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Un encuentro clandestino: dos montoneros neuquinos en un bar de Buenos Aires

Serena Gutiérrez y Enrique Sapag se cruzaron de casualidad en 1977. Una charla profunda y un acto solidario cambiarían sus destinos para siempre.

Fue un encuentro fortuito y clandestino que ninguno de los dos militantes montoneros neuquinos se lo esperaba. Ocurrió en un bar del barrio de Once, en Buenos Aires a fines del invierno de 1977, en plena Dictadura Militar, poco después de un año del Golpe de Estado que derrocó a Isabel Perón.

Serena Gutiérrez tenía 23 años cuando aquel mediodía se topó con Enrique Sapag, de apenas 19. En realidad, fue Enrique el que la vio a Serena que estaba hablando en un teléfono público en la vereda y la invitó a tomar un café. No hubo abrazos efusivos ni besos; apenas unas miradas y señas.

El bar de Once era un pequeño refugio donde habitualmente frecuentaban decenas de anónimos en busca de un café o algo rápido para comer, como en tantas confiterías de Buenos Aires. Concurrían oficinistas, viejos solitarios, amigos, parejas y todos los personajes urbanos imaginables que desde temprano poblaban las calles de la ciudad cumpliendo sus rutinas y obligaciones.

Enrique y Serena se conocían por su pasado patagónico y por su militancia en Montoneros. Ese reencuentro casual los presentaba a ambos con pérdidas dolorosas y realidades difíciles, aunque la situación de ella era peor. Su pareja, Rodolfo “Fito” Teverna, cuadro militar de la organización, había desaparecido el 16 de abril tras una cita con otro compañero, pero su muerte fue informada a través de los diarios de la época 60 días después.

Serena estaba sin trabajo, sin un lugar para vivir y con dos hijos: una nena de 4 años y un bebé de ocho meses. Además de la tristeza que sentía por la reciente muerte de Fito, tenía terror a correr la misma suerte. Al hogar que ambos compartían no podía volver, tenía amigos que no sabía si estaban vivos y dentro de Montoneros había tanta incertidumbre como desorganización. Entre fines de 1976 y mediados de 1977 el avance del Ejército sobre los grupos guerrilleros había sido devastador y las muertes y las desapariciones se multiplicaban.

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Los operativos militares se intensificaron entre fines de diciembre de 1976 y mediados de 1977.

Los operativos militares se intensificaron entre fines de diciembre de 1976 y mediados de 1977.

Enrique también lo sabía. Su hermano Ricardo “Caíto” Sapag, miembro militar del grupo guerrillero, había sido asesinado el 30 de junio de ese año en la ruta N°2, camino a La Plata, en el partido de Florencio Varela. Estaba por tomar un colectivo cuando fue “marcado” por una pareja que hasta hacía poco integraba la misma organización; “dos traidores”, según Enrique. Seis patrulleros llegaron en cuestión de minutos y después de un intenso tiroteo murió acribillado igual que otro joven que lo acompañaba. Tenía 24 años.

La muerte rondaba y acechaba a Enrique y su entorno. Cinco meses atrás, Norma Cerrota, la novia de Caíto, se había suicidado antes de caer en una redada del Ejército. Norma estudiaba Filosofía y Letras en la UBA y antes de militar en Montoneros había participado en la Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Alguien la delató cuando concurrió a una cita aquel 8 de febrero. Una pastilla de cianuro marcó su final para que no la atraparan. Tenía 26 años.

Enrique estaba consciente de que su vida estaba en riesgo. Se comunicaba con su familia a través de cartas o llamadas telefónicas a distintos domicilios de Neuquén con fechas y horas predeterminadas, además de cambiar de residencia cada vez más seguido. Se movía con cautela, desconfiaba de todo y ni siquiera las personas que vivían con él sabían cuál era su verdadero nombre, mucho menos su pasado. Lo conocían por “Ique”, o “Missi”, diminutivo de Mississippi, por la pasión que tenía de las películas de John Wayne y aquellas aventuras que mil veces había visto en el cine y la televisión.

Fue la familia del escritor Miguel Bonasso (también miembro de Montoneros) la que lo bautizó como "Missi" cuando compartieron la vida en la clandestinidad durante un tiempo. Enrique le había comentado a Miguel que tenía un padre poderoso, pero nunca había entrado en detalles. Le decía que políticamente estaba en la vereda de enfrente y se lamentaba por eso. Miguel nunca sospechó que el papá de Missi era en realidad el líder patagónico Felipe Sapag.

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Caíto y Enrique, los dos hijos asesinados de Felipe Sapag.

