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"No estoy arrepentido, no siento culpa ni tengo pesadillas"

Alcides "el panadero" Domínguez, quien masacró a la familia Cofré en Plaza Huincul, rompió el silencio y contó su historia a LMN.

“Todo lo que ocurrió esa noche lo sé porque me lo contaron, yo no recuerdo nada. Fue una situación muy difícil para ambas familias y me duele porque perdí a parte de mi familia”, aclaró Alcides “el panadero” Domínguez, el múltiple asesino del barrio 156 Viviendas de Plaza Huincul quien el 16 de junio de 2001, en un arrebato de violencia, acribilló a tiros a tres de los seis integrantes de la familia Cofré, con la que tenía una enemistad enquistada desde hacía más de una década.

Domínguez –algunos le dicen Negro, pero él prefiere que le llamen Alcides– goza desde 2017 del beneficio de la libertad condicional y permanecerá en la provincia hasta que termine de cumplir su pena en 2026.

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“No quiero que trascienda dónde estoy viviendo, para evitar problemas”, advirtió el hombre, que ya cumplió 71 años.

Tal como lo describieron los policías y funcionarios judiciales de la época, el panadero “es un hombre educado y respetuoso”, y así se lo percibe durante la larga charla con LMN, en la que estremece escucharlo repetir que no siente culpa y su dolor está más vinculado a sus pérdidas, la libertad y la familia, que a las vidas que arrasó.

Pero así es la mente humana, un laberinto solo apto para especialistas.

Si a don Alcides uno se lo cruza en la calle parece un jubilado, con su salud obviamente afectada por los 16 años de prisión, pero a nadie se le cruzaría por la cabeza que ese señor canoso, con cara de bueno, es el autor de una matanza que ha marcado la historia criminal neuquina.

Todos han tenido una vida, incluso los asesinos, y Alcides ahora busca recuperar la suya para tratar de disfrutar de su familia en los años que le queden.

Un joven amor

“A Elda (su ex esposa) la conocí en Buenos Aires a principios de 1970. Ella era jovencita y había ido a visitar a unos familiares y nos enamoramos. Se quedó más tiempo del que tenía previsto y después yo viajé a Huincul para conocer a su familia”, recordó el hombre.

Domínguez tenía 20 años y Elda 17, por lo que los padres de ella tuvieron que firmar la autorización para que se casaran. Luego retornaron a Buenos Aires, donde Alcides trabajaba desde los 14 años como panadero.

“Mi suegro era supervisor en YPF y me dejó la puerta abierta para que nos viniéramos a Huincul. En 1972 decidimos venirnos y ella se puso muy contenta porque estaba toda su familia. Mi suegro me hizo inscribirme en el SUPE y en 1974 entré a trabajar a YPF como transportista”, detalló.

Consiguieron casa en un barrio que era de YPF y en 1991, cuando el presidente justicialista Carlos Menem inició el proceso de privatización de las empresas del Estado, Domínguez adhirió al retiro voluntario y con el dinero se puso una panadería que trabajaban en familia.

“La panadería es un trabajo muy sacrificado para toda la familia porque te lleva muchas horas. Llegaba Navidad y Año Nuevo, y recuerdo que casi no lo festejábamos. Brindábamos y nos íbamos a dormir porque había que madrugar para hacer el pan al otro día”, explicó.

cárcel federal U9,

Le pegaron un ladrillazo en un pie a mi esposa y me contaron que yo saqué el arma y ataqué a los Cofré”, dijo Alcides Domínguez. El panadero asesino

Casa nueva, problemas nuevos

En 1989, les entregaron una casa en el barrio 156 Viviendas de Plaza Huincul que construyó el IPVU.

“El gobernador (Pedro) Salvatori me entregó la llave en mano y nos tuvimos que mudar rápido porque había riesgo de que las tomaran”, confió Alcides, y dijo que con el inició de esa mudanza arrancaron los problemas vecinales.

“Yo en mi otra casa tenía un galponcito que lo desarmé y me llevé los materiales a mi casa nueva en las 156. Me robaron todo y un vecino me dijo que había sido Omar Cofré, que vivía casa de por medio”, recordó.

