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La Mañana Historias del crimen

Pino Vinet: historia de un domador sádico y salvaje

Raptó, violó y golpeó con palos, varillas, látigo y rebenque a dos jóvenes. Una en Río Colorado y otra en Ferri. Cuando recuperó la libertad en 2020, San La Muerte Godoy lo asesinó a traición por la espalda.

Cuando Mario Luis Pino Vinet aprendió a los 10 años el oficio de domador, creyó que siempre iba a poder amansar a cualquier animal y situación que se le presentara. Incluso estando preso, Vinet seguía confiando en su arte. Cuando volvió a ser libre, a los 61 años, todo se le fue de control cuando un auto a marcha lenta se le acercó y, a corta distancia, le dispararon tres tiros a las piernas.

Asustado como nunca y perdiendo sangre a raudales, no podía creer la corcoveada que le había pegado la vida. Cuando miró a su ejecutor, descubrió que era Juan Octavio “San La Muerte” Godoy. La trama de ese homicidio sigue siendo un secreto entre el malevo y el domador.

Nadie lamentó el crimen de Vinet, aunque fue perseguido y esclarecido, porque sus actos, que lo llevaron a pasar 21 años a la sombra, fueron de un sadismo tal que estremecieron a toda la región.

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El domador

Mario Luis nació en Allen en 1956 y fue el segundo de siete hermanos. A los 12 años sus padres se separaron, y la madre cargó con todos los hijos y se internó en el campo que tenía su familia en Paso Córdoba, en General Roca.

Fue su abuelo materno quien le enseñó a realizar distintas tareas camperas, entre ellas el cuidado de animales, el amansado y la doma de caballos.

Por esos años, mediados de la década del 60, el caballo era un medio de transporte para las personas que residían tierra adentro. A caballo se arriaba al resto de los animales. A caballo se iba al pueblo, al almacén o a la pulpería. Y a caballo también se demostraba la destreza gaucha, domándolo.

El pibe Vinet llegó hasta quinto grado de la educación primaria. Con 10 años advirtió que lo suyo no era el estudio, sino el lazo y el rebenque. Tenía mejor conexión con los animales que con los libros. A eso se sumó que no tenía drama en ponerle el cuerpo a cualquier tipo de trabajo. Fue así como hizo albañilería, levantó un galpón de empaque, cosechó y hasta realizó limpieza de acequias. Era un jornalero completo.

En la medida que fue creciendo, su destreza en la doma era algo notable y supo ganar eventos durante algunas festividades.

El boca en boca lo bautizó “el domador”, y Pino Vinet supo tener varios admiradores y admiradoras. Algunos estancieros lo contrataban para amansar a sus caballos.

Para él, fue una época dorada donde alternaba las tareas de campo con algunos hurtos, otra habilidad que descubrió en sus años mozos.

Salvaje e inescrupuloso

En esos años, Vinet gustaba de cabalgar a campo traviesa, con el viento en el rostro y creyendo que todo podía ser domado.

Eran épocas donde los hombres se acercaban a mujeres púberes y adolescentes que se llevaban para los olivillos, un arroyón o las márgenes de un río. Nada se discutía demasiado y las mujeres de campo padecían, en silencio, los caprichos y las voluntades machistas.

Pino Vinet seducía con su lazo y con su pelo largo. En las artes de amar fue descubriendo que el sufrimiento ajeno lo excitaba, lo encendía. Fue así que entre 1994 y 1995 le hizo vivir un calvario a su primera cautiva, una joven de 19 años.

A la joven la golpeaba con los puños, palos, látigo, varillas y el rebenque. La mantenía oculta en la vivienda familiar que tenía en Río Colorado y, para evitar que pidiera ayuda o escapara, la dejaba “totalmente a oscuras, encerrada por fuera colocando un candando en la puerta y con la ventana de la vivienda cerrada con un alambre”, describió la sentencia.

