Salvador Pucci, el hombre que no amaba a las mujeres
Salvador Pucci solo pretendía tener mujeres que fueran funcionales a él. Cuando escapaban de su control, porque trabajaban y tenían amistades por fuera de la pareja, su rasgo posesivo buscaba someterlas. La extrema violencia psicológica y física que ejercía llevó a que sus parejas buscaran dejarlo, salir del infierno en el que las había inmerso. Pero la estructura psicológica de Pucci no soportaba el abandono, por eso terminó asesinándolas. “Conmigo o muertas”, esas eran las únicas opciones que contemplaba la mente de uno de los peores femicidas de la historia criminal de Neuquén.
A María Sebastiana “Tani” Lara, su esposa, que trabajaba en el Banco Nación de Chos Malal, la ejecutó de dos tiros la madrugada del 24 de septiembre de 1989. Su cadáver nunca fue hallado, de todas formas se comprobó el crimen y Pucci fue a la cárcel.
Recuperó la libertad a principios de 2010 y a los pocos meses, el 5 de mayo, asesinó a su novia, Miriam Flores, que se dedicaba a cuidar ancianos en un hogar de Neuquén capital. Tuvo escondido el cuerpo de Miriam casi un mes hasta que resolvió enterrarlo en un campo en Casa de Piedra, en La Pampa, y la suerte quiso que lo viera un peón de campo y así volvió tras las rejas.
Pero esta vez, no aceptó los barrotes de la cárcel ni estar entremezclado con delincuentes, porque él siempre se sintió superior al resto. El lunes 28 de julio de 2010 se ahorcó con el cable del televisor en su celda de la U11.
Así, Pucci se fue sin cumplir la condena por el crimen de Flores y sin develar el secreto del destino del cadáver de Tani Lara.
Tani, la mujer enigma
Investigadores de la época recuerdan que Pucci pertenecía a una familia acomodada de Chos Malal.
Él se sentía un hombre seductor, inteligente, que estaba por encima de los demás. Todos rasgos que fueron advertidos posteriormente en las pericias psicológicas.
María Sebastiana Lara, Tani, como le decían sus allegados, trabajaba en el Banco Nación y provenía de una familia emprendedora del Alto Valle de Río Negro. Con su salario bancario ayudaba a sus padres, que estaban jubilados y con pocos recursos.
El matrimonio con Pucci, a fines de la década del 80, atravesaba el peor momento. Tani ya había sido golpeada por su marido y buscaba salir de esa relación, pero no era nada sencillo.
Sebastiana había mantenido algunas charlas con sus padres para volver al Alto Valle y desde el banco le habían garantizado el traslado a la sucursal de Roca.
En el pueblo, al menos los amigos de la mesa del bar donde Pucci jugaba a las cartas sabían del carácter violento que tenía y que nunca le gustaba perder a nada. Sospechaban que si Tani lo abandonaba, él era capaz de matarla, y ninguno hizo nada porque por aquel entonces “las cosas de pareja eran de la pareja”
Lo último que supieron en esa mesa de hombres fue que la madrugada del 24 de septiembre Pucci dejó de jugar a los naipes a las 2 –cosa rara– y se retiró a su casa ubicada en calle Roca 31 de Chos Malal.
Las mentiras del asesino
Esa madrugada, la mató y la desapareció. Pucci confió por demás en su inteligencia y realizó una puesta en escena. Interpretó el papel de un esposo dolido y radicó la denuncia por el abandono de su esposa. Lo que resultó extraño para los pesquisas de la Policía fue que a Tani, sumamente conocida por su trabajo en el banco, nadie la había visto abandonar el pueblo por la única calle que lleva a la ruta. Además, se había marchado sin llevar sus prendas ni nada de lo que utilizaba en forma cotidiana.
Cuando Pucci advirtió que los investigadores no le creían, dio un giro a la historia y contó que había recibido un llamado al teléfono fijo –no había celulares por ese entonces– donde le comunicaron que Tani estaba secuestrada.
Nuevamente, la historia no se sustentaba. Los secuestradores no pidieron rescate, algo atípico en un hecho de estas características, y no volvieron a llamar.
