En el mundo del espectáculo es sabido que la tarea de hacer reír no es cosa sencilla. Tal vez por esto, es que la gente siempre recordará con alegría a quienes le robaron algunas sonrisas, aunque el oficio de la risa nunca fue fácil, ni para los humoristas, ni para los payasos.
Con sus trajes y sus colores, los payasos se enfrentan a la difícil tarea de divertir a los niños y por esto tienen que lograr que sus espectadores les pierdan el miedo a sus máscaras y llegar a disfrutar de las bromas, los malabares, y los chistes del espectáculo.
Nuestra región tuvo y tiene muchos payasos, pero el más recordado de todos fue, sin dudas, Pancracio. Un payaso gaucho, que, con su saco cuadriculado y un rebenque de cuero (la guacha como el la llamaba, la famosa “Guacha de Pancrasio”), supo divertir a muchas generaciones de neuquinos en los diversos escenarios donde presentó sus shows.
Su nombre era Juan Franco y sus vecinos de Villa Florencia recuerdan que vivía en Corrientes y Lavalle con su familia. Participaba de los espectáculos del Tenis Club, el Club Pacífico y tantas otras instituciones. Animaba fiestas infantiles y era frecuente encontrarlo en la Calesita de la Vuelta de Obligado. Participaba también de los Festivales que organizaba LU5 y era un número frecuente en las peñas del club San Martín en la calle Fotheringam.
Pancracio alcanzó su consagración definitiva gracias a su participación en el programa Recreo 7, que se transmitía por Canal 7 de Neuquén en sus viejos estudios de la calle Perticone y nada menos que con la presentación de Milton Aguilar, quién, según cuentan, ayudó mucho a este popular payaso. También fue muy conocida la publicidad que hizo para los vinos Croceri.
Era lógico que fuera un payaso gaucho, si pensamos en la tradición del Teatro Nacional Argentino que surgió de un circo de payasos y varieté propiedad de los hermanos Podestá. El recordado José Podestá crea el personaje de “Pepino 88” dando origen así al Circo Criollo. José junto a sus hermanos Gerónimo y Pablo establecieron las bases de lo que fue el Teatro Nacional y Rioplatense legando al arte de la región un legado que fue recuperado aquí en la región por variados artistas.
Pancracio tenía un dicho inolvidable: “El Gaucho no se murió…lo están secando”, que provocaba la hilaridad de quienes lo escuchaban una y otra vez porque en realidad era el remate que estaban esperando. También cantaba una canción, cuya única línea era “Allá en el Ferrocarril…” repitiéndola una y otra vez.
Acompañado en los escenarios muchas veces por su familia, se recuerda la participación como “partener” de su esposa, a la que, según testimonios de sus compañeros de trabajo, celaba mucho como el personaje del Paglicci, payaso de la obra de León Cavallo de trágico final y celos entremezclados.
Como muchos otros payados argentinos (podríamos recordar a “Firulete y Cañito”), Pancracio tuvo como compañero de shows a uno de sus hijos cuyo nombre artístico era “Corchito”. Una vez actuando en Centenario, el escenario se derrumbó y el dúo de payasos desapareció. Afortunadamente sólo fue un susto y ambos resultaron ilesos.
Además de su actividad como clown, trabajó en diversas dependencias de la provincia como la Legislatura y el Concejo Provincial de Educación. Llegó a acompañar a Felipe Sapag en sus giras de principios de los '70 por el interior de Neuquén. Otros recuerdan que era un muy buen profesor de folklore, que se ocupaba puntillosamente de que cada uno de los integrantes de su conjunto tuvieran todo el equipo de baile completo.
El folklorista Omar Cifuentes lo recuerda con mucho cariño y comento a LM Neuquén: “Pancracio compartió con mi padre las peñas del club San Martin y también otros espectáculos, siempre andábamos juntos en esas épocas en que yo estaba integrando el conjunto de mi padre. Por ese entonces él ya estaba casado, no me acuerdo el nombre de su esposa, tuvieron dos hijos, el mayor era Juan que era idéntico al padre, y el más chico se llamaba José y le decían “Rulito”
Otro de sus fans de aquellos tiempos recuerda de Pancracio: “Actuaba la mayoría de las veces con sus hijos y su característica era decir: “Teeengo una seeed” y agarraba una guacha, que era una botella forrada de cuero, en la cual llevaba vino de verdad y luego se sentaba encima y decía: “¡Qué riiicooo”!
Pancracio y sus hijos se trasladaron en la década de los noventa a Buenos Aires y falleció o como se dice en la jerga teatral “se fue de gira” tiempo después, dejando en esta región las sonrisas que lograron generar en los rostros de esos niños que aun somos.
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