Una mujer que desea tanto la vida para seguir haciendo
Las luces de la sala se apagan. Hilda López aparece en escena bajo un foco cenital. Sobre el escenario es locutora, periodista, gestora cultural, actriz, asistente social, vecina destacada, neuquina, mujer. Habla con lucidez sobre lo que tanto nos cuesta ver en lo evidente, habla sin dejar jamás de ser una de nosotros. Puede monologar durante 50 minutos ininterrumpidos sobre historias del conventillo de Barracas y hacernos pasar de la risa al llanto en segundos, o puede presentar al inmenso Juan Falú frente a más de 500 personas en un espectáculo que ella misma produjo.
En Villa Pehuenia hay una ronda de gente muy joven, serán unas 15 personas. Hilda les habla sobre gestión cultural en serio, sobre la importancia de no dejar de hacer que algo realmente suceda. Los pibes la escuchan muy atentos, y también se ríen cuando se enoja y despotrica con algunas realidades, siempre con un sentido del humor muy agudo. Y ahí, en medio de ese encuentro en el que brilla, se confiesa:
-Yo quiero vivir ¡Deseo tanto la vida para poder seguir haciendo!
Hilda nació el 11 de julio de 1937 en Córdoba. Pasó su infancia entre Barracas y Quilmes, en el seno de una familia trabajadora, donde aprendió a vivir con poco, a admirar la belleza que se cuela en la vida de los nadie y a comprender que la alegría siempre será un bien del pueblo. De allí sus recuerdos de conventillo; de los cabecitas negras cruzando el riachuelo; de las primeras vacaciones en tren; del día que, de un blanco radiante, practicó esgrima en la Quinta de Olivos y le dieron milanesas con puré; del incesante ruido de las sirenas y las vecinas conteniendo a su madre porque la niña no llegaba y en Plaza de Mayo los bombardeos habían dejado más de 300 civiles muertos.
En Quilmes, también selló por más de 20 años la dupla López–López, cuando se casó con Roberto Rodolfo, con el que tuvo tres hijos: Pablo, Ernesto y Marina, y con quien emprendió el camino de YPF, que la llevó primero a Salta y luego la trajo irreversiblemente a Neuquén, o quizá no.
“A Hilda y Roberto los conocí en 1967 cuando llegaron a Neuquén. Enseguida comenzamos a acercarnos, a compartir y a hacer. Hilda era inquieta, movediza, muy joven”, recuerda el músico y compositor Naldo Labrín.
La primera apuesta fue el Café Teatral, que crearon junto a Norman Portanko y Tito Gueijman: un espacio de encuentro para el diálogo, el teatro, la música y que ponía en escena el arte de Darío Altomaro, Alicia Villaverde, Alicia Pifarré, entre tantos otros que hacían de ese espacio artístico un semillero, en una Neuquén que empezaba a crecer y a agitarse.
“Decir que Hilda es una gran gestora puede resultar una obviedad. En ese momento, con una ciudad que apenas tenía 45 mil habitantes y donde estaba todo por hacer, su huella fue mucho más que eso”, dice la periodista Beatriz Arbenoiz, que llegó a Neuquén en 1973 junto a cientos de familias que venían a intentar hacer base para tomar impulso. En ese frenesí, la joven Hilda ya trabajaba ad honorem como la primera licenciada en Asistencia Social del municipio; ya le había pedido a un grupo de curas el proyecto de unas urbanizaciones populares para sentar las bases del barrio El Progreso, entonces Chacra 120, donde se construyeron 23 viviendas para las familias que dormían a orillas del Neuquén bajo cables de alta tensión; ya era la voz de Neuquén en LU19 y ya había creado la “Unidad Educativa Cachaza” junto a Susana Bacci, uno de los dos jardines maternales que tenía la joven ciudad. Además, de criar a sus hijos que para entonces corrían entre la barda y el viento patagónico, y esperaban sentados en la vereda al vendedor de helados que venía en bicicleta. Una infancia feliz y amable, en la que pronto aprendieron que H además de ser su mamá, “siempre tuvo una mirada muy destinada al prójimo y al próximo”, y que eso era ineludible, como explica Pablo, su hijo mayor.