“A los días, Cofré me vino a pedir una llave Stilson y se la presté, pero cuando me la devolvió le dije: ‘Vecino, usted armó ese galponcito con mis cosas’. Y no le gustó nada que se lo dijera, y ahí me empezó a decir qué él no era esa clase de persona y se retiró ofendido. Ahí arrancó mal la cosa. Después, cuando yo pasaba por la casa de ellos, si estaban en la puerta los saludaba y me decían: ‘Qué saludás, viejo y la puta que te parió’”, describió Domínguez la génesis de la enemistad con los Cofré.

Por cuestiones propias del barrio, los hijos de ambas familias crecieron juntos, pero enemistados porque mamaron en sus hogares el odio recíproco.

“La señora de Cofré (Margarita Mardones) tenía los hermanos que eran conocidos por ser delincuentes, habían estado varios años presos. Se juntaban ahí y nos provocaban. Nos tiraban piedras, pasaban por la vereda insultándonos y a una vecina, Margarita le dijo: ‘Ya vas a ver lo que le va a pasar a Domínguez. Ya te vas a enterar’”, contó.

Según confió Alcides, la situación lo tenía preocupado y las provocaciones eran muy frecuentes. “Solían venir los hermanos de ella (por Margarita) y se juntaban en la puerta de su casa. Venían en un Ford Falcón. Recuerdo que compraban cerveza en otro lado y se ponían a tomar ahí. Al rato, miraban para nuestro negocio y nos hacían señas y todo eso”, rememoró.

“En una ocasión, con mi hijo más chico nos metimos para adentro y mi señora llamó a la Policía. Desde afuera nos insultaban y gritaban ‘salí, viejo y la puta que te parió’, ‘a tu señora le hace falta un macho’. Cuando llegó la Policía, le contamos lo que había pasado y el oficial me dijo: ‘Mire, don Domínguez, cada vez que usted nos llama nosotros venimos, pero si no hay un hecho de sangre o alguien lesionado, nosotros no podemos hacer nada’. Fue ahí que me aconsejaron denunciar e ir a fiscalía”, afirmó el hombre.

No estoy arrepentido, no siento culpa, pero Dios quiera que no tenga que vivir algo así de nuevo”, dijo Alcides Domínguez. En diálogo con LMN

Conflicto sin solución

Hubo muchos incidentes con denuncias cruzadas entre las familias. Incluso, en la sentencia se destaca que hasta se tiraban piedras y pirotecnia en los techos de las casas.

En 1995 recrudeció el conflicto, pero nada en comparación con la radicalización que se dio en el 2000, con tres episodios que fueron incluidos en el fallo porque, para los jueces, esos hechos desencadenaron la masacre de junio de 2001.

“Cuando hice la denuncia, hablé con el fiscal para ver si se podía solucionar la situación. El fiscal nos propuso hacer una reunión conciliatoria en la que no se solucionó nada. Margarita salió a los gritos insultándonos. Después, se convocó a otra reunión y directamente no fueron”, afirmó Domínguez.

En ese peregrinar por los pasillos judiciales para frenar la escalada del conflicto, se topó con una jueza. “Recuerdo que me encontré a la jueza Beatriz Martínez que estaba fumando. Yo no la conocía, jamás había hablado con ella, pero la había visto en los medios hablando en dos o tres oportunidades. Me acerco y me presento, le cuento el problema y le explico que la situación no daba para más. Me dijo que no podía atenderme. Estaba fumando en el pasillo, así que le insistí y le pedí un minuto para que me escuche y de mala gana me hizo pasar a la oficina”, recordó el encuentro.

Dentro del despacho de la jueza, Domínguez le contó sobre el conflicto con los Cofré y la fallida mediación.

“La jueza me dijo: ‘¿Usted se piensa que nosotros estamos para esas cosas?’. A lo que yo le dije que sí. Y me dijo que, si la fiscalía no había podido hacer nada, ella no podía llamar a un vecino y tirarle las orejas porque se está portando mal. ‘Nosotros no estamos para esas cosas, estamos para hechos consumados. Realmente, nosotros no podemos hacer nada. Haga una cosa, vea a un abogado y que le mande una carta documento a esa familia, si son de plata van a agarrar miedo y, si no, esto no tiene solución’, me dijo la jueza”, agregó.

