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La Mañana Hambre

¿Qué es y cómo prevenir el hambre emocional?

Conocé qué se pone en juego con cada bocado que damos y por qué buscamos determinados alimentos en situaciones de estrés o cuando estamos tristes.

Más allá de que todos sabemos que nos alimentamos con el fin de tener los nutrientes adecuados para llevar adelante la vida, el vínculo que tenemos con la comida va mucho más allá de eso.

Un plato suculento para muchos es la excusa perfecta para un encuentro social o familiar, un viaje a la infancia o el mimo de una abuela. Una delicia de autor elaborada en un exclusivo restaurante es para otros una coraza de distinción, mientras que un guiso de olla popular, para otros, es una reinvidicación identitaria.

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La formas que tenenos de alimentarnos, que en muchos casos puede implicar un engullir, hablan de lo que nos está sucediendo. Los tiempos en los que lo hacemos -e incluso aquello que nos llevamos a la boca- constituye también todo un mensaje o un síntoma.

Desde que arrancó la pandemia de coronavirus, la médica neuquina María Eugenia Sandoval (MP. 3927) empezó a poner el foco en las emociones vinculadas a las enfermedades de sus pacientes. En ese marco, encontró que, durante la época del aislamiento -principalmente-, muchos de ellos habían subido de peso por ingerir alimentos impulsados por la ansiedad o la angustia.

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"Yo tengo pacientes que tienen hambre emocional porque cuando te ponés a indagar empezás a ver que la persona se siente sola y come porque es una forma simbólica de tener una compañía", comenzó diciendo la especialista en hepatología, en diálogo con LMNeuquén, antes de definir qué es el hambre emocional.

"El hambre emocional es un hambre que no es real y que aparece en forma repentina, que no se siente en la boca del estómago, sino más bien en el pecho. No cualquier alimento, como una manzana, puede calmar ese hambre. Por lo general se buscan alimentos ricos en grasas y en hidratos de carbono o cosas saladas o dulces. Es muy selectivo y encima después de comer aparece la culpa", explicó.

Mientras las verdaderas ganas de alimentarse se activan por una necesidad fisiológica del organismo para cubrir las necesidades energéticas, el hambre emocional lo hace a partir de un estímulo interno o externo que produce determinada emoción en la persona. Puede aparecer repentinamente, incluso después de sentirnos ya saciados por una ingesta previa suficiente.

En cambio, en el primer caso, surge de a poco, en forma gradual en relación a las reservas energéticas y nutricionales que tenga organismo. Una vez ingerida una cantidad de comida suficiente para nuestro cuerpo, es notoria la sensación de saciedad. Cuando es emocional, cuesta distinguir las ganas de comer; es más un antojo de algo en particular. "Cuando tenés hambre de verdad, aunque no te guste mucho el brócoli los vas a comer igual", subrayó la hepatóloga.

"El hambre emocional tiene que ver mucho con el sentirse solo, abandonado Por eso la comida funciona de alguna manera como una compañía. Tiene que ver con llenar una vacío. Esto es simbólico en realidad, no es que la persona dice : 'Necesito compañía, voy a comer algo'. De eso te das cuenta cuando en el consultorio le preguntas por sus emociones y la situación que está viviendo. Gente que se está separando tal vez y come para llenar un espacio", dijo y agregó que en los casos más agudos este tipo de conductas puede derivar en una patología como la bulimia.

"El hambre emocional no está vinculado solo a la angustia", aclaró. "Hay gente que tiene ese tipo de consumo en momentos de felicidad", añadió.

A la hora de explicar cómo abordar la temática para poder encauzarla con un tratamiento, Sandoval hizo hincapié en toma de conciencia del problema y en la gestión de las emociones.

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"Primero hay que detectar el momento en que la persona quiere comer. Esto requiere de una toma de conciencia del paciente cuando esté con la comida en la mano y se pregunte- por ejemplo- '¿por qué me voy a comer este chocolate? ¿Tengo hambre de verdad? ¿Se me antojó o lo como porque hace cinco minutos tuve una discusión con mi vecino y quiero comerlo para bajar la ansiedad?'. Estamos hablando siempre de pacientes que no tienen un problema psiquiátrico y que pueden tomar conciencia", postuló.