Se hace lo que hay que hacer ¡y basta!
La vuelta a la democracia fue una inmensa alegría con heridas abiertas. Hilda fue convocada como directora de Cultura del Municipio. “Todos estábamos haciendo algo, creando, opinando, discutiendo, había mucha efervescencia e Hilda era el reflejo de eso”, explica Beatriz. Labrín había vuelto del exilio en México y se convertía en el secretario de Cultura de la Provincia. Además de la amistad, la alegría del encuentro, compartían edificio y las ganas de salir del letargo que había generado la dictadura.
Pronto armaron el ciclo Música en la Calle, que fue un hecho memorable para la cultura neuquina. Las calles del centro se convirtieron en peatonales hasta la medianoche, se montaron escenarios que reunieron a miles para disfrutar de la música popular. Para entonces, Hilda había fortalecido el Paseo de los Artesanos y la democracia, la necesidad del encuentro: Neuquén era una fiesta.
Hilda estaba decidida a descentralizar. Los barrios tenían que dejar de ser espectadores y pasar a ser protagonistas. Su mirada hacia lo barrial fue fundamental en su gestión y enseguida armó una grilla de talleres que llegaban a toda la ciudad.
Uno de sus talleristas fue el multinstrumentista Tito Gutiérrez, que recuerda esas épocas con orgullo y cariño. Se habían conocido años antes, cuando Tito llegó escapando del terror de la despiadada dictadura chilena. Junto al grupo Pachamama organizaron grandes acciones por la democracia, se sintieron parte de esa conquista. Por eso después viajaron a la Chile para llevar el Nunca Más o para sumarse al NO.
Hilda tenía una mirada de gestión determinante para la que dio todo. Primero desde el municipio y luego desde la provincia. Quería hacer, quería ayudar. No le daba lo mismo si había música y poesía, si había copla y telón, pero los pibes tenían hambre. Tuvo una mirada profunda hacia la juventud, y los impulsó a formar cooperativas, huertas comunitarias. Nunca faltó el cuestionamiento de algunos sectores, pero lo cierto es que siempre puso todo, entendiendo que la cultura también es la justicia social.
“En su paso por provincia le dio entidad a la relación con el interior. Muchas de las fiestas populares que hoy conocemos fueron creadas durante su gestión y gracias a su impulso, que acompañaba las propuestas de las localidades”, cuenta Beatriz. Entre ellas, está la Fiesta del Ñaco, que hasta hoy es orgullo de El Cholar. Pero no era sólo eso, era las puertas que abría donde no había nada.
Beatriz también recuerda una gira que hicieron con León Gieco al norte neuquino. Habían hecho una fecha en Chos Malal que continuaría en Buta Ranquil. Cuando llegaron a destino, se dieron cuenta que lo habían olvidado a Gieco en el hotel. Ese día, fue la primera vez que un artista de afuera tocaba en Buta Ranquil. Los vecinos habían preparado la escuela especialmente para el evento: empanadas, mesas largas vestidas con manteles y adornada con ramilletes de flores silvestre y una gran torta para todo el pueblo. León cantó y cantó, hasta que dijo: “Bueno, vamos a comer la torta”. Tomó un cuchillo y él mismo les sirvió una porción a todos. “Fue una verdadera comunión”, recuerda Beatriz.
Oscar Sarhan, artista y gestor cultural, recuerda que cuando con su grupo de teatro Claroscuro estuvieron listos para salir de gira por toda Neuquén, fueron a hablar con Hilda. Necesitaban un vehículo que los trasladara y habían conseguido una camioneta Dodge detonada, pero muy digna. Hilda no dudó en disponer de los fondos para comprarles cinco funciones y eso les permitió llegar a su objetivo. “Para nosotros fue muy importante contar con el apoyo de una gestión que no realizaba acciones esporádicas, sino que nos proponía realizar un trabajo sostenido, permitiéndonos desarrollar nuestro proyecto artístico. Fue un momento bisagra, un antes y un después, que no tengo dudas que nos hizo mejores”, explica.