Caíto y Enrique, los dos hijos asesinados de Felipe Sapag.

Con 19 años, Enrique tenía mucho más aspecto joven de lo que realmente era. Su sentido del humor, su sonrisa constante, y sus bromas lo hacían más aniñado, aunque cada vez que reflexionaba sobre la vida, el mundo y la política parecía un hombre mayor; un tipo con experiencia, según sus familiares y amigos.

El encuentro en aquel mediodía en el bar de Once fue triste porque ambos compartieron el dolor que habían sufrido. Serena le contó sus penas, le dijo que cortaría todo tipo de contactos porque no quería correr más riesgos, pero que necesitaba con urgencia un trabajo para poder mantener a sus hijos. Le confesó que ni siquiera se animaba pedir ayuda a algunos de sus familiares para no ponerlos en peligro.

Enrique le habló de la pérdida de su hermano, reconoció la difícil coyuntura, pero más allá del dramático momento que ambos vivían le pidió que tuviera esperanzas, que todo saldría bien. Y tuvo además un gesto que sorprendió y emocionó a Serena. En un momento de la conversación, sacó varios fajos de billetes que tenía guardados y se lo entregó. “Con esto vas a poder pagar un alquiler por un tiempo y vas a mantener a tus chicos”, fueron sus palabras.

Enrique tenía dinero porque su padre, gobernador de Neuquén hasta el Golpe de Estado, lo venía apoyando económicamente con el objetivo de que se fuera del país. Durante varios contactos que tuvo, el líder del MPN le pidió que saliera de la organización, aunque su hijo le aclaró que solo lo haría si tenía el aval de la cúpula de Montoneros. “Si a mí no me lo ordenan, yo no me voy”, había dicho en varias oportunidades.

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Mario Firmenich fue el que avaló el exilio de Enrique Sapag.

Mario Firmenich fue el que avaló el exilio de Enrique Sapag.

Ante la férrea postura que tenía Enrique, Felipe decidió pedir esa orden en persona al propio Mario Eduardo Firmenich, el jefe de Montoneros que ya estaba exiliado en España. Así, el ex gobernador viajó junto a su esposa y logró reunirse con el dirigente en su casa de Madrid después de muchas llamadas telefónicas y negociaciones febriles.

Firmenich escuchó tanto a Felipe como a Chela y les pidió que se quedaran tranquilos, que se comunicaría cuanto antes con los jefes que quedaban en Argentina para darle un salvoconducto a Enrique. Felipe llamó inmediatamente a su hijo, le contó la buena nueva y le dijo que se cuidara, que lo esperaría allí mismo en Madrid. Desgraciadamente aquel plan nunca llegaría a concretarse.

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La última foto de Enrique y Felipe Sapag, en Buenos Aires, antes de la tragedia (Archivo familiar)

La última foto de Enrique y Felipe Sapag, en Buenos Aires, antes de la tragedia (Archivo familiar)

El 17 de octubre, poco tiempo después de la reunión que había tenido con Serena, Enrique se comunicó con sus compañeros de militancia para coordinar las acciones que realizarían en un paro ferroviario que se había lanzado en Berazategui. El plan parecía simple, pero encerraba una alta dosis de riesgo apoyar a los trabajadores en esa protesta que se anticipaba violenta.

En horas de la tarde, ya en la zona caliente de la huelga y cuando la policía de la provincia de Buenos Aires había comenzado a reprimir, él y sus compañeros organizaron una barricada con un colectivo incendiado en medio de las vías para evitar el paso del tren. Y el enfrentamiento fue inevitable. Quienes lo acompañaban escaparon y se salvaron de milagro refugiándose en casas de vecinos, pero Enrique no tuvo la misma fuerte. Una lluvia de balas terminó con su vida en cuestión de segundos.

¿Por qué fue a esa protesta que encerraba tanto riesgo? ¿Todavía no le había llegado el salvoconducto que había prometido Firmenich? ¿Fue el dinero que le entregó a Serena el que necesitaba para exiliarse y al que renunció? Son preguntas que aún cuestan responder.

Felipe y Chela estaban en España confiados en que su hijo había salido del país. Cuando recibieron la noticia de la muerte de Enrique la minimizaron, convencidos de que se trataba de una maniobra de distracción que había organizado Montoneros para que el operativo del exilio se concretara sin inconvenientes, según relató mucho tiempo después Silvia Sapag en el libro “Presentes contra el olvido”.

Recién cuando regresaron a la Argentina se dieron cuenta de que desgraciadamente era verdad, tras la falta de contacto con Enrique y a través de una llamada telefónica con una mujer que estaba preparando el escape. Fue ella la que confirmó lo que nadie quería creer. A Enrique lo habían matado.

