POR FERNANDO CASTRO - Editor +e
La pregunta suele venir del otro lado de la línea telefónica. “¿Vaca Muerta es tan grande como dicen?”. La mayoría de las veces, el interlocutor es un periodista de otra provincia, muchas veces de Buenos Aires, que descree, acostumbrado como está a ciertos globos de ensayo, de la proliferación de indicadores que invitan a soñar con las oportunidades del shale neuquino.
La explicación la mayoría de las veces incluye una (al menos) doble complejidad. Por un lado, el escollo técnico. El sector petrolero, y el no convencional en particular, reviste un cierto desafío para quien lo quiere contar.
Como si fuera poco, está el desafío adicional que también es parte de la explicación: volver comprensible el cruce fastuoso de economía y política que se juega en cada acre de Vaca Muerta. La respuesta simple podría ser “sí, es una industria con muchas posibilidades para el país”.
Y si bien cada vez más gente sabe de las bondades que se desprenden del sector petrolero, lo cierto es que las cosas no fueron ni son tan sencillas. Un primer informe de la Administración de Información Energética de los Estados Unidos colocó en el mapa mundial de los hidrocarburos a Vaca Muerta, una formación de la que ya se sabía bastante hace décadas. Pero quizás sin las cíclicas crisis que atraviesa la economía neuquina, atada a los vaivenes de la industria petrolera como está, la necesidad de desarrollar el shale quizás todavía estaría en veremos. Es decir, en el principio hubo una necesidad de obtener recursos frescos, y el despegue del shale en Estados Unidos y Canadá era un espejo en el que querer mirarse.
Es decir, en el comienzo de la historia, al margen de las bondades del recurso, hubo una necesidad y un ímpetu por encontrar respuestas allí.
Después llegó ese tránsito repleto de desafíos que incluyó a los primeros pozos piloto “para ver qué salía” en algunas áreas, la posterior comprobación de que, efectivamente, salía lo que se presuponía. Toda una situación que trae también desde el pasado la cara de los directivos españoles de Repsol que brincaban de tanque en tanque en ese tramo de Loma La Lata que hoy se llama Loma Campana: esos directivos mostraban el petróleo de color oro que era la novedad dentro de una industria que se había ido a pique en años precedentes.
Luego, el relato de esta verdad que se llama Vaca Muerta incluyó a la nacionalización de YPF, pasando por las “cláusulas secretas” de su acuerdo con Chevron, dudas que tuvieron un impacto político local, y también el cambio diametral de posición en el que detractores de ayer ponen los pies dentro del plato en una nueva versión en la que ven los beneficios que puede tener un desarrollo a gran escala de la industria shale.
Consultoras y agencias internacionales de noticias reseñaron en el último mes la evolución del crecimiento del negocio no convencional: la salida con GNL desde el puerto de Bahía Blanca, las tres exportaciones de crudo concretadas y en vías de concretarse, y la apuesta de gigantes mundiales que pasan a modo desarrollo sus planes piloto.
Los consensos en el plano de los discursos son coincidentes. Se viene la arena movediza del escenario electoral, que también puede ser una muestra de las bondades del recurso: en medio de esas turbulencias, Neuquén tendrá inversiones por encima de los 5000 millones de dólares destinadas a los hidrocarburos.
Las oportunidades son grandes y una parte de eso ya se ve claramente con el aumento de la producción día a día.
Vaca Muerta, sí, claro, es tan grande como se dice. No sucedió de un día para el otro. Y tiene desafíos por delante tan enormes como sus recursos.
Te puede interesar...
-
TAGS
- Opinión
- opinion
- vaca muerta
- shale
Noticias relacionadas




