La muerte de María Kodama a los 86 años ha pasado desapercibida en medio del estrepitoso reencuentro de la selección con la gente. La albacea de la obra de Jorge Luis Borges, el escritor más importante del mundo que nació en suelo argentino, dejó un testamento, pero su voluntad final todavía no ha sido develada.
Pese al vértigo e inmediatez de nuestro tiempo, la literatura de Borges y sus charlas permanecen vigentes, tanto como esos decorosos intentos de falsa modestia que solía tener el escritor.
Desde su más lúcida versión siempre optaba por mostrarse como un hombre dubitativo que hacía las veces de explorador, pero sus certezas eran envidiables y admirables.
Borges quiso ser valiente porque sus antepasados empuñaron la espada en las batallas que libró la Patria por su Independencia, pero en el espejo él veía el retrato de un cobarde. Se esmeró en el arte del coraje y fue así que desde la biblioteca familiar desafió a las letras y enarboló los cuentos más estremecedores de la literatura Latinoamérica y mundial.
Su historia tiene tantos giros como su narrativa. La vida que suele ser tan atractiva como siniestra, le obligó a heredar una ceguera a un hombre que devoraba libros y así las letras le quedaron ocultas bajo un velo amarillo. Pero fue ahí, cuando todo parecía sucumbir que apareció una joven y dedicada Kodama.
"De toda suerte humana; aquí mis pasos urden su incalculable laberinto", reza uno de los versos más famosos del escritor que vivió en una Buenos Aires a la que lo unía tanto el amor como el espanto.
Será quizás su interés por la numerología el que nos hace suponer que este final algo tenga algo que ver con La muerte y la brújula, donde solo quién conoce puede descifrar las claves para llegar a descubrir la cruda verdad.
Borges y Kodama se casaron en abril de 1986. Borges falleció el 14 de junio de 1986, a los 86 años y María Kodama murió el pasado domingo a los 86 años. Ambos, ya son un incierto ayer y un hoy distinto bajo el frío mármol.
A lo mejor, releyendo su obra, observando los relojes de arena, hurgando en los mapas, las etimologías, en la tipografía del siglo XVIII o en el sabor del café, encontremos algún indicio sobre la suerte que correrá su obra, ahora que su bella Kodama también naufragará en las aguas del olvido.
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