar los bloques elaborándolos con cemento y cal. Todavía Siria vive en esa edificación, que contó anteriormente con dos ambientes chicos y cortinas que cumplían la función de puertas. Hoy, a la casa se le anexó una nueva habitación y baño. “Mis hijos fabricaron los bloques porque era complicado cruzar por el río los ladrillos. Luego, el primero en venirse fue Gustavo. Se hizo su casa y hasta el día de hoy vive ahí con su familia”, contó la abuela de 90 años.

Siria describió que los inviernos eran muy duros por las bajas temperaturas. “Hasta el aceite se escarchaba”, lanza. Y agregó que sus hijos eran los encargados de buscar la leña. “Hace 40 años que vivo acá y cruzábamos el río en bote para ir a buscar leña a la meseta de enfrente (zona perteneciente a la provincia de Río Negro)”, explicó Gustavo, quien tiene tres hijos (Romina, Jésica y Emanuel) junto a Lucía Fernández. “Los primeros en venir a vivir a la isla fuimos mis padres junto a mi otros dos hermanos", añadió.

Los demás integrantes de la familia se quedaron en la casa de la calle Santa Cruz. Con el paso de los años, el resto de los familiares se fue haciendo su propio hogar en la isla y actualmente son 10 las familias que viven allí. Además de Gustavo, la familia se completa con María Nélida, Juan (fallecido), José Luis, Hugo Roberto, Carlos Enrique, Oscar (fallecido), Dominga –vive en Buenos Aires-, Gustavo y Mirtha, ésta última de un segundo matrimonio luego de que su primer esposo la abandonara, según relató Siria. “Se fue con otra. Ahora descansa bajo tierra”, comentó Siria sobre el hombre que trabajó en la Cimalco, fábrica de bloques que se ubicaba en la calle San Martín al 1800.

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El vivir cerca de la vera de cualquier río tiene sus riesgos y consecuencias. Y en la década del ‘70 los Baeza fueron testigos directos de una de las grandes inundaciones que tuvo Neuquén provocada por una gran tormenta. “Teníamos el agua a metros pero estábamos situados en un lugar bastante alto. Vimos como corderos, chanchos flotaban. Nos manejábamos con un bote de madera. El agua llegó hasta las vías y en la canoa íbamos a comprar provisiones a Chanta Cuatro, El Viejo Almacén, Botica. Llegábamos hasta la puerta de los locales en canoa”, relató el hijo más chico de Siria.

De acuerdo a los medios de la época la violencia de las aguas desbordó canales y cursos y cambió la fisonomía de la capital neuquina. Inundó casi todos sus barrios y provocó la evacuación de centenares de personas.

“En 2014 la crecida no fue tan grande pero salimos de la isla porque fuimos evacuados por Defensa Civil y los Bomberos. Nos hospedaron en las oficinas del Balneario Municipal”, agregó Gustavo sobre la segunda diluvio que afectó a la ciudad.

El camping

A 15 minutos del microcentro y rodeado de barrios selectos, en la década del ’90 comenzó a funcionar la Isla Verde como un “mini camping”. El predio era visitado por miles de personas en temporada de verano y muchos eran pescadores que pasaban la noche en carpa. Si bien en esos años no contaban con la habilitación del municipio, para ingresar a la península solo se cobraba 30 pesos. “La costa es pública y siempre presentamos notas para que habiliten el camping y los locales pero no lo hacían”, aseguró Baeza. Y Siria acotó seria: “Siempre nos vinieron a guapear porque querían hacer un balneario municipal. Pechi Quiroga (ex intendente de la ciudad) nunca vino a visitarnos”.

De acuerdo el testimonio de Baeza, el camping ha sido y es visitado por extranjeros que pasan por la zona. En su mayoría son mochileros que van conociendo la Patagonia. “Ha pasado gente de Alemania, Francia, Estados Unidos, Croacia. A ellos les gusta estar en contacto con naturaleza. Y cuando veían el río no podía creerlo. Todavía tengo fotos de los pasaportes de algunos de los que pasaron”, reveló Gustavo. “Y agregó: “Cuando pasó el rally Dakar por Neuquén varios mecánicos de los equipos eligieron quedarse en la isla”.

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En el año 2021, la Isla Verde pasó a ser parte del paseo costero que se extiende a orillas del Limay. Para Siria y sus hijos fue valioso en todo sentido que la obra se realizara. Consiguieron finalmente la tenencia de la tierra y la habilitación del camping, que hoy está registrado y puede ser recomendado a los turistas por las oficinas de Información Turística de la ciudad.

“El intendente Mariano Gaido y Juan Martín Hurtado (secretario de Gobierno de la comuna) nos vinieron a ver y firmamos un convenio para que el paseo y ciclo vía puedan seguir con su obra. Por suerte nos dieron la tenencia provisorias de las tierras y la habilitación del camping y la proveeduría”, aseguró el más chico de los Baeza. “Ahora está todo regularizado y mensuramos las tierras”, acotó. Cabe señalar que la familia Baeza no puede vender los lotes y solo lo pueden habitar o heredar sus descendientes.

Bendita luz

El camping Isla Verde cuanta con todos los servicios: baños, estacionamiento, proveeduría, parrillas y espacio para acampar. También ofrece excursiones por el río. “A diferencia de otros camping nosotros estamos abierto todo el año”, contó Gustavo, quien aguarda con ansias las instalación de los servicios que le prometió el municipio. “Tenemos un solo medidor (él de su madre) para todas las casas. Y eso trae problemas porque baja la tensión de la luz y puede perjudicar las heladeras, freezer y otros artefactos eléctrico”.

“Cómo puede ser que toda las casa de un barrio privado tenga su medidor y nosotros que vivimos de toda la vida acá, no”, señaló Siria.

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“Siempre fui una luchadora y con la miseria que tenía eduque bien a mis hijos y he sido honesta. Nunca bajé la vista, ando como un refusilo. Todavía falta para partir tranquila porque no cerró el círculo”, concluye la mujer que se siente a las nueve décadas una “guerrera viva” protegiendo a su familia.

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