Tiene botón antipánico por violencia de género, pero un fallo judicial autorizó a su ex pareja a vivir al lado
La mujer denuncia hostigamientos y amenazas de muerte para que abandone su casa. Exige que cumpla el pago de la deuda por cuota alimentaria de sus dos hijos.
A pesar de que tiene un botón antipánico y una orden judicial que le prohíbe a su ex pareja acercarse a ella a menos de 200 metros, una mujer denunció que un fallo judicial autorizó al hombre a frecuentar el domicilio junto a su casa, en barrio Altos del Limay. Desde entonces, asegura que el hostigamiento volvió con más fuerza.
La mujer se llama Rosana Vega, es madre de dos hijos, hoy de 13 y 10 años, y relató a LM Neuquén un largo historial de violencia de género, amenazas de muerte, por las que hizo la denuncia penal el 2 de enero. Además, una situación económica asfixiante que la mantiene atrapada en una vivienda que, lejos de ser un refugio, se convirtió en un territorio de riesgo permanente.
"El 18 de octubre de 2025, me tiraron abajo el portón junto a su hermana y el cuñado: me escupió, me dijo que me iba a quebrar los huesos, que me iba a violar, con gestos obscenos, cuando la mujer no escuchaba su marido me decía que me quería abusar", recordó. Así mismo, denunció que le intentaron pegar con un fierro, que le arrojaron piedras, por lo que intervinieron vecinos para evitarlo y la amenazó: "te saco como sea y te voy a prender fuego a vos y a tus hijos".
El 22 de octubre, por la Ley 2785, de erradicación de la violencia hacia las mujeres, le otorgaron medidas de protección: una perimetral de 200 metros y un botón antipánico hasta mitad de febrero.
"Lo activé cuatro o cinco veces, pero igual como tuve custodia bastante tiempo y rondines, y no salía de mi casa, hasta que me di cuenta de que no podía cortar mi vida, los nenes necesitaban ir a la plaza. Pero no puedo tener la tranquilidad de que vayan solos, los amiguitos de mis hijos me avisaban Ro ahí está el papá malo". Así, ella supo que estaba al acecho: "cada vez que salía, él llamaba desde el auto a mi hijo y quedaba paralizado".
“Así empezó un calvario”
La relación comenzó a deteriorarse dos años después del casamiento. “Apenas nos casamos empezó a ser agresivo, empezó a consumir. La primera vez me golpeó y me dejó en el hospital. Mis hijos vieron todo”, recordó con angustia. En ese momento trabajaba como cajera en Walmart y había invertido todos sus ahorros en la construcción de la casa familiar, pensando en el futuro de sus hijos.
"Construí en el terreno de él, quizá fue un error, pero lo hice para mis hijos, en ese momento éramos felices, estaba embarazada de mi hija", recordó. Luego, tras realizar los trámites del divorcio, el 8 de mayo de 2017, la jueza del Juzgado de Familia, con acuerdo de las partes, atribuyó la vivienda a Vega hasta la mayoría de edad de los hijos.
Después de registrar situaciones de violencia contra sus hijos, indicó que, para estar más presente y resguardarlos, dejó su trabajo de cajera en un supermercado y abrió una peluquería en la casa. Pero notó que a medida que pasaron los años, la conducta violenta de su ex pareja y la hermana fue empeorando y haciéndose más recurrentes, lo que alejó a las clientas de su trabajo.
"Cuando fallece la abuela que vivía en la casa de al lado, ellos se vienen a vivir ahí, me insultan, me quieren pegar con un fierro, una vez él me persiguió y me dijo que me iba a quebrar los huesos, que yo no sabía quién era él y de pasadita me la daba, ahí estuve custodiada dos meses con un móvil fijo, se agregó un mes, y después rondines. Apenas terminó la restricción que dispuso la jueza, o sea que se enteran de que se levantó la perimetral, vienen en seguida a hostigarme y ahí me dan el botón antipánico".
Rosana relató que el 26 de diciembre, cuando tuvo oportunidad de conversar con uno de los policías que realizaba los rondines, le dijo que su ex pareja solicitó autorización judicial para mudarse justo al lado, para supuestamente cuidar a su tío, por lo cual podía incumplir la perimetral.
"Yo avisé que en todo caso tenía un hijo de 22 años que lo podía cuidar, que mi ex no iba a cuidar a su tío, solo iba a hostigarme a mí". Por este motivo, el 30 de diciembre se presentó en la Oficina de Violencia de calle Leloir, para requerir información respecto al cambio de distancia de la restricción, donde solamente dejaron asentada la consulta.
Sin ingresos, sin cuota alimentaria y sin salida a la violencia
Desde ese momento, se refiere a una convivencia forzada que reactivó amenazas, insultos y episodios de violencia psicológica cotidiana. “No nos dejan vivir tranquilos”, resumió. Además, se anotició de que le llegará una orden de desalojo: "un juez no consideró todo lo que invertí en la construcción y en algún momento me tendré que ir".
Si bien la mujer sostiene que acataría la orden de desalojo, señala la contradicción con la decisión de la Jueza de familia para que ella y sus hijos habiten la casa hasta la mayoría de edad. "Yo quiero mudarme, pero no me deja trabajar, no me pasa cuota alimentaria, hace seis años que mantengo a mis hijos sola y me hostiga, ¿Cómo puedo así?".
Roxana sostiene que nunca recibió cuota alimentaria. Con una abogada denunció ante un juez las maniobras que realizó el padre de sus hijos para evadir los pagos: "él empieza a trabajar en una empresa, avisamos en el juzgado, y a los tres meses cuando lo notifican de un descuento por cuota familiar, él renuncia, justo antes que le puedan debitar de la cuenta, también cambió a monotributo, así me fue cerrando todas las puertas".
Según le dijo su abogada, la deuda crediticia que acumula por cuota alimentaria rondarían los 20 millones de pesos y teniendo en cuenta la imposibilidad de realizar los descuentos, el juez dispuso que tiene que pagar 400 mil pesos por uno de los hijos.
Actualmente, podría derivar en que la abuela de los niños deba hacerse cargo, pero mientras tanto, el tiempo pasa y no hay ingresos suficientes para poder mudarse. “Averigüé alquileres: un millón y medio de pesos por mes, con dos habitaciones. No puedo juntar esa plata”, explicó.
Hoy tiene botón antipánico y perimetral vigente, pero siente que no alcanza. “Estoy cansada de que me den herramientas que no resuelven el problema. No es justo que yo tenga que irme, pero si no me voy, no sé hasta cuándo voy a aguantar”.
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