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El monstruo: noches de pesadillas y abusos

Abusó de las dos hijas de su pareja mientras dormían y dijo que fue porque era sonámbulo. Los forenses desarticularon su estrategia y terminó preso.

Cuando somos chicos, los monstruos yacen en las sombras, en la oscuridad de la habitación, dentro del placar, detrás de la cortina, debajo de la cama o asomados por la ventana. Las noches de tormenta son agobiantes. Lo que nunca esperamos es que el monstruo entre por la puerta de la habitación, coma en nuestra mesa, y nos reciba y despida con un beso y un abrazo.

A los protagonistas de esta historia del crimen se les han modificado los nombres para proteger su identidad, salvo al agresor, que fue condenado a 12 años de prisión.

Por absurdo que parezca, todo lo que se relata forma parte del expediente y de la reconstrucción del caso con profesionales involucrados.

La aclaración es válida porque el ardid que intentó utilizar el agresor para justificar sus actos es vil.

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El monstruo

Corre el 2003, Ana (mamá de Mariana y Paula) está separada del papá biológico de las hijas, que tienen 14 y 11 años. La relación con el ex no es sencilla ni para las propias hijas. Ese distanciamiento tendrá su impacto.

Desde hace un tiempo, Ana sale con un ingeniero agrónomo de 51 años (en la actualidad 71 años) que es profesor, está divorciado y tiene hijos adolescentes al igual que ella. El ingeniero se llama Guillermo Russo y no es un nombre ficcionado, es su nombre real, es el monstruo.

Ana, sin saber que está con un pedófilo, se aventura a convivir con él en la coqueta casa de dos plantas del barrio Santa Genoveva.

Ella también es ingeniera agrónoma y está vinculada al Movimiento Popular Neuquino (MPN), por lo que entre la militancia y las capacitaciones, tiene que viajar varias veces al año, tanto a Buenos Aires como al interior de la provincia.

Al poco tiempo de haberlo dejado entrar a la casa, Russo va a tener discusiones fuertes delante de las chicas, pero como es un gran manipulador, siempre pone el escenario a su favor.

Como todo adolescente, Mariana y Paula le van sacando la ficha al padrastro y algo en el fondo no les cierra. Lo peor de todo es que lo que van a descubrir las destrozará.

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Pesadilla

Ana tenía que viajar a Buenos Aires y lo hacía tranquila sabiendo que Guillermo se quedaba en la casa cuidando a sus hijas, mientras que su hijo más chico se quedaba con la abuela materna.

La escena se repitió varias veces entre 2003 y 2006. Mariana (14) y Paula (11) despiden a la mamá con un beso, un abrazo y una sonrisa impostada.

El rostro de Mariana se demuda una vez que se cierra la puerta y queda sumida en un miedo profundo que solo ella conoce.

Oscurece, cenan y ambas se van a la habitación que comparten en la planta alta.

Es medianoche y Mariana no puede dormir. Ya observó fundirse en el sueño a Paula. Un sopor ahora parece conducirla a un sueño profundo, pero siente unos pasos, luego el giro del picaporte, y su cuerpo se tensa. Cierra los ojos con fuerza, pero relaja los parpados lo suficiente para que no se note que finge estar dormida porque no quiere ver al monstruo.

En su perversión, Russo sabe que lo que ella hace y eso aviva sus energías oscuras.

Con los ojos cerrados, a Mariana se le potencian todos los otros sentidos que no puede apagar. Escucha, huele, siente y todo le resulta repulsivo.

El cuerpo del pederasta también reacciona. Su labio inferior se aliviana, sus ojos se dilatan en medio de la oscuridad y se agrandan sus pupilas, su mano mórbida se zambulle en las sábanas. El control y poder que siente lo excitan.

Mariana soportará con temor y movimientos esquivos los roces de su padrastro, que ha puesto un almohadón sobre el frío cerámico y está de rodillas al lado de ella, que siente su aliento, su respiración acelerada y sus dedos gordos sobre su cuerpo.

El abuso se extiende por un rato que parece ser eterno. Luego, Russo se para y se marcha a dormir en la habitación matrimonial.

La joven, sin despertar a su hermana, se sumerge en un túnel que no tiene ni un haz de luz al final y está lleno de miserias y vergüenzas. Se dormirá mordiendo la almohada de bronca, sintiéndose sucia y envuelta en un gran dolor que la lacera por dentro y por fuera.

Estos episodios se repetirán entre 2003 y 2005.

