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Oyarzún: una muerte macabra en el río Neuquén

El joven de 17 años desapareció el 25 de mayo de 2010 y a los tres días lo encontraron sumergido en las frías aguas del río. Las hipótesis pasaron de un ritual satánico a una brutal violación y, finalmente, un ataque en jauría.

Jorge Oyarzún fue víctima de un contexto complejo, propio de una barriada brava de Centenario: Villa Obrera. En sus calles de tierra convivía la gente de laburo con delincuentes y narcos. Las armas y los perros rabiosos eran cotidianos, al igual que transitar por el camino de sirga a la vera del río Neuquén para cruzar por debajo el puente que separa Centenario de Cinco Saltos.

Por esa época, Villa Obrera era el lugar que había elegido el clan narco Montecino para hacer pie con el ingreso de droga a Neuquén. Un par de años después, caerían tras una larga investigación de la Justicia Federal y la Policía neuquina. Los hermanos y cabecillas, Héctor y Ruth, junto con 16 integrantes de la organización criminal, fueron a parar tras las rejas.

Villa Obrera era un barrio de temer, pero había ciertos manejos y códigos que les permitían a pibes como Jorge Oyarzún hacer su vida sin mayores inconvenientes. Como todo adolescente, leyó bien el contexto y aprendió los circuitos por los cuales moverse y los horarios para evitar situaciones peligrosas.

¿Por qué es necesario tanto contexto? Porque las primeras sospechas tras la desaparición del joven giraron en torno a un posible ajuste de cuentas entre bandas antagónicas. Pero las dudas se disiparan rápido porque fue la propia Policía la que advirtió que Oyarzún “no estaba relacionado con bandas delictivas”, reza el expediente.

Luego, el examen toxicológico que le hicieron tras la autopsia develaría que su sangre estaba limpia de droga y alcohol.

Jorge Oyarzún era un pibe sano, un estudiante del CPEM 1 de Centenario muy querido por sus compañeros, y eso tuvo un impacto en las calles con marchas multitudinarias que reclamaron justicia.

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Desaparecer

El 25 de mayo de 2010, Jorge soportaba el feriado del bicentenario patrio en su casa y bastante aburrido. El frío y la lluvia eran implacables en ese sector ribereño. Las temperaturas no superaron los 7 grados centígrados de máxima y mínima fue hasta de dos bajo cero en esos días.

No obstante, el joven optó por salir de Villa Obrera hacia la casa de una amiga que quedaba en la toma cruzando el puente Centenario – Cinco Saltos. Para ello, utilizó el camino de sirga como tantas veces lo había hecho.

Eran las 18, aproximadamente, y fue visto por un policía y par de vecinos más que se lo cruzaron por la zona. Oyarzún no llevaba celular, el que tenía lo compartía con el hermano que se había quedado en la casa y por esos años todavía no todos los adolescentes tenían uno a su disposición como en la actualidad. Lo único que llevaba consigo era un reproductor de MP3 con el que escuchaba música.

Horas más tarde, Jorge no aparecía. A la casa a la que fue no había llegado y ningún amigo ni familiar sabía de él. Fue por eso que su familia se acercó al destacamento de Villa Obrera, que recepcionó la novedad pero poco pudo hacer porque ya estaba oscuro.

Al día siguiente Jorge tampoco apareció, por lo que a la familia y los amigos se les diluyó la ilusión de que se hubiese quedado en la casa de algún conocido.

De hecho, sus amigos armaron una página en Facebook: “Si alguien lo vio por favor avisen Mirar Foto”. En la descripción pusieron “se busca el paradero de Jorge Oyarzún, 17 años de edad, desaparecido el 25 de mayo”, junto a varias fotos que fueron de las pocas que trascendieron públicamente.

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Los días de lluvia se mantuvieron y la Policía, que solo contaba con el dato de que se lo había visto por última vez por el camino de sirga, realizó algunos rastrillajes a pie complicados por el clima y el terreno.

El viernes 28 de mayo amaneció frío pero soleado, lo que permitió que Bomberos de la Policía de Neuquén junto con buzos especializados recorrieran la costa del río.

Cerca del mediodía, se produjo el hallazgo del cuerpo en las gélidas aguas del Neuquén. Estaba a unos 300 metros del puente Centenario-Cinco Saltos, en un

islote que está dentro de una chacra de un empresario de la localidad. Al lugar se lo conoce como “brazo chico”.

Allí se perimetró el sector para que no accediera nadie, solo los de Criminalística y el fiscal adjunto Guillermo Prime.

Desde otro punto de la costa, familiares y amigos observaron atentos el trabajo de los bomberos y los criminalistas. El momento más crítico fue a las 14:20 cuando procedieron a retirar el cuerpo, que se encontraba boca abajo, sumergido poco más de 30 centímetros. Tenía el torso desnudo, los pantalones bajos y las zapatillas puestas.