Ante la ausencia de una solución de la Justicia, recurrió a un abogado. “Lo fui a buscar al abogado Jorge Tobares (que luego fue ministro en el gobierno de Jorge Sapag en su penúltima gestión). Yo lo conocía por intermedio de un hermano de él que tenía panadería. Les enviamos una carta documento a los Cofré y fue para peor. Se juntaron como cincuenta en la casa de ellos y ahí empezaron a provocarnos, insultos, patadas a la puerta del negocio. Ya era imposible la situación”, describió.

U32 de Zapala

Noche trágica y sin recuerdos

A Domínguez, en mayo de 2000, le allanaron la casa y de la mochila del baño le secuestraron un revólver calibre 38 largo con el que había efectuado un tiro al aire el día anterior y amenazado a un amigo de los Cofré que estaba discutiendo con su hijo, de acuerdo con el expediente del caso.

Después, adquirió otra arma. “Recuerdo que compramos una pistola 9 milímetros en una armería de General Roca”, confió el hombre. El arma se comprobó que fue inscripta a nombre de su esposa.

“Como vivíamos tan amenazados, resolvimos comprarla. La decisión de comprarla la tomamos un día que a mi hijo más chico, de 14 años, lo habían ido a esperar a la salida del colegio y lo atacaron con un cortaplumas. Fue la barrita de los Cofré con unos pibes del barrio Mosconi”, aseveró el panadero.

Domínguez no le pone palabras duras a lo ocurrido la noche del 14 de junio de 2001. No habla de matanza, crimen, masacre. Se limita a decir: “Cuando pasó esto...”.

“Esa noche, la Policía estaba a unos 40 metros de mi casa y a 20 de la de ellos. Había un patrullero parado y se sentía la sirena. En un ratito cayeron otros dos patrulleros. Al parecer, estaban buscando a un herido de bala por un tiroteo en el barrio Mosconi”, confió.

El herido era el Cordobés Fernández, conocido delincuente de la comarca, al que le había pegado un tiro.

“Con el tiempo, me enteré por mi defensor, que me mostró el expediente, que la Policía estaba ahí porque en los departamentos del barrio Mosconi se habían baleado. A uno le habían dado un escopetazo y lo estaban curando y aguantando en la casa de los Cofré”, aseguró Domínguez.

Con todo el movimiento policial que había en la calle, la curiosidad también alcanzó a los Domínguez. “Yo no quería salir a la calle porque estaba frío y mi señora me decía que fuéramos a ver. Afuera estaban los Cofré, y cuando nos vieron, comenzaron a decir: ‘Este viejo hijo de puta fue el que llamó a la Policía’. Empezaron a insultar y cuando quisimos entrar a casa, Omar Cofré agarró un pedazo de ladrillo y lo tiró al grupo donde estábamos nosotros. Le pegó en un pie a mi esposa. Después me contaron que yo saqué el arma que tenía en la cintura y los ataqué”, reveló.

Según sus dichos, le contaron que después del ladrillazo salió corriendo para donde estaban los Cofré y les empezó a disparar a medida que se cruzaban en su camino.

A Margarita Mardones le dio dos tiros en el tórax, a Pamela Cofré (18) una bala le ingresó por un brazo y tras atravesarle el pecho le salió por el otro brazo. A Cristian Cofré (15) le ejecutó cuatro tiros en la parte alta del torso.

A esa altura, Domínguez se había quedado sin balas. “Me contaron que descargué el arma y me metí a la casa. La recargué y mi familia me dijo que me tenían agarrado para que no saliera, pero me puse el arma en la boca y amenacé con matarme si no me dejaban salir. Cuando salgo, Cofré estaba todo ensangrentado en la puerta del negocio, y es ahí donde yo lo corro y lo ataco”, describió el panadero.

Omar Cofré corrió hasta su casa, pero en el trayecto recibió cuatro tiros. Lo salvó el poder entrar a su vivienda, de donde lo sacó una ambulancia desangrándose. Zafó de milagro porque lo trasladaron a Neuquén, donde en el hospital Castro Rendón le hicieron dos intervenciones quirúrgicas.

Los hijos más chicos de los Cofré, Brian (10) y Magalí (6), fueron alcanzados por esquirlas y sufrieron lesiones leves.

Recuerdo del horror

Mientras todo el vecindario y la Policía observaban la cruenta escena de tiros y muerte, según el testimonio de Domínguez, su ser se sumergía en un oscuro territorio desesperante.