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Durmiendo con el enemigo

Las pesadillas para Paula arrancarán en 2004, a sus 12 años. Russo ha intuido que Paula lo ha visto y ella luego lo confirmará de acuerdo con el expediente.

La púber aseguró que lo vio algunas veces en la noche arrodillarse al lado de la cama de su hermana, pero no entendía lo que pasaba hasta que una noche el monstruo la visitó a ella.

Como con todo criminal, Russo sabía que su presencia generaba temor y eso lo hacía sentirse poderoso, a tal punto que su método para con Paula incluyó mayor despliegue.

Si hay algo que se puede saber gracias a la perfilación criminal es que estos tipos evolucionan sobre su método y son cada vez más perversos.

En el caso de Paula, ella también fingía estar dormida, pero se paralizaba todo su cuerpo cuando Russo aparecía en medio de la noche. “Se quedaba inmóvil y está segura de que él sabía que estaba despierta”, describió un profesional durante el juicio sobre la situación de shock en la que quedaba la joven.

A ella le hizo muchas más cosas, llegando a quedar en dudas si la violó con su miembro o con un objeto una noche que dormía boca abajo.

Lo cierto es que ella fue la que remarcó, en medio del proceso, que sabían que “dormían con el enemigo”.

Ninguna de las dos, por miedo, vergüenza, culpa o cualquiera de los sentimientos encontrados en los que se sumergen las víctimas de abuso y más en estos contextos, se contaron lo que padecían.

Intuían el mismo calvario, pero no revelaban nada porque las reacciones violentas que tenía el padrastro no sabían hasta qué punto podrían escalar, más aún desde que había hecho alusión a que tenía un arma. Un arma que ninguna vio pero que estaba presente en lo discursivo y, por lo tanto, instalado en la cabeza de las víctimas.

Las jóvenes, además, temían quedar como unas mentirosas ya que Russo había logrado manipular a Ana a tal nivel que podría hacerla enfrentar a sus hijas. De hecho, la escena que sigue al develamiento así lo va a demostrar.

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Develamiento

En 2006, los abusos van a cesar por distintos elementos que entran en juego. Las chicas han crecido y están saliendo con algún joven o están de novias. Eso retrae a Russo, para quien, como todo pedófilo, no es lo mismo avanzar sobre un cuerpo púber virgen que sobre el de una adolescente que comienza a tener relaciones en forma regular con alguno de sus pares.

A esto se suma que la relación de Ana y Guillermo comenzó a empeorar cada vez más con la postulación de ella a un cargo legislativo y dejan de convivir.

Por su parte, Mariana y Paula siguen adelante con su vida. Mariana arranca la facultad y elige irse a vivir sola, aunque comparte mucho tiempo en su departamento con su novio, Martín.

A Paula, ya con 15 años, estar sola en la casa no la aterroriza, aunque hay fantasmas con los que debe lidiar y, como sucede con muchos adolescentes, creen que pueden hacerlo por su cuenta y no demanda ayuda.

En 2009, el trauma se reactivará en Mariana. Había salido a cenar con una amiga que le contó en confidencia que el abuelastro había abusado de ella y de su hermana. Además, la amiga le reveló que le había costado mucho contar la situación, pero habían logrado llevarlo a juicio.

Salvo por el parentesco del abusador, el cuadro era calcado a la vivencia de Mariana y Paula.

Esa noche, Martín sintió que Mariana estaba distinta y distante. No quería que la tocara ni que la abrazara.

Lentamente, los recuerdos de esas pesadillas nocturnas comenzaron a emerger y su cuerpo lo manifestaba. Tenía asco, se sentía descompuesta, lloraba.

“Se sentía como una mierda”, testimonió la joven según la sentencia.

Mariana tuvo que revelarle a Martín lo que había padecido con su padrastro, eso fue dos meses antes de una reunión familiar que haría estallar todo por los aires.

La reunión fue en la casa de la abuela de las jóvenes, que es abogada. Allí estaban Mariana con Martín, Paula, la abuela y esperaban la inminente llegada de Ana para comer.

El sonido del timbre, hoy a la distancia, fue como las sirenas que anticipaban los ataques aéreos en las películas de la Segunda Guerra Mundial.

Ana entró con Guillermo. Mariana y Paula quedaron petrificadas. Martín tomó la mano de Mariana, que temblaba como una hoja.

“Fue como ver al diablo”, describió después Mariana.

En ese momento, se negó a saludar a su madre y mucho menos a su abusador, que las miró con un rictus impávido.