Los especialistas que trabajaron en la zona ya habían visto fotos del chico y sabían que era él, pero sus familiares y amigos lo advirtieron en ese instante en que los buzos lo sacaron del agua.

Las escenas que se observaron fueron tan impactantes como dolorosas. Algunos pasaron del llanto desconsolado al desvanecimiento. El drama de la muerte hacía pie firme en la costa, mientras del agua emergían interrogantes ante el rostro demudado de los investigadores frente a un cuerpo devastado.

A primera vista, tenía decenas de lesiones de ataque de arma blanca y hematomas que no se podía determinar si eran producto del mismo incidente o del arrastre del río.

En ese difícil territorio de la intriga, el ingreso en escena de los médicos forenses sería clave para obtener algunas respuestas en el único lugar donde los cadáveres hablan: la mesa de autopsia.

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Lo atroz sale a flote

El cadáver de Oyarzún fue trasladado al Cuerpo Médico Forense mientras, en paralelo, un equipo de investigación de Seguridad Personal (Homicidios) de la Policía neuquina intentaba recolectar evidencia en la zona ribereña, teniendo en cuenta que se venía de varios días de lluvia. Además, había que entrevistar a familiares, amigos y vecinos.

Nada de lo que ocurría era sencillo, pero todo debía sucederse, el dolor y la investigación siempre se cruzan.

A trece años del episodio, un viejo pesquisa que trabajó en el caso recordó un dato que no salió a la luz.

“Te juro que en ese momento, por cómo estaba el cuerpo del chico, hasta estuvimos averiguando si había alguna bruja o secta por la zona porque llegamos a sospechar de algún tipo de ritual satánico”, confió la fuente a LMN.

Lo cierto es que el domingo 30 de mayo de 2010, con los resultados de la autopsia, surgió una primera hipótesis. “Lo habrían torturado y violado antes de ahogarlo en el río”, despachó una alta fuente policial a la prensa.

Sede del cuerpo médico forense, Neuquén.

El dato se basaba en que el cuerpo presentaba decenas de heridas punzocortantes, desgarros y lesiones en la zona anal. A esto se sumaban varios hematomas. Para los investigadores, “los autores habían actuado con saña y premeditación”.

A esa altura de los acontecimientos, ya se había descartado un ajuste de cuentas de bandas porque la propia Policía no lo tenía a Jorge Oyarzún vinculado a ningún grupo delictivo. Tras encontrarlo en el río se sospechó de un suicidio, pero al ver las heridas se supo que había sido una muerte violenta, y con las lesiones surgidas tras la autopsia hasta se especuló con una fallida aventura homosexual o un ritual satánico.

Lo único que prosperó para la familia fue la teoría de la violación seguida de muerte que fue sostenida por mucho tiempo por el abogado querellante Michel Richmann y el perito criminalístico Enrique Prueger, un profesional con prestigio a nivel nacional por haber esclarecido casos atroces, y este lo era.

Para ellos, los indicios de un ataque a puñaladas seguido de abuso y muerte eran claros, pese a que la fiscalía avanzaba con otra hipótesis.

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Reclamo y movilización

En el Facebook que se abrió para la búsqueda de Jorge Oyarzún, al día siguiente del hallazgo se publicó el último posteo: “Vamos a eliminar este grupo”.

Los comentarios dieron cuenta del horror de cómo fue encontrado “violado y apuñalado”, y afirmaron que lo cerraban “por respeto”. “Esto para la familia es doloroso”, señalaron.

Si bien algunos intentaron mantenerlo vigente bajo el reclamo de justicia, la propuesta no prosperó y todo concluyó con la primera convocatoria para marchar el miércoles 2 de junio a las 11.

Miles de estudiantes ganaron las calles y marcharon, junto a la familia de Oyarzún, reclamando justicia por el joven asesinado. A la fecha, se dice que fue una movilización histórica para Centenario.

El hecho estremeció tanto a la localidad que se sumaron vecinos, concejales y el conocido cura párroco Rubén Capitanio, que daba misa en la capilla de Villa Obrera.

La titular del CPEM 1 se encargó de entregar una nota en mano del presidente del Deliberante, Oscar Nahuel, y a la hora de hacer declaraciones públicas se mostró prudente porque ya había mantenido una reunión con la fiscal Sandra González Taboada, que le había contado que existía otra teoría mucho más firme sobre la muerte del joven pero no menos macabra.

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El giro

Como dijimos, todo sucedió en cuestión de días, pero las evidencias necesitan su tiempo y eso fue lo que permitió que durante meses siguiera vigente la teoría de la querella.

No obstante, durante los primeros días de la investigación, los policías de homicidios rastrillaron toda la vera del río Neuquén en busca de algún detalle que trajera luz al caso.

