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La Mañana Violencia escolar

Violencia escolar: el grito de auxilio que nadie escuchó

Hace un año, una serie de Netflix ponía el tema en debate, pero nadie logró aprender las lecciones de una ficción que señalaba nuestras fallas.

Hace un año, por estas fechas, la miniserie británica Adolescencia estaba en boca de todos. La producción de Netflix arrasaba en las entregas de premios por su técnica impoluta y sus actuaciones magistrales. Pero era su trama, centrada en un adolescente de 13 años acusado de haber asesinado a una compañera de escuela, la que interpelaba a la audiencia.

Como un espejo de cruel honestidad, el caso sorpresivo del protagonista señalaba las falencias de los padres de todo el mundo, que pecan de ausentes o se suben a la ola de una crianza respetuosa mal entendida, con límites tan laxos que pueden estirarse hasta la tragedia. El caso no era una historia real, pero era tan verosímil que podía ocurrir en cualquier lugar y en cualquier momento. Y está ocurriendo.

Un año y cientos de debates después, la serie no nos enseñó nada; sólo desnudó una realidad que, lejos de revertirse, se profundizó hasta mostrar su cara más visible con un niño muerto en una escuela de San Cristóbal y decenas de amenazas de tiroteos en los colegios de Neuquén, que se pueden leer como una broma propia de una excesiva rebeldía adolescente o un silencioso grito de auxilio de los estudiantes, que siguen siendo ignorados.

Es fácil echarle la culpa a una escuela obsoleta, a las redes sociales, a la tecnología. Pero el problema se avizora como un desafío mucho más complejo, que exige una respuesta coordinada entre la familia, las instituciones, y todos los adultos, que deben inculcar la inteligencia emocional en las nuevas generaciones incluso cuando ellos mismos no pueden lidiar con lo que sienten.

Cuando hay ausencia y falta de contención, cuando el diálogo no existe, cuando no tenemos las herramientas para gestionar la frustración y el miedo a través de las palabras, la violencia se planta como una herramienta abrumadora que promete resolverlo todo, a un costo altísimo que los más jóvenes quizás no logran sopesar.

La violencia escolar no existe; no es otra cosa que una cara más de una actitud violenta que ya parece haberse enquistado en la sociedad. Los adolescentes incomprendidos que se encierran en su cuarto y se aíslan frente a una pantalla ya somos todos, absorbidos por un teléfono celular, anulando la creatividad, la paciencia y la tolerancia a la frustración con cada scrolleo nuevo.

Es claro que no hay soluciones finales ni rápidas para una escuela que dejó de ser un lugar seguro. Pero quizás el primer paso para morigerar el problema sea simplemente estar presentes. Sin pantallas adormecedoras, sin aislamientos, sin emociones explosivas. Estar presentes con la humildad necesaria para abrirnos a la escucha. A la tolerancia. Al diálogo constructivo.

Y entonces, sólo entonces, entenderemos que los casos de violencia más extremos no son sorpresivos: son la cúspide de los síntomas que nos atraviesan por completo, tan cercanos que ya hasta se volvieron invisibles.

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