La tensión se disparó cuando Ana le preguntó qué le pasaba. Mariana no respondió y llorando corrió a encerrarse en el baño. Martín salió detrás de ella y en la mesa todos quedaron en silencio. Paula miró con odio y asco a Russo.

A Mariana no solo le convulsionó el cuerpo sino también la idea de que Paula pudiera volver a tener que quedar sola en la casa con ese monstruo.

Tras rescatarla del baño, Martín llevó a Mariana a la habitación de la abuela y le dijo que había llegado el momento de contar todo.

Una comida familiar terminó siendo el preludio de la atomización.

La primera en enterarse fue la abuela, que se desplomó sobre la cama. La mujer entendió de inmediato que tenía que proteger no solo a sus nietas sino también a su hija. Así que, tras un breve respiro, fue hasta el comedor y contó todo. Después, con mucho respeto, le pidió a Russo que se retirara y el siniestro personaje se fue lanzando la frase “¡cómo le voy a hacer eso a tu nieta!”.

Y acá es donde el ingeniero perverso y manipulador dio una demostración de poder al abandonar la casa junto con Ana.

Tiempo después, Ana explicaría que fue con él porque “le costó creer lo que estaba pasando”, detalla la sentencia.

Esa es la virtud de este siniestro personaje, virtud que habían advertido las jóvenes: siempre buscaba enfrentar a la madre con las hijas.

Días después, Paula encontró en Martín la figura del confidente para develar su relato del horror.

La abuela abogada fue la que más talló en todo este drama. Ella tenía la necesidad de proteger a la familia, hija y nietas víctimas de un perverso.

Se radicaron las denuncias y las chicas comenzaron a ir al psicólogo.

Mariana cayó en una suerte de cuadro depresivo. Dejó de estudiar. Tenía pesadillas de ella encerrada en esa habitación oscura y el monstruo que la manoseaba o que le gritaba que se callara y después la ahorcaba.

Lo que revivía tenía que ver con la puesta en palabras de lo padecido. Es por eso que el develamiento cuesta tanto, porque hay una revictimización y un revivir en bucle todo aquello que se pretendió tapar.

A esto se suma que cada uno de los sujetos reaccionan como mejor pueden ante estas circunstancias.

Mariana y Paula “nunca pudieron hablar del tema entre hermanas, es horrible cómo les cortó el lazo”, da cuenta la sentencia a partir de los testimonios de los expertos.

Pero el lazo también se rompió con la madre, pese a que Ana se encargó de seguir adelante con la denuncia y distintas medidas de restricción para que Russo no se acercara a sus hijas. Todo quedó en ruinas.

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Perverso en evolución

De acuerdo con la información relevada por LMN, este ingeniero agrónomo oriundo de Bella Vista, Buenos Aires, optó por irse de la provincia cuando estalló el escándalo y se radicó en el partido de San Martín.

Siempre estuvo a disposición de la Justicia y se presentaba una vez al mes a firmar en una comisaría de dicha localidad bonaerense.

También se supo que tiene siete hijos, solo tres quedaron viviendo en Neuquén, el resto se fueron de la provincia y del país.

¿Qué se sospecha? Que Mariana y Paula no fueron sus primeras víctimas. Y con su entorno familiar dinamitado, todo cobra sentido.

Vale aclarar que, a fines del siglo pasado y comienzo de este, no era habitual que se denunciaran los abusos intrafamiliares. Era un secreto con el que se convivía puertas adentro. Nada se exponía.

Mariana y Paula fueron para Russo un paso más en su perversa evolución pedófila. En este caso, no lo afectaba el parentesco y escaló rápidamente logrando mantener el control sobre sus víctimas por años.

Incluso, previo al proceso legal, quiso hacer un control de daños y persuadir a Ana para que no lo denunciaran. Otro de sus intentos típicos de manipulación donde se ponía en la posición de víctima y hasta ensayaba una defensa encubierta: “Les pido disculpas si les he hecho algún daño”.

La ambigüedad en el mensaje es clave para este tipo de personajes oscuros.

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Sonámbulo

Durante el proceso, el defensor y Russo no se opusieron a las pericias psicológicas y psiquiátricas. En verdad, permitieron algunas y en otras se mostraron esquivos. Es de suponer, no es necesario ser un gran detective, que hay pericias que iban a dejar expuestas sus parafilias.

Mariana y Paula también debieron afrontar el proceso con sus cuerpos y psiquis. La revictimización, motivo por el cual muchas víctimas todavía se resisten a denunciar.