“Hasta ese entonces, teníamos a un joven muerto con muchísimas lesiones”, me confió la fiscal Taboada en una ocasión revisando la causa.

Por su parte, otro de los investigadores del caso con el cual dialogué en estos días recordó: “Nos cruzamos con unos pibes que nos dijeron ‘cuidado con los perros asesinos de la vieja del kiosco’. Nos miramos con mi compañero y fuimos a ver a la mujer”.

Esa mujer resultó ser Blanca Castro, que tenía una suerte de almacén que daba a la ruta y un predio que daba al río. Tenía una puerta de madera por la cual solía sacar a pasear a sus perros: Estefi, Dino, Rifo, Oso, Juanito, Gorda, Pedro y Flor. Dos eran de la raza rottweiler, tres weimaraner (de caza) y el resto “cusquitos de 30 centímetros de alto”, señala el informe oficial.

Con ella justamente hablaron los investigadores de homicidios. Castro les relató que una vecina le comentó que la noche de la desaparición de Oyarzún, “sus perros (por los de Blanca Castro) ladraban insistentemente hacia la parte del fondo del patio, lo que motivó que se escaparan para la zona del río. Solo volvieron dos de los pequeños, los dos más grandes no regresaron de inmediato y cuando volvieron estaban mojados”, detallaron los pesquisas en su informe sobre la charla que mantuvieron con la dueña del kiosco y los animales.

“Cuando los perros salieron corriendo escuchó gritos, como que pedían socorro o algo así. Dijo que pensó que alguien se quiso meter a su propiedad y los perros lo habían sacado”, reza el informe policial sobre las declaraciones de la mujer.

Pero lo más importante para los investigadores en ese momento fue la situación que sufrió uno de los policías que estaba charlando con la mujer y se alejó hacia el fondo del predio para observar la salida a la ribera y el camino de sirga.

“Uno de los perros chicos se me acercó ladrando y cuando me quise acordar, tenía cinco de los perros que me rodearon y estaban en posición de caza. Yo quise sacar el arma, pero uno de los perros me atacó la mano y el antebrazo, otro una pierna y otro un glúteo. Por suerte, mi compañero y la señora les pegaron unos gritos y se frenaron, pero de ahí me tuve que ir al hospital porque me provocaron desgarros”, relató a LMN el oficial que fue atacado los primeros días de junio de 2010.

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La fiscal Taboada, al tomar conocimiento de lo ocurrido, vio al oficial en cuestión y, al observar las heridas, como un flash pasaron por su cabeza las lesiones de Oyarzún reveladas por la autopsia.

“Tuve que ir al Cuerpo Médico Forense, donde me revisaron cada una de las mordidas y desgarros que me habían hecho los perros. Me fotografiaron todas las lesiones”, detalló el oficial, que estuvo unos días con ART y que todavía conserva las cicatrices de ese ataque tan desgraciado como fortuito a los fines investigativos.

Los forenses y la fiscal observaron mucha similitud entre las lesiones del oficial y las de Oyarzún, y se ordenó el secuestro de todos los perros de Blanca Castro. Eran tan bravos todos juntos, que hubo que sedarlos para sacarlos de la casa.

Los animales fueron trasladados al predio de la Montada y Canes de la Policía, donde veterinarios hicieron moldes de improntas de los maxilares superiores e inferiores (la mordida) de cada uno de los perros, a los que también se les cortaron las uñas de las patas y hasta se tomaron muestras de materia fecal en busca de rastros biológicos del adolescente.

Todo esto tenía la finalidad de analizar la línea de un posible ataque de jauría.

Se suman pruebas

Mientras en el centro de Centenario marchaban miles de alumnos, había vecinos que vieron el procedimiento policial y querían que la dueña del kiosco se fuera del lugar, cosa que terminó haciendo la mujer una vez que se produjo el secuestro de los animales y que sospechosamente, horas después, se quemara parte de la vivienda.

Por seguridad, Blanca Castro se fue del lugar, pero nunca dejó de reclamar la devolución de sus animales, que quedaron secuestrados a disposición de la Justicia.

Lo que se comprobó con el paso de los días fue que, entre enero y el 25 de mayo, la jauría había atacado al menos a tres personas. Una de ellas relató: “Imprevistamente, me atacan varios perros que andaban sobre el descampado, los que me tiraron al piso. Permanecí arrodillada, cuando me quise levantar, nuevamente me arrojaron al suelo, y me aplicaban mordidas, los más grandes (rottweiler) trataban de morderme el cuello”. De milagro la salvaron unos vecinos.

En el camino surgieron más datos. El municipio de Centenario salió rápidamente a tratar de sacarse el lazo del cuello y mostró una notificación que le habían realizado a Blanca Castro por no cumplir con las ordenanzas respecto de los animales sueltos y peligrosos, que no solo tenían que estar a resguardo sino que al momento de salir a la calle debían contar con bozal, collar y correa.

