Hace 30 años, Ariel Sotomayor chocó violentamente con su moto en la ruta 22. Pasó 120 días en terapia intensiva, 28 días en estado vegetativo y seis días en coma profundo. Hoy cuenta con detalles ese trágico episodio en el que está vivo de milagro.
El 26 de agosto del año 1994, Ariel Sotomayor se levantó temprano de su casa en el barrio Amulen, se subió a su moto Yamaha XT 600 y se dirigió a su trabajo como lo hacía habitualmente todas las semanas. Tomó su trayecto por la ruta 22 con destino a Autoaccesorios Neuquén –local que estaba ubicado en José Rosa y Perticone- y llegando a la intersección con la calle Enrique Nordestrom comenzaría a escribir el inicio de una historia tan trágica como milagrosa.
Es que el ex futbolista de Independiente de Neuquén, Centenario y Cipolletti impactó fuertemente contra un Renault 12 que se le cruzó en la vía. Como resultado del terrible accidente su cuerpo quedó prácticamente despedazado. Y además, sufrió una enorme abertura de cráneo pese a que llevaba el casco de protección.
“Eran 8.15 de la mañana y salí de la casa de mi mamá de Remigio Bosch 510 camino al trabajo. En el semáforo de calle Chaneton, la luz verde me da paso y cuando estoy llegando a Nordestrom se cruza un Renault 12 en el medio de la ruta. La conductora me miró, se adelantó un poco más, pero me tapó todo el carril mío y tuve que cruzarme al otro, pero me terminó agarrando toda la pierna derecha; me quebró el fémur en cuatro partes”, recordó Sotomayor al detallar el suceso.
En esa época, la ruta era muy angosta con un solo carril de ida y vuelta, mientras la calle Nordestrom continuaba su curso cruzando la ruta con dirección al norte. La señora que cometió la imprudencia aparentemente llegaba tarde para dejar a su hija al jardín, que se encontraba en Pasaje Claro, según le informaron luego a Ariel.
Para tener más exactitud, el choque ocurrió en la zona donde se encuentran el negocio para el automotor La Unión, Ledda Automotores, lo que era el Gran Lomo (cambió su nombre) y Distribuidora Neuquén, estos tres últimos comercios situados sobre Teodoro Planas.
“Golpeé la cara con el parabrisas, volé casi 16 metros y en la caída -cuando me doy el golpazo- se me abrió la cabeza, se me fracturaron los maxilares, las cervicales que tocan la medula, me fisuro la clavícula del hombro en tres”, agregó.
Tras el fuerte siniestro, el Conejo Sotomayor –como lo conocen muchos allegados y vecinos- no perdió la conciencia inmediatamente y llegó a dar el número telefónico de la casa de su madre para que le avisen qué había pasado. “Perdí la conciencia cuando llegué al Hospital Castro Rendón y me inyectaron Pentotal (anestésico que produce una anestesia general). A partir de ahí estuve dormido como más de cuatro meses”, contó.
“Durante el traslado en la ambulancia me decían que me quedara tranquilo y me contaban que había tenido un accidente grave. Que no hablara para llegar tranquilo al hospital”, acotó.
Rosa Aguilera, tras el choque que tuvo su hijo, se “mudó” al Castro Rendón porque durante todo ese período que estuvo internado aguardaba por su recuperación y dormía en una reposera en las instalaciones del hospital. Rosa falleció hace tres años. “Los médicos le decían a mí mamá que no sabían si iba a sobrevivir por todas la lesiones, golpes, que tenía”, contó el ex defensor central, que también militó en la primera de Temuco (Chile).
Una eternidad y angustia
Sotomayor, quien tenía 24 años cuando sufrió el desgraciado acontecimiento, estuvo 120 días en Terapia Intensiva, 28 día vegetativo (estado de inconsciencia completa) y seis días en coma profundo.