“De esa situación (del momento del ataque) recuerdo que caí a un pozo profundo, oscuro, y manoteaba para salvarme, manoteaba para salir y cuando me quiero acordar, había manoteado los brazos de la Policía. Cuando miro, estaba la Policía sosteniéndome, que era el momento en que me estaban deteniendo. Eso lo recuerdo perfectamente”, reveló Alcides por primera vez.

“A mí me detiene la Policía y me lleva a la comisaría de Plaza Huincul. Yo me bajo y la veo desde la vereda de enfrente que estaba todo patas para arriba y no lo podía creer. Se me rompía la cabeza porque miraba y veía todo al revés”, describió así lo que él entiende como un estado de shock.

“Me llevaban los policías agarrado y charlaban entre ellos de que me tenían que sacar lo más rápido posible para Cutral Co para evitar incidentes. En mi casa quedaron18 policías protegiendo a mi familia. A la madrugada me trasladaron a Zapala. Yo pedí ver a mi familia, pero no me dejaron. A ellos (toda su familia, salvo un hijo que también fue detenido por unas horas) los evacuaron a la provincia de Buenos Aires. El intendente de Huincul, Alberto “Tucho” Pérez (falleció el 24 de junio de 2009 por una afección cardíaca), puso los camiones de la municipalidad para trasladar las cosas a pedido de la jueza Martínez”, confirmó el múltiple asesino.

¿Trastorno mental?

Domínguez afirmó que en la comisaría de Zapala lo vio un psicólogo. “Le dijo a mi hijo que no me contara nada porque yo no recordaba nada de lo que había pasado”, comentó.

En el juicio que se realizó en octubre de 2002, el profesional indicó que estaba “enajenado, estuporoso y desorientado”.

“Un psiquiatra, con el cual tuve 12 sesiones de 2 horas y media por día, me explicó que yo había sufrido un shock y en el juicio explicó que yo había padecido un trastorno mental transitorio completo al momento de los hechos”, recordó.

Por último, lo vio un psiquiatra del Tribunal Superior de Justicia. “Afirmó que tuve un corto circuito que me causó una situación ingobernable que me dejó fuera de sí pero no me anuló la conciencia. Los jueces se agarraron de ese informe para condenarme a 36 años”, advirtió.

Alcides fue condenado por triple homicidio calificado por alevosía, tentativa de homicidio calificado por alevosía, lesiones graves, lesiones leves y amenazas calificadas.

Dominguez apeló la pena en la Corte Suprema de Justicia de la Nación y en 2012 se determinó que hubo un exceso en la condena y finalmente el Tribunal Superior de Justicia de Neuquén fijó la pena en 25 años.

“Yo también perdí todo”

“Fue una situación muy difícil para ambas familias y me duele porque perdí a parte de mi familia. Lo que yo no tengo dentro mío son los hechos, no siento como que yo lo hice. No me siento culpable y el psiquiatra me explicó que eso es natural de cuando uno pierde la conciencia”, reflexionó Domínguez.

“Me duele por el sufrimiento de haber estado preso y perder parte de mi familia. Mi señora solía ir a visitarme. Cada dos meses viajaba y estaba un par de días, pero después de cinco años y medio me abandonó. Esto es parte del sufrimiento de uno. Hasta el día de hoy no la he podido volver a ver, pero por lo que me han contado mis hijos ella quedó muy mal. Sé que sufrió mucho. A mí me gustaría verla para tomar unos mates y charlar un rato”, reveló Domínguez.

En su paso por la cárcel gozó de buena conducta. Estuvo en Zapala, la cárcel federal U9, luego en la U11 de Parque Industrial y terminó saliendo con libertad condicional en 2017 tras haber pasado un tiempo en la U12 del barrio San Lorenzo.

“Para mí, estar en la cárcel fue una pesadilla que ya terminó y ya puedo circular por la calle. Con lo que pasó no tengo sueños, pesadillas, nada, solo dolor por la situación. Hay días en que uno decae un poco, pero creo que ninguna persona tienen que vivir tanto acoso como sufrió mi familia por parte de los Cofré. Tal vez esto es parte del camino de Dios, será así, me agrade o no. Arrepentido no estoy, no siento culpa, pero Dios quiera que no tenga que vivir nunca más una situación así”, concluyó el múltiple asesino.

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