Así, el sueño para salvar a su otro hijo después de la pérdida de Caíto, se había desvanecido. La familia Sapag volvía a caer en un abismo interminable de dolor.

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Serena Gutiérrez recordó aquel encuentro con Enrique Sapag.

Serena Gutiérrez recordó aquel encuentro con Enrique Sapag.

Recuerdos que vuelven más de cuatro décadas después

Pasaron 47 años de aquel encuentro casual en la confitería de Once y Serena todavía se emociona al recordarlo. Ya no es la muchacha de 23 años que buscaba ayuda sin saber dónde encontrarla. Ahora tiene 71. La vida pasó rápido.

“Yo estaba muy mal y asustada. Para mí fue un punto de inflexión. Con ese dinero que me dio Enrique pude alquilar un lugar para vivir y encontrar una estabilidad”, asegura. “Buscate un trabajo, búscate gente de confianza y vamos a seguir conectados”, dice que le dijo en aquella reunión que no duró mucho más de media hora y que fue la última.

En el año 1985 Serena tuvo la oportunidad de reunirse con Felipe y Chela en un almuerzo que se realizó en la casa del gobernador. Allí les contó lo que había ocurrido en ese encuentro con Enrique y también les habló del tema del dinero.

“A mí me hizo bien y a ellos también; escuchar, compartir momentos... La impresión que me dio Felipe, es que él quería saber quiénes habían estado con su hijo, en qué circunstancias, en los momentos afectivos o militantes”, asegura.

“También se emocionaron cuando les conté lo que me dijo Enrique al darme la plata: ‘Esto es para que alquiles, para que sobrevivas, para que vivas, para que te cuides, para que te salves. Y después veremos cómo seguimos esto’. Y eso lo conmovió a Felipe. La miró a Chela y le dijo: ‘evidentemente, fue el dinero aquel que le dejamos´", recuerda.

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Miguel Bonasso convivió con Enrique Sapag en la clandestinidad.

Miguel Bonasso convivió con Enrique Sapag en la clandestinidad.

Esa curiosidad del gobernador por conocer lo que había vivido Enrique en sus últimos días también la despejó con una carta que recibió de Miguel Bonasso cuando se enteró que "Missi" había muerto. En esa misiva el escritor le confirmó que su hijo había vivido con su familia y que había estado contenido y rodeado de afecto.

“En la cocina de la casa clandestina convivieron durante muchos días del invierno pasado tres generaciones: mi compañera y yo, su hijo Enrique y nuestros hijos. Discutimos de todo, nos peleamos y lo acompañamos en la alegría y la tristeza de un cumpleaños lejos de los suyos. La amistad y el compañerismo quedaron expresados en unos humildes y tiernos regalos que nos dejó antes de irse: unos muñequitos y un florero de «papier maché» y alambre que pintó con las témperas de los chicos. Sin decimos quiénes eran habló muchas veces en casa de ustedes, y yo, en virtud de ese compañerismo, de esa amistad, puedo decirles de todo corazón cómo los quería y los necesitaba. Mi compañera y yo tratamos de compensarle esa carencia de afectos y de casa a que lo sometía la clandestinidad y creo que nos quiso y fuimos un apoyo”.

Serena está convencida que aquel almuerzo con Felipe y Chela fue una decisión que tomó el gobernador para empezar a conocer a muchas personas que se habían relacionado con sus hijos. “Había tenido una apertura con todos los compañeros que venían llegando del exilio. Fue un darse cuenta, un decir ‘a mis hijos los reivindico y no los acuso ni los culpo de lo que hicieron’. Yo creo que en esa charla que tuvimos Felipe se abrió mucho”, reflexiona.

Serena guarda el encuentro con Enrique en el bar de Once en la memoria y el corazón, aunque algunos detalles se fueron perdiendo con el paso de los años.

¿Qué hubiera pasado si en aquel mediodía no se cruzaban en ese rincón de Buenos Aires? ¿Qué hubiese sido de su vida y la de sus hijos sin la ayuda económica que le dio su amigo?

Serena prefiere no hacer especulaciones, acaso porque todas las hipótesis posibles tienen un marco de tragedia.

La anécdota de esa reunión quedó guardada para siempre en su memoria y la trae al presente muy de vez en cuando. Ella dice que lo hace cuando se cumplen aniversarios dramáticos y melancólicos. Y así se da su propio permiso para volver a llorar después de todo lo llorado en aquellos tiempos oscuros y angustiantes.

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