La Justicia libró una orden de búsqueda de Lara que remitió a las policías de todo el país, a todos los medios de difusión y también a Interpol. Todo en vano.
Finalmente, el 12 de octubre de 1989 se realizó un allanamiento en la casa de la pareja que permitió reconstruir, a partir de detalles mínimos, la suerte que había corrido Sebastiana Lara.
La esquirla
Los pesquisas allanaron la casa de la pareja y todo parecía inmaculado, pero nuevamente Pucci había pecado de soberbio y esto provocó su caída.
En la casa secuestraron una Browing 9 milímetros que tenía en regla y que nunca intentó ocultar.
En medio de la intensa requisa que realizó la Policía, detrás de un sillón descubrieron, junto al zócalo, una esquirla de plomo que tenía máculas de sangre.
Los investigadores intuyeron que dicho elemento había logrado, de casualidad, sortear la profunda limpieza que había hecho de la casa. Esto fue ratificado cuando con la luz ultravioleta se pudo observar rastros de sangre en la cama, el suelo y las paredes. Incluso se encontraron manchas en el auto del femicida.
Todo había sido limpiado con intenciones de eliminar evidencias.
La esquirla fue enviada para un peritaje en el Centro Atómico de Bariloche, que estableció con toda certeza que se correspondía con los proyectiles de la Browing de Pucci.
La sangre fue analizada en el laboratorio de la Policía Federal en Capital Federal. Los expertos forenses concluyeron que era sangre humana. Y las manchas del acolchado y del auto resultaron ser del grupo sanguíneo O, el mismo de Sebastiana.
Con todos estos elementos y algunos más, Pucci fue detenido y llevado a juicio, donde se comprobó cómo había asesinado a su esposa.
"Uxoricidio", pena y daño
Para el abogado de la familia Lara, Adrián Rodolfo Squillario, lo que ocurrió la madrugada del 24 de septiembre dentro de la casa donde convivía la pareja fue estremecedor.
Pucci ejecutó a Tani de dos tiros en la cabeza con la Browing 9 milímetros y luego, con la ayuda de otra persona, se encargaron de “descuartizar el cuerpo, descarnar los restos, depositarlos en bolsas de nylon y arrojarlos al curso del río Colorado o río Grande”, indicó el querellante en el juicio.
No obstante, los jueces de la sala penal, Víctor Hugo Martínez, Arturo Simonelli y Enrique Luis Modina, solo compartieron y dieron por acreditada la teoría del homicidio, es decir, la autoría del crimen.
Pero no encontraron elementos para determinar el ocultamiento del cadáver, aunque siempre se sospechó que había sido tirado al río o enterrado en un campo en medio de la cordillera. Lo cierto es que solo Pucci lo sabía.
El 22 de mayo de 1992, el tribunal condenó a Pucci a 20 años de prisión por uxoricidio, el crimen de la esposa.
Además, le impusieron el pago de $40.800 ($5,7 millones hoy) a los padres de Tani “en concepto de lucro cesante futuro y daño moral, y que devengara un interés anual del 8% hasta su pago”, indicaron los jueces.
Este aspecto fue contemplado porque Sebastiana ayudaba a mantener a sus padres y, al ser asesinada, quedaban a la deriva económicamente.
Pucci pasó a cumplir condena en la cárcel federal U9 que estaba en pleno centro neuquino y luego, a partir del 1997, en la U11 en el Parque Industrial.
Siempre sostuvo que era inocente y que ella lo había abandonado y se había ido a Chile o a Buenos Aires, pero que no estaba muerta.
Un témpano
La historia concluye mal para los Lara. Juan Carlos, papá de Tani, acudió a la U11, previo a que saliera en libertad Pucci, y le rogó e imploró, con lágrimas en los ojos, que le dijera dónde había arrojado los restos de su hija.
Salvador Pucci lo miró con desprecio y, carente de toda sensibilidad, se limitó a decirle: “No hay nada que contar”. Y se retiró a su celda.
Don Lara murió meses después anhelando reunirse con su hija, si es que existe algo después de la vida.
Miriam, una joven aterrada
Miriam Flores arribó de Paraguay a la región a comienzos de siglo. Nunca se logró determinar si había llegado engañada por las redes de trata que introducían jóvenes al país con promesas de trabajo y las terminaban enterrando en prostíbulos de mala muerte.
