Este martes se anunció que la Unión Europea (UE) confiscó unos 13.800 millones de euros (14.000 millones de dólares) a empresarios y entidades rusas como consecuencia de las sanciones impuestas por la guerra en Ucrania.
Ya en junio, un grupo de países más amplios, que incluyó a Estados Unidos, Australia, Canadá, Japón y el Reino Unido, bloqueó 30.000 millones de dólares en activos, así como unos 300.000 millones del Banco Central ruso.
La última vez que una economía del tamaño de Rusia enfrentó semejantes restricciones comerciales fue en la década de 1930. Sin embargo, a diferencia de Italia y Japón en esa época, hoy Rusia es uno de los principales exportadores de petróleo, granos y otras materias primas esenciales.
En una economía mundial mucho más integrada, las sanciones tienen actualmente efectos económicos mundiales de un tamaño nunca visto. Por esa razón, la magnitud de estas medidas obliga a replantear el rol que tienen como instrumento de política con grandes consecuencias económicas, advirtió ayer el economista Nicholas Mudler de la Universidad Cornell, en un informe de su autoría difundido por el FMI.
El FMI viene advirtiendo reiteradamente acerca de los perjuicios que ocasionan este tipo de sanciones a países emergentes y severamente endeudados como Argentina que, para colmo de males, ya venían con una inflación de arrastre de magnitud.
Las restricciones a la importación de energía y granos viene empujando el aumento de precios a nivel global, y Argentina parece cada vez más debilitada para corregir una marcha de zozobra en su propia guerra interna.
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