La víctima fue rescatada en noviembre de 1995 de causalidad. Hubo un allanamiento en el predio por un robo de herramientas. Los policías observaron que la precaria vivienda tenía una puerta de chapa cerrada con una gruesa cadena con candado y los postigos cerrados con alambre, por lo que utilizaron una tenaza para abrirlos.

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“Al acercarnos a mirar por la ventana, vimos a la chica en la cama llorando. Estaba a la miseria, no podía ni caminar”, declararon los oficiales de la Policía y el médico que tuvieron que ingresar por la ventana para asistirla.

El informe forense de las lesiones dejó a la vista el salvajismo del domador: “Lesiones sufridas en la boca y los labios -se los cosió-, la deformación total de la oreja izquierda, fractura de la nariz, fractura del maxilar, cicatrices en los miembros derechos e izquierdos, marcha parética por múltiples traumatismos, daño en un ojo y quemaduras en los pies”.

La violencia extrema padecida llevó a que los especialistas aconsejaran un tratamiento médico y psicológico.

En su defensa, Pino Vinet explicó que las lesiones habían sido producto de caídas que sufrió la joven en la casa de su madre, tropiezos con ramas y caídas de una escalera o de una bicicleta.

“Esos moretones y peladuras se las hizo ‘bastantito’ al caer de un padrillo que la llevó a la rastra (70 metros) por unos ‘piedreros’ y unos montes hasta que regresó al corral”, relató Vinet.

Otra estremecedora explicación fue la de una lesión en el oído de la joven. “Se cayó de una escalera que tenía clavos grandes abajo, clavándose uno de ellos en el oído”, les aclaró a los jueces.

Lo más absurdo que narró Vinet fue: “No le cosí la boca. Yo estaba plantando papas afuera de la casa y vi que ella estaba al sol con un espejo redondo y se estaba pasando unas hebritas de hilo por adentro de la boca con una aguja”.

Así fue toda su defensa, con justificaciones propias de una personalidad peligrosa que luego sería descubierta con los años.

“El ojo se lo lastimó con una rama que le pegó un azote. Las quemaduras de los pies fueron porque salió de la casa en patas a buscar agua y pisó unas brasas porque yo estaba haciendo fuego afuera”, continuó.

Como para rematar su argumento, indicó que ella lo celaba y lo tenía amenazado con meterlo preso.

“Jamás le pegué ni le metí la cabeza en un tacho con agua”, concluyó el sádico domador.

Por su parte, la víctima reveló que creía que no había escapatoria posible. “Yo dejaba que me pegara. Dejaba que se cansara. Pensaba aguantar hasta que las fuerzas me den. Estaba resignada”, le dijo al tribunal, que parece que muy conmocionado no quedó.

Finalmente, el 5 de julio de 1996, los jueces Carlos Gauna Kroeger, Flora Susana Díaz y Mario Enrique Bufi condenaron a Pino Vinet por lesiones graves reiteradas en un número indeterminado de veces. Le dictaron 10 años de prisión. No obstante, lo absolvieron por el delito de sustracción, retención u ocultamiento de persona agravado. Un absurdo.

Forno fue enviado al penal de Roca por los robos de la megabanda.
Forno fue enviado al penal de Roca por los robos de la megabanda.
Forno fue enviado al penal de Roca por los robos de la megabanda.

Se va la segunda

A fines de 2003, a Vinet le restaban unos pocos meses para cumplir condena y ya gozaba del régimen de las salidas transitorias.

Solía visitar a un amigo en el paraje Las Margaritas, en la zona rural de Ferri, donde conoció a una familia que tenía varias hijas y cuyo padre admiraba a Vinet de sus tiempos de gran domador.

En las zonas rurales, gracias a su arte, su nombre era importante. Fue así que resolvió vivir como un forajido y, a la siguiente salida transitoria, ya no volvió al penal.

Consiguió un rancho donde vivir y siempre había quien le diera alguna changa para sostenerse.

