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La Mañana Ucrania

Olga, la ucraniana neuquina que sufre a la distancia

Vive en la capital hace 11 años y sus padres quedaron acorralados por la guerra.

Olga trabaja en las manos y en los cabellos de sus clientas. Trata de concentrarse en el esculpido de uñas, en el trenzado de los peinados, en las extensiones que tiene que colocar con disimulo para que no se noten… Se toma el tiempo, pero le cuesta. En un rincón de su mente está Ucrania, la tierra donde nació y se crio, el lugar donde todavía viven sus padres; la nación que hoy acapara la atención de todo el mundo por la invasión de Rusia y que se desangra de a poco, pese al coraje y la resistencia.

Olga Kasyanyuk tiene 46 años. Hace trabajos de peluquería en un salón de belleza ubicado en la Diagonal España de la ciudad de Neuquén, pero alguna vez estudió y se recibió de periodista. El destino la trajo a este lugar del mundo hace más de 11 años donde se quedó y echó sus propias raíces para convertirse en una patagónica más.

“Nací en una ciudad pequeña que se llama Tomákivka que se encuentra en el límite de dos provincias: Dnipropetróvsk (desde 2016 cambió el nombre por Dnipró) y Zaporózhie. Después de terminar la secundaria obtuve una beca para estudiar en la universidad en la ciudad de Dnipró, facultad de relaciones públicas y me recibí de periodista en 1998”, relata.

Por razones personales llegó a Neuquén en 2010 y eligió esta provincia para vivir y trabajar. “Argentina es mi segunda patria. Tengo amigas argentinas y de otros países. Valoro mucho la amistad verdadera y jamás seleccioné mis amistades por nacionalidades, color de piel o género”, destaca.

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Olga asegura que Tomákivka tiene los colores de la bandera de Ucrania.

Olga asegura que Tomákivka tiene los colores de la bandera de Ucrania.

Para Olga, la invasión de Rusia a Ucrania fue algo inesperado, pese a que parte del territorio de su país ya sufría conflictos territoriales. En 2014 las provincias de Doniétsk y Lugánsk se autoproclamaron repúblicas independientes con el apoyo de insurgentes y del gobierno de Rusia. Desde entonces el clima de tensión fue permanente.

Pero más allá de estas violentas pujas políticas, terminar en una guerra parecía algo lejano, principalmente porque Ucrania no contaba con una industria militar desarrollada y porque tampoco tenía intenciones de expandirse. “Ucrania no inició la guerra pisando tierra que no le pertenece”, asegura Olga.

Lo más dramático es que este clima de angustia y hostilidad cruzó a los habitantes de dos naciones cuyas vidas estaban hermanadas desde hace siglos y hoy dividió las aguas entre unos y otros; buenos y malos, dependiendo de quién opine.

Olga lo sabe por su propia historia familiar. Su madre es rusa, nacida en Azerbaiyán y su padre es ucraniano. También sus abuelos representaron a ambos países de la ex Unión Soviética y pelearon juntos en la Segunda Guerra Mundial contra la invasión de los nazis. Ahí no había banderas distintas ni límites; el enemigo más feroz acechaba y había que enfrentarlo. De esa mezcla de sangre eslava, nació esta mujer que hoy sufre y llora desde lejos; que no entiende.

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Olga y su madre, durante la última visita que realizó la mujer a Ucrania.

Olga y su madre, durante la última visita que realizó la mujer a Ucrania.

“¿Qué está pasando con el mundo? Hay países divididos, llenos de odio, pensando cómo ampliar sus reinados, pisando las cabezas de sus hermanos, destruyendo las riquezas de la madre Tierra... cavando tumbas con sus propias manos”, reflexiona con angustia.

Esa tristeza está fundada en la incertidumbre de no saber qué sucederá, cómo va a terminar esta espiral de violencia y qué será de la vida de sus padres que hoy tienen 70 años y viven en un pequeño pueblo agrícola acorralado por la guerra.

Hija única, Olga reconoce que tiene un dolor inmenso y que siente impotencia por estar tan lejos y no poder ayudarlos en estos momentos de tanta zozobra. “Desde que empezó la invasión paso las noches sin dormir, rezando, pidiéndole a Dios que pare esa locura. Cada noche me ilusiono con despertarme al otro día y descubrir que fue un sueño de terror, nomás”, se lamenta.