"También es preciso saber, que hay alimentos que dan una sensación de calma y placer en forma más rápida que otros. Por ejemplo, los hidratos de carbono como las harinas y los panificados que tienen derivados de opioides. Funcionan como si un clonazepam. Cuando lo consume, la persona se relaja, logra estar más tranquila", describió.

"A partir de una mala gestión emocional el cerebro suele seleccionar alguna opción azucarada como el chocolate, si la persona se siente triste, porque busca elevar su energía", comentó.

"De todos modos, no todas las personas tienen el mismo deseo ni los calma lo mismo, por eso algunos prefieren opciones saladas que ademas tienen grasas que tienen que ver con que la persona está disconforme con una situación que está viviendo y en ese sentido le da calma. Todo esto tienen que ver con qué es lo que a cada uno le da más placer, satisfacción o calma. Es decir, lo que más lo adormece, por decirlo de alguna manera", sostuvo.

En relación a la voracidad y el tiempo que le dedicamos a cada bocado, la médica indicó: "Eso tiene que ver con el ritmo acelerado en el que vivimos en el que queremos todo ya. Entonces comemos todo rápido, sin ser conscientes de lo que estamos ingiriendo. Te comiste un plato y te bajás otro, sin que pasen cinco minutos porque, claro, el cerebro tarda 20 minutos en darse cuenta que estás lleno y una vez que te lo cuenta, estás que explotás".

"Esto está relacionado también a las malas conductas que tenemos cuando vamos a comer. Mucha veces lo hacemos mirando tele, sin tomar conciencia de cada bocado que te estás llevando a la boca. Si te pregunto qué textura, qué sabor y qué colores había en el plato, es posible que no lo sepas o que ni lo recuerdes", enfatizó.

Cuando la comida no aporta nada

Para Sandoval el hambre emocional conduce a la ingesta de alimentos que no aportan nutrientes. "Por lo general en estos casos consumimos alimentos ultraprocesados, pocos saludables, ricos en calorías y sin nutrientes", dijo, y advirtió que muchos de ellos son asociados a una felicidad ficticia en las publicidades.

"Hacerle entender a la gente que alimentarse bien es importante, es difícil. Muchos tratan de justificar lo que comen poniendo mil excusas. Te dicen, por ejemplo, que la verdura les sale más cara, pero gastan en realidad más plata en gaseosas o hamburguesas. Creo que todo esto pasa por una toma de conciencia, por eso es importante abrirles los ojos y darles una perspectiva distinta y opciones. Explicarles que hay que aprender a comer y a seleccionar alimentos, que mejor que comer pan blanco es comer pan integral. Hacerles entender que es un proceso, que no podemos pretender cambiar de un día para el otro y que va a llevar tiempo reeducar al cuerpo por eso es importante inculcarle a los chicos desde chiquitos que tienen que comer sano porque a la larga se van a beneficiar", remarcó.

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La médica también desestimó la falta de tiempo para cocinar como excusa para tener una dieta saludable. "Todo lo que es delivery y comida rápida nos juega en contra. Si nos organizamos, podemos preparar viandas simples como dos huevos revueltos, arroz integral y palta para llevar al trabajo", expresó.

"Es importante que tengan en claro que no hay cosas prohibidas. Hay un tema de frecuencia. Si todos los días como un alfajor, no está bien. Pero si yo como sano, hago actividad física y llevo una vida saludable, puedo comerme un alfajoR cada tanto porque se me antojó. La idea es que pueda comerlo tranquila, disfrutándolo, sin sensación de culpa. Es una forma de premiarse después de todo el esfuerzo que se hace", remarcó.

Lo fundamental es que la gente aprenda las señales que le está dando su cuerpo, que vea qué emoción está predominando y de acuerdo a eso que aborde con su médico un enfoque personalizado.

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