La joven tuvo un breve paso por un prostíbulo de Rincón de los Sauces y desembarcó en la capital neuquina para trabajar en el hogar de ancianos Los Alelíes, ubicado en la calle Santa Cruz 901.
Pucci tenía 50 años, estaba con salidas transitorias y tenía un puesto en la feria de calle Mitre. Al hogar acudía con frecuencia a visitar a su madre que la cuidaba Miriam. Fue así que se conocieron en 2003 de acuerdo a los testimonios que figuran en el expediente.
Así fue como comenzaron una relación. Algunas compañeras contaron que Miriam, de 25 años, se enamoró y lo quería, pero la intensa y paranoica personalidad de “el viejo”, como ella le decía, desgastó la pareja.
Cuando ella resolvió cortar la relación, las amenazas y el acoso se intensificaron.
Tal era el terror que embargaba a Flores, que la dueña del hogar la dejó vivir allí. “Si aparezco en una zanja muerta, el único culpable es el viejo. Me tiene amenazada”, les dijo a unas compañeras.
Secuestro y muerte
El femicida se transformó en una sombra en la vida de Miriam. No solo conocía su rutina sino que además la seguía cuando iba a tomar algo con una amiga o los días que se veía con un médico con el que había comenzado una relación.
El 5 de mayo de 2010, la esperó a metros del hogar y a las 13:30 la interceptó con la ayuda de dos hombres que se cree conoció en la cárcel y que hasta la fecha no han sido identificados.
La dueña del hogar advirtió la situación porque encontró la moto y las llaves a metros del lugar, por lo que acudieron a radicar la denuncia esa misma tarde.
De acuerdo con los informes de los médicos forenses de La Pampa y Neuquén que practicaron la autopsia al cadáver, la data de muerte determinó que a la joven la asesinaron el mismo día del secuestro y que fue enterrada poco antes de ser encontrada.
La mecánica del homicidio constó de un golpe en la cabeza que la dejó inconsciente. En ese estado, Pucci la asfixió hasta la muerte en un escenario seguro y sin riesgo, ya que Flores no podía ofrecer ningún tipo de resistencia.
El cadáver de Miriam Flores estuvo casi un mes escondido, nada se sabe dónde. Algo típico del modus operandi de Pucci: desaparecer cuerpos y guardar lúgubres secretos.
Pesquisas
Mientras los investigadores buscaban a la joven desaparecida, comenzaron a surgir testimonios de compañeras de trabajo donde ratificaron que la joven le temía “al viejo”.
“La llamaba permanentemente, la perseguía, era muy celoso y posesivo. Debió abandonar el departamento que alquilaba en el barrio Jardines del Rey para poder poner fin a la relación”, detalló una trabajadora del hogar.
Otra comentó que la ayudó a cambiar el chip del celular, que en los últimos meses la había visto muy asustada y que le recomendó denunciar por el acoso permanentemente que sufría, pero ella no se animaba, no confiaba en que el Estado fuera a protegerla.
Hallazgo fortuito
El 1° de junio de 2010 a las 17:30, un peón rural que trabaja en el campo La Reserva, ubicado en la Ruta Nacional 152 a la altura del kilómetro 266, vio desde su camioneta Toyota a un hombre que se escondía y, cuando se acercó, este corrió en dirección a una barda: era Pucci.
Al saberse descubierto, Pucci tuvo que improvisar porque nunca imaginó que en medio de la nada alguien lo fuera a descubrir.
Fue así que comenzó a gritarle al peón que se alejara porque no lo quería involucrar en lo que andaba. Después, le contó que había ido a entregar un paquete de drogas y ya se iba. Además, le recomendó que no hablara con nadie porque se manejaba con narcos pesados.
Para tratar de resultar amistoso, Pucci aprovechó para pedirle al peón que lo acercara a la ruta donde había un Fiat blanco que lo estaba esperando. Al subir a la camioneta, Pucci dejó un rastro clave: la huella de su pulgar derecho estampada en la manija de la puerta del acompañante.