Otro momento de inflexión para Oscar y muchas otras y otros fue la creación del Simón Bolivar, un centro cultural creado en 1988 por el impulso de un grupo de amigos. El artista chileno Daniel Salinas había llegado a Neuquén después de su exilio, junto a su compañera Ángela y tenían ganas de armar un espacio que representara a ambos países. Hilda se puso a la cabeza de todo aquello, junto a Tito Gutiérrez, Julia Calderón, Eduardo García, Patricia Largo, Horacio Chiquito Diaz y muchas otras manos que se irían sumando.
“El Bolivar marcó una época. Todos colaborábamos con alegría por un objetivo común, todos aprendíamos a gestionar. Se respiraba resistencia. Hilda siempre fue un personaje fundamental, siempre fue manos abiertas. Nuestras vidas no hubiesen sido las mismas sin ella, sin todo lo que nos presentó: Marziali, Falú, Baglietto, los Rosarinos, Carnota, Magma, Tejada Gómez, la trova cubana y tantos otros. Podíamos ser libres aunque afuera aún estaba muy oscuro. Hilda siempre propició espacios de libertad”, dice Sarhan.
Ana Clara Leguizamón, poeta y narradora, explica: “Hilda es su solidaridad, su siempre dar, su compartir. Es una mujer implacable, una guerrera. Hilda es la fuerza para recuperar la vieja estación del tren cuando era un meadero de gente y darle vida con el abrazo de los artistas. Hilda López tiene que tener un monumento en Neuquén, porque es mucho más que la funcionaria y la gestora cultural: es una mujer maravilla”.
Vehemente, genuina, comprometida, arrolladora, imparable, apasionada, son muchas de las palabras que eligen sus amigos y amigas para definir esas épocas sin pausa. Ella se ríe a carcajadas y cita al dramaturgo Alberto Adellach. “Sabés que pasa: se hace lo que hay que hacer ¡y basta!”.
Hilda con H, la voz de Neuquén
“Hilda venía a casa, escribía a toda velocidad en la máquina de escribir y volvía a salir. Yo la recuerdo haciendo cobertura en las movilizaciones. Iba para todos lados en un Subaru chiquitito con una placa de prensa”, cuenta Pablo.
H hizo mucho en los medios de comunicación neuquinos, pero, ante todo, siempre fue una apasionada por la radio. Se enamoró del micrófono y la audiencia de ella. Con La Luna en la Almohada, Hilda con H, Al sábado llámelo H y tantas otras propuestas con las que fue parte de LU19, Radio Horizonte, Radio Comunidad, La voz del Neuquén, Radio Calf Universidad, LU5 y RTN.
Hilda entraba a todas las casas. Hilda cantaba verdades y proponía mundos posibles y así fue haciéndose parte de la identidad.
Quien la recuerda con admiración y cariño es Luis Trujillo, “El Truja”, operador de radio de paladar negro. “A H la conocí operando un programa que se llamaba La Luna en la Almohada. Primero operé para ella en LU19 y luego en LU5. Sentí la satisfacción de que el otro lado del vidrio había una persona que te seguía, que tenía el mismo ritmo de cariño, de amor, de profesionalidad para trabajar. Me sentí tan cómodo trabajando con Hilda, como me siento cómodo en la vida, porque es mi amiga, mi hermana. Disfrutábamos de nuestro trabajo, poníamos y creábamos al aire y sobre todo nos divertíamos tanto… Y puedo decir algo, este OPER fue feliz trabajando con Hilda Lopez, Hilda con H”.
