Ramón Muñoz de este lado del mundo

Vivió toda su vida en Neuquén y plasmó la ciudad en su obra artística en reiteradas oportunidades. Aunque galardonado internacionalmente, se quedó a reivindicar el paisaje ancentral, la inspiración familiar y los elementos del hábitat regional.

Por suerte para nosotros, tres casualidades se dieron cursando el otoño de 1963. Que el artista plástico Emilio Saraco quisiera poner una escuela de arte en Bariloche y no lo dejaran, que avanzando por la ruta se le ocurriera atracar en Neuquén donde finalmente sí se lo permitieran; y que días después pasaran por el aula escolar donde se encontraba el pequeño Ramón Muñoz a promocionar dicha escuela de arte. Lo que sigue ya no es casual: Ramón, con sus diez años y una necesidad inexorable de agarrar un pincel, levantó la mano y quedó inscripto en el espacio artístico de diagonal 9 de julio e Irigoyen. Allí se despachó con sus primeros tres años de desahogo artístico. “Porque –cuenta- todavía no había en Neuquén orientación en Bellas Artes en la educación formal”.

El vínculo con Saraco le permitió años después -ya de adolescente- colaborar en la terminación y pulido de varias de sus obras en cerámica y en murales. “Con un grupo de chicos le íbamos ayudando con las obras que él tenía comprometidas para la ciudad. No había muchas posibilidades de trabajar en el ámbito; de hecho, ese fue el primer esbozo y acercamiento que tuvimos”, relata Ramón.

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Un lapso tempo - espacial ubicó a Muñoz por fuera de la capital de la provincia para estudiar Economía en Bahía Blanca, cuestión que terminó por abandonar cuando regresó a la ciudad y decidió lo que quería para su vida: ser maestro de plástica. Animado por sus colegas y amigos, presentó por primera vez una obra suya en un concurso de Artes Visuales en la ciudad de Buenos Aires. “Y de ahí no paré más. A mí no me gustaba la competencia en sí misma, pero participar de esos encuentros agrandaba las posibilidades de volver a participar en otros, o que te invitaran a exponer; con lo que me fui haciendo bastante conocido”, explica Ramón, el hombre que ya lleva más de cuarenta años desplegando su arte y sin embargo nadie pudiera inferir eso de la talla que entraña su humildad.

“Me considero afortunado por el cariño de la gente y por todos los amigos que me hice en el arte”, reflexiona.

El aprender como una constante fue lo que lo mantuvo creando a lo largo de las décadas. “Mi sostén económico provenía principalmente de mis horas en el Jean Piaget, donde cumplí mi deseo de enseñar Plástica. Y después provenían del taller particular que tenía en casa donde enseñaba a muchísimos alumnos. En una época llegamos a ser como sesenta”, recuerda orgulloso.

Lo que crece en mi jardín

El Neuquén que apañó la infancia de Ramón, tenía muchas flores. Tantas, como para rellenar cuatro floreros dos veces por semana, para ir a dejar a su abuelo materno. Entonces su familia vivía en lo que hoy se conoce como “el bajo”, y para llegar hasta el cementerio, con su abuela, caminaban largas horas por los arenales atravesando las diagonales Alvear y España. “En esa época en Neuquén no había florerías, por eso mi abuela había creado un jardín especialmente para que tuviéramos qué llevarle a mi abuelo”, recuerda el artista, nacido y criado en esta tierra, al igual que su madre y su padre.

La cuarentena hizo que Ramón se encuentre con varias de esas flores impresas en bocetos y dibujos a medio terminar en la casa familiar. “El confinamiento me agarró desprevenido en la casa de mi familia, por lo que me puse a intervenir esas obras, esos trabajos inconclusos, con el poco material que tenía acá: algunos crayones y lápices de colores”, ríe. “Siempre intentando que comuniquen lo que más me importa trasmitir que es el cuidado de la naturaleza”, reafirma. En la misma línea, antes de que ocurriera el aislamiento obligatorio, el artista había expuesto una muestra escultórica en la Biblioteca Alberdi llamada “Toco Madera”, retomando la idea de contaminación y de degradación indiscriminada que viene tratando desde el principio de su carrera.

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Muñoz es de una familia pionera de la ciudad, y él mismo se convirtió en un ícono de la cultura local.

Muñoz es de una familia pionera de la ciudad, y él mismo se convirtió en un ícono de la cultura local.

Ramón no discrimina ningún vestigio del arte, ni técnica, ni material, o por lo menos, intenta conocer todo el tiempo, hasta aprendió fotografía e hizo tres muestras adrede. Sin embargo, la beta que le parece infinita es el trabajo con la arcilla y la cerámica. “El barro es impresionante, tiene un magnetismo, te lleva a relaciones muy primarias de la ancestralidad, te conecta con ese ser que fue el primero en modelar un juguete, porque la cerámica nace con un sentido escultórico”, dice el talentoso Muñoz, que no termina nunca de aprender.

Profeta en su tierra

- Ramón Muñoz estudió Ciencias Económicas en Bahía Blanca y en Neuquén mientras la formación en arte era una constante en su vida. Dejó lo primero, y lo segundo lo mantiene con vida.

- Las primeras veces que expuso sus cuadros fue en la vidriera del Banco del Laboro en pleno centro neuquino. “Me considero afortunado por el cariño de la gente y por todos los amigos que me hice en el arte”, reflexiona.

- De ahí en más, ha participado de numerosas muestras colectivas e individuales. Su obra se encuentra en instituciones, museos y colecciones privadas de Argentina y de países como Brasil, México, Suiza, Portugal, España e Italia.

- Desde 1980 a la fecha, son innumerables los premios que se le otorgaron en Argentina y en otros países. El más insospechado, el que recibió por un óleo que tenía como protagonista a una cinta scotch, el más sentido, el que le otorgó API en un salón de Buenos Aires, “porque me indicaban que me tenía que dedicar a esto”, aclara.

- Se jubiló como maestro especial de Educación Plástica en la Escuela Jean Piaget de Neuquén. Actualmente dicta clases en su taller particular, aunque ahora las interrumpió por la pandemia.

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