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La Mañana Javier Milei

Una cruzada contra la posverdad

La Casa Rosada anunció la apertura de una Oficina de Respuesta Oficial. El desafío de gobernar en tiempos de fake news.

En un escenario de administración austera donde son más frecuentes los cierres que las inauguraciones, la apertura de una nueva repartición en el Estado nacional llamó la atención este jueves. La Oficina de Respuesta Oficial, un área estatal que busca desmentir dichos periodísticos o fake news que circulan a través de las redes sociales, ya está operativa y su misión fue celebrada por el propio Javier Milei.

La Oficina busca “desmentir activamente la mentira” (sic) y combatir la desinformación con más información en lugar de apelar a la censura, una práctica que endilgan a los partidos opositores. Y, aunque todavía no entró en funciones, la mera necesidad de crear una oficina de este tipo es un reflejo fiel de nuestra época, y del desafío de gobernar tras la revolución de las tecnologías de la información y la inteligencia artificial.

La búsqueda de imponer relatos no es nueva y definitivamente no es sólo libertaria. Desde programas de televisión como 678 hasta currículas escolares, todos buscaron torcer la historia a su favor o simplemente frenar los ataques desestabilizadores que se disfrazaban de noticias.

Hoy, ya sin eufemismos, los insultos a periodistas, las conferencias de Adorni y un presidente activo en Twitter parecen no ser suficientes para que prevalezca la información oficial de la Casa Rosada, sin tergiversaciones malintencionadas, cuando los deep fakes producidos con IA se ciernen como una amenaza cada vez más frecuente.

Una oficina pública dedicada a la verdad remite mucho a la distopía de George Orwell. Winston, su protagonista de 1984, trabajaba en el Ministerio de la Verdad, y se dedicaba a reescribir documentos históricos para alinearlos al pensamiento del partido. El autor le inventó ese trabajo en la ficción tras vivenciar el control mediático y la censura de la posguerra civil española y entender que la realidad objetiva y hasta la memoria histórica corrían riesgo de desaparecer.

Más allá de los partidos y las ideologías, y ya sea por desmentir o por adoctrinar, estas estrategias orwellianas se enfrentan a un clima de época distinto: un volumen de información falsa tan apabullante que la suspicacia del público ya lo abarca todo. Y así, entre la apatía y el descreimiento, no hay oficina de la verdad que los convenza porque todo, hasta esos mensajes, les saben a mentiras.

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