“Con el tema del accidente se me despegó el ojo derecho y quedó colgando, se me rompió el oído derecho en el cual ahora tengo un tímpano ortopédico, la cabeza se me abrió en un siete y perdí masa encefálica, se me fisuraron las dos cervicales que tocan la médula, la clavícula del hombro derecho se me partió en tres y el fémur derecho en cuatro. Eso fue todo lo que tuve y me reconstruyeron. Podía haber quedado cuadripléjico o hemipléjico. No tenía muchas formas de vida”, describió.
Por otro lado, se refirió a la presión que presentaba: “Dicen que parecía una pelota de básquet. Los médicos le comunicaron a mi mamá que había dos opciones: ‘se desinflama o explota’. Tuve suerte que se desinflamó y puedo contarlo. Y acá estoy”.
Cuando uno puede observar de cerca el cuero cabelludo del ex trabajador petrolero, que durante 16 años se dedicó a la actividad, son varias las cicatrices que se dibujan en su cabeza. “Tengo dos catéter, uno adelante y el otro atrás”, lanzó Ariel sin dar muchos más detalles.
Durante el transcurso de la internación recibió algunas visitas de su entorno más íntimo. Y ante eso, a pesar de su delicado estado de salud, Sotomayor mostró algunas reacciones. “Los médicos informaron que cuando me iban a visitar me daba cuenta si era alguien conocido porque cuando me hablaban inmediatamente la presión me subía o bajaba por los nervios que me agarraban. Creo que tenía un mínimo de conocimiento de quién me hablaba pero estaba muy dormido, dopado”, explicó sobre ese hecho.
Despertar junto a mamá
Después de pasar un largo tiempo en esa situación que daba mucha incertidumbre por cómo iba a quedar de su salud tanto en lo mental y físico, el ex defensor abrió los ojos. “Lo primera persona que vi fue a mi mamá que estaba al lado mío. Me dijo ‘Hola, Ariel’” y se me cayeron las lágrimas. Así empecé otra vez”. Sin embargo, tras la inmensa alegría que significaba ese despertar, se decidió dormirlo otra vez por unos días para que no se altere demasiado emocionalmente.
Como Ariel estudió en el colegio Don Bosco, siempre se realizaban oraciones por pedido de su madre. Lo mismo sucedió en La Catedral cuando en ese tiempo se encontraba el Obispo Jaime de Nevares y el padre Eduardo.
En su salida del Castro Rendón, las cosas no fueron nada sencillas en cuestiones de reconocer a la gente. “Me pasaba que me cruzaba a alguien en el centro de la ciudad que lo conocía y saludaba, pero no podía recordar su nombre. Yo le decía a las personas ‘con vos me fui al lago o a tal lado’ pero no me acordaba su nombre. Con ese tema estuve casi dos años y medio, tres. Hasta el día de hoy, pero ya no tanto, hay gente que me saluda y le tengo que preguntar quién es porque no tengo su registro”, puntualizó. En cuanto a su entorno familiar, no tuvo ese inconveniente a la hora de hacer un reconocimiento de los rostros.
El paso a paso de Mostaza y las secuelas
“Como dice Mostaza Merlo (ex entrenador de Racing Club), fue paso a paso. Me estuve haciendo controles médicos cada seis meses y ahora cuando veo que me siento mal me hago enseguida un examen médico. La parte farmacológica siempre me la atendió el doctor Ferro en el hospital Castro Rendón y la parte de recuperación ósea la comencé hacer con Gustavo Arman, que era el ayudante médico en el club Independiente”, contó Ariel.
En vías de su recuperación, Sotomayor todos los días aguardaba por la ambulancia para ir a su rehabilitación. “En la pierna derecha me había puesto un tutor (fijador externo dinámico para huesos medios y largos) y tenía que ir siempre al hospital para la limpieza, cambiar gasas y todo eso. Después mi mamá me llevaba en sillas de ruedas hasta el centro de rehabilitación que tenía Arman sobre calle Carlos H. Rodríguez a una cuadra de la Avenida Argentina. Estaba como dos horas y medias haciendo los tratamientos de rehabilitación”, relató.