Todos estos testimonios de personas atacadas por una jauría e informes municipales constan en el expediente judicial que se elevó a juicio en diciembre de 2011, donde la fiscalía acusaba a Blanca Castro por el homicidio culposo de Jorge Oyarzún, con una pena en expectativa que según el Código Penal va de seis meses a cinco años de prisión.

Los forenses

Las conclusiones forenses fueron determinantes para que la fiscal Taboada avanzara sobre la hipótesis del ataque de la jauría y así desechar el abuso seguido de muerte.

“El informe elaborado por el Dr. Alejandro Cozzarin y el veterinario Fabián Pérez, los cuales, luego de desarrollar la labor detallada, como de describir las características de los maxilares de los perros, de sus mordidas y del comportamiento social de los mismos, concluyen que ‘es indubitable que las lesiones halladas en el cuerpo de la víctima fueron inferidas por perros, descartando cualquier posibilidad de elemento de tipo cortante como el de un arma blanca’”, señaló el informe.

Asimismo, agregó: “Desde la ciencia médico-forense y veterinaria, con el aporte de la informática, luego de la evaluación odontológica, improntas en moldes, nos permite concluir en que las lesiones del occiso (Oyarzún) son propias de los perros similares a los secuestrados, ya que son de hocicos de rango intermedio, de portes pequeños y medianos, los cuales actuaron en forma de jauría, siguiendo el accionar de los dominantes de la misma, los cuales pudieron haber dejado sus improntas en las lesiones separadas halladas en la víctima. El resto de los perros en jauría pudieron potenciarse en la agresión, vinculándolos a las otras lesiones halladas en el cuerpo”.

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¿Y cómo murió Oyarzún?

Ya con todos los elementos y las certezas de que Oyarzún había sido atacado por los perros de Blanca Castro, para reconstruir lo ocurrido hablamos con un adiestrador de la región que conoce el accionar en jauría y la peligrosidad de cada raza.

El entrecruce de información ayudó a develar los últimos momentos del joven en esa fatídica fecha patria.

No hay dudas de que Jorge Oyarzún tomó por el camino de sirga para cruzar al otro lado del puente donde vivía una amiga. Iba con los auriculares de su MP3 puestos y escuchando música, por lo que seguramente no advirtió la presencia de alguno de los perros.

Al escuchar los primeros ladridos, Oyarzún sintió ese miedo atávico que los hombres primitivos tenían ante las fieras. Su cuerpo expulsó la suficiente adrenalina para que la jauría lo percibiera como una presa.

Frente a situaciones límite, el humano tiene tres respuestas posibles: intentar escapar, pelear o paralizarse. Oyarzún eligió correr y el macho alfa de la jauría, “seguramente ha sido un rottweiler, ordenó el ataque, que no debe haber durado más de cinco minutos”, explicó el especialista. “Son letales las jaurías”, afirmó.

No necesariamente el alfa es el que va adelante, todo depende de la organización de la jauría. Lo cierto es que todos atacan en distintas partes con el objetivo de derribar a la presa.

“Para zafar de esa situación, o corrés y te subís a un árbol o volteás de un golpe al alfa. Si lográs someter al alfa, el resto se frena, pero en medio de esa situación no creo que nadie tenga la cabeza como para tratar de identificar al líder de la jauría”, detalló el adiestrador.

A Oyarzún le dieron alcance y luchó con todo su ser para intentar huir de los tarascones que le arrancaban la ropa, lo lastimaban, doblegaban y debilitaban.

Incluso, los forenses confirmaron que murió el mismo día de la desaparición y consideraron posible que Oyarzún “en estado shock frente al ataque recibido, junto a las lesiones musculonerviosas y la posición del pantalón en sus piernas en sujeción, lo limitaron en su accionar, quedando indefenso, pudiendo él mismo, agónicamente expuesto al frío, arrastrarse en un intento de huida hacia el agua, o bien siendo arrastrado por los mismos animales”, indica el informe.

“Los perros en jauría, hasta que la presa no queda inmóvil, no paran. Posiblemente si el chico se metió al río, lo hayan seguido atacando por el movimiento mismo de la respiración o el que genera la corriente”, detalló el experto en perros.

Es aquí donde cobra sentido por qué volvieron mojados los perros más grandes de Blanca Castro, tal y como lo contó ella.

Esta jauría fue la que atacó a Oyarzún, que terminó muriendo ahogado en las gélidas aguas del río Neuquén.

Cuando la causa estaba por llegar a juicio, unos días antes, Blanca Castro falleció. “Se sobresee por muerte a la imputada, por lo que se extingue la acción penal”, detalló una fuente judicial que confirmó que el expediente pasó a integrar parte del archivo.

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