El dobladillo de la vida
La invito a H a un ciclo de música que organizan donde trabajo. Es una tarde de jueves cualquiera. En el escenario ya estuvo Taful Berbél. Abajo, Hilda y Marité hablan sin parar y H se ríe desmesurada, como siempre. Ahora suena La Rustika y la pista se llena rápidamente de bailarines que hacen una gran ronda de chacarera. H se suma y se deja llevar con sus brazos extendidos como si fuese una niña: baila y sonríe, baila y la mirada le brilla como sus rulos ya plateados, baila y me ayuda a atrapar a mi hija que corre por todos lados, baila y grita incontenible “Viva Perón”.
—¿Sabés qué disfruté más durante estos años? El poder conocer lo que hay en el dobladillo de la vida de las personas —dice H.
Frente a miles, en una ronda de chacarera, en el silencio de la tristeza, H siempre es intimidad, porque H sabe escuchar lo que todos callamos, pero sobre todo porque está donde debe estar, haciéndose parte. Quizá por eso su casa es un collage de las fotos de los artistas que compusieron la banda sonora de nuestras vidas; de recuerdos de Don Jaime de Nevares; de una libreta con palabras que le dedicó Yupanqui; de cuadros de Daniel Schallbetter; de los regalos que le traía Vicente Godoy desde Las Ovejas. Quizá por eso su vida está llena de amigos.
—Ella está en nuestro seno familiar desde que yo era muy chiquito. Fue amiga de mi abuelo, Don Adán Guzmán, un viejito taxista escritor de decimas camperas, que alcanzó a editar dos libros. Hilda siempre estuvo muy atenta a esas cosas que ocurrían en la ciudad por aquellos años y sigue estando atenta. Es una persona muy buscadora de cuestiones que conmuevan a la gente, que nos enseñan. Por eso siempre la elegimos como amiga, dice el músico y compositor, Walter Cuevas.
Esa intimidad también la construyó con el inmenso poeta Marcelo Berbel. “El vínculo que Hilda tenía con mi papá era cultural y de amigos, ellos se juntaban y arreglaban el mundo y lo arreglaban culturalmente y lo arreglaban y punto. Por horas mantenían charlas muy profundas que los dos disfrutaban muchísimo”, recuerda Marité.
Hilda siempre disfrutó de la profundidad filosófica de Berbel, de los cielos que ningún libro conoce. Y Don Marcelo, de escuchar la huella que su amiga iba dejando. Transcurrían despojados, felices, humanos. Y así inevitablemente se hizo parte de la familia del poeta.
—Cuando mi papá le dijo a Hilda que yo estaba de novia con el negro Luis Trujillo, Hilda, de la alegría, se subió al escritorio de su oficina y se puso a bailar como una española, tocando las castañuelas, confiesa Marité. Hilda no sólo siempre valoró nuestro trabajo, sino que nos nutrió, nos hizo conocer la cultura de nuestras provincias, de otros países. Con ella accedimos a algo de que de otra manera hubiese sido imposible. Y así y todo, era la que viajaba con nosotros en colectivo, la que no tenía problema en dormir en el piso, la que en una tarde helada se sentaba a compartir el mate frente al fuego.
—Hilda es siempre la que sale a bailar una zamba, la que nos cuenta de su vida, de su conventillo. Hilda es esa señora indispensable que siempre tenemos que tener ahí para que nos regale vida. Sabemos que está y ella que nos tiene. A Hilda con H la amamos.
Nombres propios, voces, pueblos, silencios, canciones, decepciones, amaneceres, muertos, risas, caídas, vino, gatos, nietos, amores, micrófonos, coraje. ¿Cuánta vida se vive en 86 años? ¿Cuántos caminos se trazan? Hay uno que Hilda jamás dejó de andar, el de su fascinación con lo que somos, el de compartir la alegría del otro como si fuese un pedacito de pan, el de ser pueblo y el de enseñarnos a mirar que esa es la mayor conquista. Hilda nos enseña a ver el horizonte en un charco de agua.
Te puede interesar...
Leé más
Vuelta a clases 2026: variedad, cuotas sin interés y valores que alivian el bolsillo
-
TAGS
- periodista
- LU5
- locutora
Noticias relacionadas