Ariel describió que pasó dos meses y medio en sillas de rueda, luego fue el turno de utilizar muletas, bastón canadiense, hasta que llegó a caminar por motus propio: “Me costó bastante porque la pierna derecha me quedó un centímetro más corta que la izquierda. Se fue recuperando, pero si estoy muy cansado te das cuenta de eso porque comienzo a cojear. Eso me dijeron que me iba a quedar por el resto de la vida”.
Otra de las secuelas que le dejó el choque fue sobre su ojo izquierdo, que lagrimea algunos segundos antes que el derecho. “Quizá el lagrimal no me quedó bien y por eso casi ni me llora”, aseguró.
Respecto a la sensibilidad de su cuerpo, Ariel reveló que la parte derecha de su cara y parte de su cuerpo, de ese mismo lateral, no puede sentir ni el frío y tampoco el calor. Respecto a la alimentación, las manzanas y ciruelas (si no están muy bien lavadas) le producen alergia.
Volver a casa
Sotomayor sostuvo que la buena conducta que tuvo en su vida con la alimentación y no fumar, aparte de consumir alcohol en mínimas cantidades, lo ayudó mucho a su rehabilitación. “Desde los 8 años de edad que hago deportes, entonces tenía pulmones sanos, limpios. Los médicos mismos le contaron a mi madre que si yo hubiese tenido los pulmones afectados por el cigarrillo u otra cosa no hubiese podido recuperarme”, aseveró.
Una vez fuera del nosocomio se trasladó a la casa de su mamá, quien puso una cama en el living para que esté más cómodo, ya que su habitación estaba en un primer piso: “Estuve tres meses más en reposo. Para que me sintiera mejor me sacaba a pasear o me dejaba un rato en la vereda. En reencontrarme con los vecinos fue como hacer una nueva presentación porque ellos sabían un poco qué me pasaba con el tema de la memoria. Creo que siempre me mantuve normal, nunca me crucé con ese ‘más allá’ o ‘túnel’ como dicen algunas personas que pasaron por alguna situación parecida a la mía. No vi nada de eso”.
No colgó los botines
Desde los 17 años, el Conejo Sotomayor se desempeñaba como futbolista en la Liga de Fútbol de Neuquén (LIFUNE) y, cuando se accidentó, formaba parte del primer equipo de la Asociación Deportiva Centenario. Siempre jugando con el número dos en la espalda, también fue parte de los equipos de Independiente de Neuquén, Centro Español de Plottier y Cipolletti, en la época fructífera del albinegro cuando tenía en sus filas a Marcelo Yorno (ex Boca Juniors) y Guillermo Rivarola (ex River Plate).
Ya de pie, frente en alto y recuperado, tuvo que aguradar un tiempo largo para emprender el desafío de volver a una cancha. No obstante, ese día llegó cuando fue a ver un partido amistoso de unos amigos conocidos e ingresó al campo de juego de prepo.
“Mi mamá no quería saber nada. En ese partido estaba jugando mi hermano y le dije que me dejara entrar porque sentía que ya no tenía problemas. Fue empezar a correr un ratito. Actualmente estoy jugando el torneo Don Pedro en el equipo de Gimnasia y Copete, que está compuesto por ex jugadores de Senillosa y Chocón Lauquén, club que supo competir en Lifune. El pasado año salimos campeones y este año fuimos subcampeones en la categoría +50. Hace dos años que juego con ese equipo porque antes lo hice en Autoquén”.
A sus 54 años y próximo a celebrar sus 24 años de casado en diciembre, Ariel Sotomayor sigue siendo “el mismo de siempre” con una familia consolidada a la que le dedica toda sus energías y tiempo.
“Tengo que pensar en todo y cuidarme por mi familia. Tengo dos varones de 25 y 21 años y, una nena de 15. Son cosas que la vida te dice. No sabemos si hoy vamos a estar o no. Sigo siendo el mismo de siempre”, lanzó a modo de reflexión. “Todavía hay algunos que me dicen Robocop o Robotech (personajes robóticos del film y la serie)”, cerró con humor El Conejo, quien todavía sigue andando en moto pero lejos de la ciudad.
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