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Sonría, lo estamos filmando

Los videos de hechos de inseguridad son tan crudos y tan abundantes que ya no consiguen conmover ni indignar a nadie.

A 129 años de la creación del kinetoscopio de Edison, y a 128 de la primera proyección de cine de los hermanos Lumiere, las cámaras de video se democratizaron hasta volverse omnipresentes. Hoy, filmar algo no requiere de esfuerzos extraordinarios y, así, el mundo se convirtió en un inmenso set de grabación que nos acerca un poquito más a la distopía de Orwell (por las cámaras) o a la de Huxley (por la indiferencia que provoca en aquellos que están mirando).

En un Mundo Feliz, Huxley se imaginó un futuro donde la información no era controlada o retaceada por gobiernos totalitarios. Al contrario, era tan excesiva que ya no le importaba a nadie. Y decía que la información, cuando es sobreabundante, sólo consigue generar pasividad y egoísmo.

¿Es el nuestro el mundo "feliz" que se imaginó el autor en los años 30? Ahora que podemos ver todo de forma casi instantánea, perdimos la capacidad de sorpresa. Peor aún: ya casi nada nos indigna, nada nos conmueve. En ese consumo frenético que propone la generación tiktokera, sólo basta un movimiento rápido con el pulgar y pasamos a otra cosa.

Una nena de 11 años se toca el abdomen en la calle después de ser atacada por motochorros. Deslizar. Las celebrities de Estados Unidos se sorprenden en Miami con otro golazo de Messi. Deslizar. Un hombre entra en una heladería de Palermo y brama que no se quiere morir justo antes de derrumbarse en el suelo. Deslizar. Y así seguimos, en un loop infinito de indiferencia.

El periodismo lucha por jerarquizar la información y encontrar el trigo en este pajar de consumo esquizofrénico de mensajes que no siempre son ciertos. Busca sembrar debates o escarbar en una profundidad más reflexiva sobre cosas que ya están filmadas y que llegan al instante. Pero también cae, una y otra vez, en la fragmentación del contenido, aterrado con la idea de volverse aburrido u obsoleto.

¿Y si nos proponemos ser un poco más aburridos? ¿O un poco menos felices en términos de Huxley? ¿Para qué sirven miles de millones de datos que a nadie le importan? ¿Siguen siendo mensajes valiosos? ¿O son solamente el arrullo para una sociedad adormecida que ya no puede, o no quiere, despertarse?

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