La densa meseta patagónica le ofrecía un sinfín de lugares donde refugiarse si la autoridad lo buscaba. Conocía Ferri, Cinco Saltos, Barda del Medio, Catriel y de ahí hasta Añelo regresando por Centenario. Era todo un baqueano de la meseta, el monte, las chacras, la zona ribereña y también las aledañas a las rutas.

A los 44 años, Pino Vinet no paraba de seducir y volvió al ruedo con las mujeres después de casi 10 años tras las rejas.

La familia que le dio trabajo en Ferri lo terminó padeciendo. La admiración por el domador no les permitió ver, hasta que fue demasiado tarde, que su hija de 14 años había caído en sus redes.

La primera en darse cuenta fue una hermana de la adolescente. La descubrió una noche huyendo de la casa para el lado de unos olivillos donde la esperaba el prófugo.

La madre intervino y luego el padre, que pese al respeto y la admiración que tenía por Vinet, le recomendó que con su familia no se metiera.

Vinet, que no estaba acostumbrado obedecer, se retobó y desafió a la familia. “Cuando yo quiera, vengo y me la llevo. No lo van a poder impedir”, vociferó el indomable fugitivo.

Ese resquicio podría haber utilizado la familia para deshacerse del domador, es decir, avisar a la Policía, pero tierra adentro las cosas no se resuelven llevando y trayendo letra a la autoridad.

En Nuevo Ferri quieren que se regularicen en forma urgente los servicios.
En Nuevo Ferri quieren que se regularicen en forma urgente los servicios.
En Nuevo Ferri quieren que se regularicen en forma urgente los servicios.

Rapto

Pino Vinet trazó un plan para hacerse de la adolescente y la madrugada del 7 de febrero de 2004 lo concretó.

Al principio trascendió la versión de que a hurtadillas había ingresado a la casa rural sin ser advertido por ninguno de los 10 integrantes de la familia de la joven y ante el mutismo de los casi 30 perros que tenían en la chacra.

Esa teoría inicial da cuenta de que despertó a la adolescente con un revólver apuntándole a la cabeza y haciéndole el típico gesto de silencio. “Gritás y mato a tu familia”, le susurró.

Luego, quedaría demostrado en juicio que el domador sedujo a la joven, que tenía un leve retraso mental, y la convenció para encontrarse esa madrugada en la casa de un amigo suyo.

Lo cierto es que el amigo los llevó en una camioneta hasta en el Puesto de Saez, ubicado en inmediaciones del paraje El Arroyón, en Contralmirante Cordero.

En ese puesto, alquiló una pequeña tapera ubicada a unos cien metros de la casa principal.

Allí la joven “trocó al seductor domador por el verdadero Pino Vinet”, indicaron los jueces en la sentencia, para luego develar los horrores que le hizo vivenciar a la adolescente.

Los abusos reiterados fueron “mediante la violencia física, reteniéndola contra su voluntad, impidiéndole su desplazamiento y que la misma se apartara de él; intimidándola de muerte, causándole lesiones mediante golpes de puño, patadas o con elementos como rebenque, con la utilización de armas de fuego que apoyaba en su boca o cabeza, al tiempo que le manifestaba que la mataría”, describieron.

Cuando cumplieron diez días en la tapera, abandonaron el Puesto de Saez y comenzaron a divagar. Entre el 17 y el 28 de febrero recorrieron un vasto territorio que Vinet conocía como la palma de su mano. Largas jornadas de exposición al sol y frías noches deterioraron la condición física de la joven.

Durante ese periodo, Vinet no dejó de violar, golpear y amenazar a la joven, que ya no tenía fuerzas ni para intentar emprender una huida.

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La vaca y la condena

El 29 de febrero, el domador decidió regresar al Puesto de Sáez.

Pino Vinet le permitió a su víctima que se fuera a lavar. La joven se encontró por unos segundos con la hija del dueño del puesto y le contó lo que estaba sufriendo, le imploró ayuda y le dio el número de sus padres en Ferri.