El juicio se realizó a puertas cerradas, por tratarse de un delito contra la integridad de las personas, entre el 18 y 20 de mayo de 2015, y el tribunal estuvo integrado por Fernando Zvilling, Martín Marcovesky y Mauricio Zabala.

El fiscal Gustavo Mastracci impulsaba la acción por el delito de abuso sexual gravemente ultrajante por su duración y realización. A esto se sumó el agravante por ser el guardador y aprovechar la situación de convivencia.

En una de las jornadas, la perito oficial Zulema Díaz, que estuvo a cargo de entrevistar a las hermanas, explicó al tribunal que en sus relatos “no hubo incongruencias, fueron coherentes”. Destacó que “Russo ejercía mucho poder sobre su madre” y que “ante su presencia había actitudes de retraimiento, miedo y hasta errores cognitivos”.

Además, la forense aclaró que “la sintomatología es diversa, relacionada con problemas físicos, por las secuelas psicológicas”. Queda claro que el monstruo hizo estragos en sus cuerpos y psiquis.

Luego, es interesante cómo el psicólogo forense Flavio D’Angelo deconstruye a Russo: “Se observa ideación paranoide, sensibilidad, susceptibilidad, egocentrismo. Cuenta con la habilidad de ponerse en el punto de vista del otro. Está hipervigilante, alerta, imputando al otro malas intenciones y sintiéndose víctima. Hace un desplazamiento de la culpa o proyección, como mecanismo de defensa propio de la condición paranoide. Desplaza sobre terceros la culpa propia”.

Un claro ejemplo de ello fue cuando Russo indicó que

estando él dormido, se despertaba y Paula se acostaba sobre la mano de él. Tremendo.

Avanzado el juicio, el ingeniero se vio rodeado por las evidencias y jugó una carta tan absurda como siniestra: adujo que si esos episodios ocurrieron, fue por su condición de sonámbulo.

Allí apareció en escena el médico psiquiatra forense Edgard Blasco, que brindó detalles tan contundentes al tribunal que, hilvanados con el resto de los testimonios de los forenses, terminaron por condenar a Russo.

“Entre el sueño y la vigilia hay unos estados intermedios que se denominan estados de ‘duerme vela’; son estados oniroides, progresivos, que se dividen en tres. Pero que tienen más interés académico que forense. Es altamente

improbable la intervención en hechos criminales en estado de sonambulismo”, sostuvo.

Bajado al llano, lo que Blasco explicó es que los abusos requieren de una actividad compleja para la mente y “en estado de sonambulismo no hay desarrollo cognitivo, son automatismos”, detalló el profesional, que aclaró que Russo y su abogado no quisieron hacer una serie de estudios aconsejados.

Queda claro que no los hicieron porque la patraña quedaría sumamente expuesta.

Lo cierto es que Russo fue declarado responsable penal por dichos abusos y en la cesura le dictaron 12 años de prisión.

Como impugnó, continúo en libertad hasta que la condena quedara firme. Eso ocurrió el 24 de noviembre de 2015 cuando el Tribunal de Impugnación rechazó el planteo defensista que escalaron al Tribunal Superior de Justicia.

A mediados de febrero de 2016, la jueza de ejecución Raquel Gass, al observar que estaba el doble conforme, ordenó que el ingeniero agrónomo Guillermo Russo comenzara a cumplir la condena.

La impugnación extraordinaria elevada al TSJ fue rechazada por la sala penal integrada por Soledad Gennari y Alfredo Elosu Larumbre el 23 de mayo de 2017.

En la actualidad, Russo continúa tras las rejas pese a los insistentes pedidos que ha realizado su abogado, que solicitó que sea visto por el gabinete criminológico, también recurrió al ardid de que es mayor de 70 años para que le den la domiciliaria.

En el último cómputo de pena, se dejó establecido que desde el 16 de junio de 2022 Russo está en condiciones de solicitar la libertad condicional, beneficio que la jueza de ejecución Raquel Gass no le ha concedido.

No obstante, hay un dato claro: en junio de 2026 ya habrá agotado la pena y seguramente usufrutuará su libertad en Buenos Aires.

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El gran escritor del novelas de terror Stephen King supo decir: "Los monstruos son reales y los fantasmas también: viven dentro de nosotros (o con nosotros) y, a veces, ellos ganan".

Mariana y Paula convivieron con uno perverso, siniestro, manipulador y temerario. Costó erradicarlo y encerrarlo, pero su fantasma las persigue.

La Justicia en sus condenas suele olvidar el costo de las secuelas con las que deben convivir las víctimas, una deuda que en algún momento deberá ser contemplada.

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