Una vez que lo dejó en la ruta, el peón recordó que el hombre estaba transpirado en pleno invierno. Esto le generó dudas, por lo que decidió volver a inspeccionar el lugar donde lo había encontrado. Al llegar, descubrió que la tierra había sido removida y había un bulto tapado con piedras. Con el pie removió la tierra y descubrió un rostro que en su boca tenía un billete de un dólar. Ese billete lo puso para significar que era un crimen vinculado a la prostitución, reconocieron los investigadores que conocen del tema.
El peón acudió a denunciar a una comisaría de la localidad de 25 de Mayo.
Rastros, huellas y chip
Al día siguiente, al amanecer del 2 de junio, desembarcaron Criminalística de La Pampa y una médica forense. Desenterraron a la joven, que estaba en avanzado estado de descomposición y tenía puestas las mismas prendas que llevaba el día que desapareció en Neuquén.
En el lugar lograron ubicar un rastro de calzado, más precisamente de una alpargata que usaba el femicida.
De la camioneta del peón, además del rastro del pulgar, encontraron en la caja un chip. El hombre contó que el fin de semana del 25 de mayo había encontrado la cartera tirada y que la había puesto en la caja de la camioneta, por lo que ahí se salió el chip. Además, aclaró que toda la documentación que había en la cartera la quemaron con su esposa para evitar problemas.
Lo cierto es que el chip encontrado fortuitamente era con el cual Pucci se había estado comunicando con la Policía y que de un día para otro no utilizó más.
El asesino fue llevado a una rueda de reconocimiento, donde el peón lo identificó, y tras los trámites legales de rigor fue derivado a Neuquén, al igual que el cadáver de Flores.
Coartada y conspiración
Con todos los elementos relevados, Pucci mantuvo su inocencia y en medio del juicio salió a flote su narcisismo. “Cómo van a creer que un tipo como yo podría salir con una chiruza como esa”, dijo.
Lentamente, sus mentiras quedaron expuestas. A un conocido le hizo decir que el día de la desaparición de Flores lo había llevado a Senillosa porque se le había roto el auto. Si bien el hombre declaró eso, cuando supo del atroz crimen no solo aclaró que era mentira sino que se enojó con Pucci.
Después, dijo que podría ser un ajuste de cuentas, ya que la joven antes era prostituta y había un médico y un petrolero que la perseguían por una deuda de 20 mil dólares.
Por último, Pucci lanzó la teoría de una conspiración imposible porque contemplaba un acuerdo entre la Policía de Neuquén y La Pampa para trasladar una huella de él y plantarla en la camioneta del peón, lo que requería la complicidad de testigos, forenses y autoridades a todo nivel.
Finalmente, el tribunal lo condenó a 20 años de prisión por homicidio simple.
El silencio eterno del femicida
El lunes 28 de julio de 2014, entre las 17 y las 19, Salvador Pucci, que tenía 57 años, resolvió ahorcarse en su celda de la Unidad de Detención 11 ubicada en Parque Industrial de Neuquén.
Tras ser detenido en 2010, Pucci intentó suicidarse colgándose con una prenda deportiva, pero el rápido aviso que dio un interno sirvió para que los celadores lo rescataran a tiempo. Permaneció varios días internado en el hospital Castro Rendón y luego volvió a su celda.
A principios de 2014, Pucci le pidió a la jueza de ejecución penal, Raquel Gass, que le otorgara el beneficio de la prisión domiciliaria, pero la jueza le explicó que no cumplía con los requisitos para dicho beneficio.
Esa situación lo frustró por completo. Pucci padecía ansiedad e insomnio, y los días y las noches se le hacían interminables. La única visita que recibió tras las rejas fue una mujer que decía ser su pareja.
El 28 de julio de 2014, Pucci tenía la certeza de que ese sería su último día de vida porque él lo había decidido así. Para concretarlo, debió elegir mejor el elemento que iba a utilizar. Fue así que tomó el cable de corriente del televisor, lo ató con firmeza y se ahorcó.
Cuando lo advirtieron los penitenciarios, ya era demasiado tarde: Pucci había muerto, llevándose a la tumba el secreto de dónde está el cadáver de Sebastiana Lara, un misterio que se mantendrá por siempre
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