Al día siguiente temprano, la esposa de Sáez y su hija salieron con destino a Cordero a realizar unas compras en el pueblo.

En el camino, la muchacha le contó todo y la madre temió meterse en algo intrincado porque su esposo podría quedar como un delator.

El golpe de efecto no tardó en llegar. La hija le preguntó qué haría si pasaba por esa situación una de sus hijas. La respuesta de la madre fue contundente: “No le cuentes nada a tu padre”.

La mujer evitó ir directamente a la Policía y se dirigió a lo del juez de Paz. El magistrado, ni bien la vio, le anunció que todavía no estaba resuelto “lo de la vaca”. Al parecer, los Sáez andaban con algún conflicto de animales con un vecino.

Lo cierto es que lo de la vaca no era nada comparado con todo lo que le relató la mujer: un fugitivo de la ley, y el secuestro y la violación de una adolescente. El juez puso cara de pocos amigos y sacudió la cabeza. Por las noticias ya sabía algo del caso, así que cruzó a la comisaría y de ahí se fue hasta el puesto donde rescataron a la joven. El domador huyó.

Días después, Pino Vinet entró sin fuerzas al hospital Castro Rendón de Neuquén y dio la identidad de su hermano, que era policía neuquino.

Los informes forenses sobre la salud de la adolescente fueron lapidarios. Los especialistas recomendaron que realizara un tratamiento psicoterapéutico porque era previsible que tuviera secuelas severas ya que presentaba “importantes signos de angustia, que se manifiestan mediante real temor a la muerte, sentimientos de soledad e inseguridad; dificultad para establecer vínculos interpersonales basados en la confianza, abulia, llanto y estado depresivo”.

El juicio se realizó entre fines de octubre y principios de noviembre de 2008.

El perfil psicológico del domador, según informaron los forenses, era temible: “Trastorno disocial de la personalidad con marcada despreocupación por los sentimientos de los demás, falta de empatía, persistente irresponsabilidad, desinterés por el cumplimiento de las normas sociales; incapacidad para mantener relaciones personales duraderas; muy baja tolerancia a la frustración, con bajo umbral para descargas de agresividad, dando lugar a un comportamiento violento; incapacidad para sentir culpa y para aprender de la experiencia; marcada predisposición a culpar a los demás e irritabilidad persistente”.

Durante el debate, Pino Vinet responsabilizó de toda la situación a la adolescente, se asumió como una víctima del sistema y sobre las lesiones adujo que algunas fueron producto de caídas del caballo que ella sufrió. Todo un dejá vù.

Sobre la edad de la joven, el domador advirtió que no la sabía y que aparentaba tener 18 o 20 años. En cuanto a los abusos, los forenses explicaron que no había lesiones severas en la zona genital debido a que los accesos fueron bajo intimidación.

Ante ese escenario, los jueces encontraron a Pino Vinet “penalmente responsable de los delitos de rapto impropio en concurso real con rapto, abuso sexual con acceso carnal continuado y lesiones leves, en concurso ideal con privación ilegítima de la libertad agravada por el medio violento e inducción a la fuga de menor de edad”.

La pena que le dictaron fue de 13 años de prisión y le declararon la reincidencia. A la hora de unificar penas, la condena quedó en 21 años.

El condenado pidió quedar en el Penal de Cipolletti y que no lo lleven al de Roca por su seguridad.
El condenado pidió quedar en el Penal de Cipolletti y que no lo lleven al de Roca por su seguridad.
El condenado pidió quedar en el Penal de Cipolletti y que no lo lleven al de Roca por su seguridad.

Desfavorable

Ni durante su primera estadía en la cárcel ni en este segundo periodo, Pino Vinet recibió tratamiento alguno pese a que los informes oficiales así lo aconsejaban y solicitaban.

Sus 21 años en prisión se pueden resumir en un expediente de unas 50 fojas en el cual la palabra “desfavorable” abunda en los informes criminológicos, al igual que la justificación “en este establecimiento no se cuenta con un equipo interdisciplinario especializado que pueda otorgar el tratamiento”.