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La casa donde viven los padres de Olga, en Tomákivka.

La casa donde viven los padres de Olga, en Tomákivka.

Sus padres, un ingeniero y una contadora jubilada, también sienten el mismo miedo, pero se resisten a abandonar la quinta en la que vivieron toda la vida y que construyeron con tanto sacrificio. Allí tienen árboles frutales, verduras, animales… en definitiva, su propia historia.

Siempre amaron el campo y hoy viven del trabajo de la tierra. No se imaginan en otro lugar que no sea ese. Conocen el riesgo de vivir a 40 kilómetros de Zaporiyia, la central nuclear más grande del mundo que hace pocos días sobrevivió milagrosamente tras un bombardeo ruso, pero irse de allí también sería una forma de morir. Esa fue la respuesta que le dieron a su hija cuando ella les pidió desesperadamente que se tomaran un tren hasta Lviv y de allí que cruzaran a Polonia para estar a salvo.

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El padre de Olga, en la huerta donde trabaja y produce verduras.

El padre de Olga, en la huerta donde trabaja y produce verduras.

“Mi papá me dijo que el miedo no les dará de comer, así que quiere sembrar porque en marzo comienza la primavera y tiene gran esperanza que la guerra se va a terminar pronto”, relata Olga.

Dice que igual se toman los recaudos cuando salen a la calle a hacer las compras o a vender la cosecha y cuenta que su padre también se preocupa por saber cómo están sus vecinos, especialmente los ancianos, a quienes visita permanentemente para ver si necesitan alimentos o medicamentos. O para darles una palabra reconfortante.

Pese a la enorme distancia que separa a Neuquén de Ucrania, la tecnología le permite a la familia Kasyanyuk encontrarse en largas charlas donde abundan las palabras de amor y la esperanza de volver a verse como ocurrió el año pasado cuando Olga viajó a Ucrania y estuvo de visita por dos meses. Por eso las comunicaciones son diarias y las novedades no demoran, sean buenas o malas, aunque en una guerra como la que se está librando, las noticias positivas son las menos.

Mientras, los canales de televisión ametrallan con información al ritmo de los bombardeos y las acciones militares. Muestran en vivo imágenes crudas, de destrucción y de muerte, mientras analistas internacionales tratan de explicar lo que para muchos parece inexplicable.

Olga tiene su interpretación propia, que la simplifica en el repudio a la violencia y al rechazo a la guerra, más allá de la política y los intereses del mundo. “Atacar al país que no tiene suficientes herramientas para su defensa, destruir los tesoros de la arquitectura antigua y matar a gente pacífica es un crimen. ¡Los políticos pueden tener discusiones, cometer errores, pero la gente pacífica no tiene que porque ser víctima de los juegos de otros; están usando a Ucrania como su campo de batalla!”, grita a modo de desahogo.

Luego vuelve a la calma, a refugiarse en fotos y recuerdos, a revivir los días felices de su infancia rodeada de naturaleza, jugando con los animales del campo, ayudando a sus padres en la huerta, vendiendo las verduras en la feria. Cambian sus emociones al mostrar imágenes de Tomákivka, su pueblo, al comentar las costumbres, cómo es la gente y la vida en un lugar tan lejano.

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Olga y una cliente, en el centro de belleza neuquino donde trabaja.

Olga y una cliente, en el centro de belleza neuquino donde trabaja.

En el pequeño salón de belleza de la Diagonal España, Olga trata de abstraerse por un momento. Les sonríe a sus clientas, charla con ellas con ese acento extraño y simpático que no la abandona, mientras esculpe uñas, arma trenzas y alisa cabellos.

El trabajo es para ella un sustento, pero también una manera de distracción y lo disfruta. Sabe que es una tregua emocional pasajera que terminará cuando llegue la hora del descanso y regrese a su casa.

Es consciente de que todo cambiará cuando encienda el televisor para ver cómo sigue el drama que vive su tierra. O vea en la pantalla del teléfono que la están llamando sus padres para darle –con suerte- alguna buena nueva.

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