En el último informe, que data de febrero de 2020, la conclusión general de los profesionales fue que no recomendaban la libertad asistida. “Puede constituir un riesgo de violencia sexual para la sociedad”, estipuló el área psicológica. “No se objetiva un buen pronóstico de reinserción social”, explicó el área social. Educación aclaró que nunca tuvo interés, ni siquiera por terminar la primaria. El área de trabajo también lo sentenció porque no tenía un proyecto laboral tras las rejas.

Es decir, a la falta de tratamiento que le dio el Ejecutivo rionegrino, despreocupado por incumplir la ley, Pino Vinet le sumó su desinterés por la reinserción, propio de su perfil psicológico.

Al domador hablar de sus delitos no le gustaba, desplazaba la responsabilidad, no sentía culpa y nunca quiso ahondar en su infancia, una etapa sumamente interesante de explorar para cualquier forense.

Y como en toda pena, lo inevitable ocurrió. El 13 de junio de 2020, a los 61 años, el domador agotó la condena y ya nadie podía impedirle circular en libertad.

Pino Vinet pagó por sus delitos, el Estado no tenía qué reprocharle, por lo que salió del penal de Cipolletti y se fue a vivir a Neuquén, a la casa de su madre en Plottier.

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Una deuda no calculada

En calle Romera 167, el domador pasó los primeros días de libertad atendiendo a su anciana madre. Mientras planificaba cómo seguiría su vida y trataba de concretar una que otra changa, en septiembre de 2020 se enteró por los medios de comunicación de que del penal 5 de Roca se había fugado un asesino pesado, Juan Octavio “San La Muerte” Godoy.

Vinet compartió un periodo de su condena en Roca con Godoy, pero no hay mayores antecedentes que los vinculen con ningún tipo de relación, o eso se cree.

Solo hay un dato objetivo: ambos estuvieron en Plottier, Vinet en lo de su madre y Godoy refugiado, con una pistola calibre 45, en la casa de una docente que era su novia.

Lo cierto es que el 22 de octubre de 2020, alrededor de las 19:30, Vinet caminaba por la calle Salta de regreso a su casa. Cuando dobló por Suipacha, un Ford Focus gris apareció desplazándose a paso de hombre. Se acercó despacio y por la espalda a Vinet, que cuando quiso reaccionar recibió tres tiros en las piernas. Desde el suelo, el domador gritó pidiendo ayuda.

A unos 50 metros, el Focus había frenado y tenía intenciones de volver, pero justo un vecino asistió a Vinet que se desangraba. Claramente lo querían matar. Un policía que vivía en el barrio apareció en escena y, a la voz de alto, el Focus huyó a toda velocidad en dirección sur, hacia el barrio El Chacay.

De acuerdo con las pericias, los proyectiles fueron calibre 45. Dos le atravesaron literalmente la pierna derecha, incluso uno le provocó una fractura. El tercero le rozó la rodilla izquierda.

Esa noche a las 23, Mario Luis Pino Vinet murió por un shock hipovolémico en el hospital regional Castro Rendón.

La fiscal de homicidios, Eugenia Titanti, junto con efectivos de Seguridad Personal de la Policía neuquina siguieron los rastros del Ford Focus y terminaron llegando a Godoy, que logró permanecer prófugo a lo largo de un año.

Recién el 3 de octubre de 2021 cayó en la zona del Bajo neuquino. Llegó a juicio en mayo de 2022 y lo condenaron. Dos meses después le dictaron una pena de 12 años y 6 meses de prisión por el crimen de Vinet, pero se la unificaron en 32 años y 2 meses por todos los delitos que traía de arrastre.

Solo San La Muerte sabe por qué resolvió cobrarse la vida del domador. Quienes buscan reducirlo a un acto de ajusticiamiento equivocan el camino. Godoy es un delincuente peligroso e impulsivo, pero no un justiciero.

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