Se instalan tres familias por día en la meseta

La mayoría llega desde otras provincias en busca de un futuro mejor.

POR SOFIA SANDOVAL / ssandoval@lmneuquen.com.ar

El extremo más alejado de Colonia Rural Nueva Esperanza es un rompecabezas de escombros, matorrales y calles de trazas serpenteantes que se trepan por una meseta árida con aires de basural. En esa punta del barrio, unas tres familias por día se instalan para ocupar tierras fiscales provinciales, empujadas por la emergencia habitacional y la falta de ingresos para costear un alquiler.

Gladys llegó a Neuquén desde su Misiones natal en enero. “Vine de vacaciones y me quedé”, dice y sonríe al nombrar a su pareja, que ya trabajaba en el barrio y le contó de la posibilidad de vivir en la meseta. Aunque no planean quedarse mucho tiempo, desde el verano tienen un tráiler afincado tras los alambres de una parcela de tierra seca y eso les permitió atestiguar el crecimiento vertiginoso de la población.

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“Cuando llegamos eran sólo dos o tres casas”, explica con su acento misionero, mientras sus hijos se aferran a las costuras de sus pantalones. “Yo no soy mucho de hablar, así que no me quejo, pero el agua sale muy sucia y la tengo que colar antes de dársela a los chicos”, aclara.

En las inmediaciones de El Sorgo y La Vid, el nuevo caserío parece sorprender en el paisaje y dar inicio a un nuevo sector que no tiene nombres ni límites concretos. Aunque algunos vecinos dicen que las tierras pertenecen a la Provincia, nadie sabe a ciencia cierta a qué municipio hacer sus reclamos.

José compró su terreno hace cinco años por la insistencia de un antiguo compañero de trabajo, y ya comenzó a edificar una casa prefabricada, con dos grandes ventanas que miran a una calle que no es más que una huella de canto rodado. Mientras cocina chorizos en una parrilla improvisada en el terreno, asegura que el crecimiento del barrio lo decidió a mudarse de manera definitiva.

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“Cuando compré no había nada y quise esperar para ver si me mudaba porque no vivía nadie más acá”, explica, y aclara que le compró su parcela a una almacenera del sector que vendió varios lotes del lugar.

La llegada de más vecinos lo esperanzó con la posibilidad de que llegaran también los servicios. “Tenemos agua y muchos están enganchados a la luz”, dice, y aclara que todavía no hizo la conexión para tener energía eléctrica, un tendido clandestino que conlleva ciertos riesgos para los habitantes de las casillas.

Lo que antes no era más que barda ahora es un mapa plagado de casillas que se agolpan de manera desordenada entre carrocerías oxidadas y montañas de plásticos viejos. Las construcciones no podrían ser más diferentes: grandes casas de ladrillos conviven con chocitas de chapa y precarias construcciones de madera y nylon oscuro.

Flor y Yamila conversan de manera animada sobre la tierra apisonada al frente de una casilla. Mientras una se calza a su beba en la cintura, la otra vigila las andanzas de su hijo, que cuelga la ropa en un alambre del terreno. “Yo vivía en Barrio Hipódromo y me vine hace ocho meses con mi pareja porque acá es más tranquilo”, señala Yamila.

Aunque aseguran que en ese lugar sus hijos pueden crecer sin problemas, se lamentan por la mala calidad del agua, que muchas veces sale oscura y hasta con bichos. Sin embargo, la tranquilidad que ellas valoran motivó a muchos vecinos a instalarse desde otros barrios, provincias y hasta países, como Chile o Paraguay.

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--> El cierre del matadero complica a los crianceros

El cierre del matadero que funcionaba en el barrio es otro de los problemas que afectan a los vecinos de la meseta. Según explicó el presidente de la comisión vecinal de Colonia Rural Nueva Esperanza, desde hace tres meses se nota un incremento en la cantidad de faenas clandestinas que convierten al lugar en un foco de enfermedades.

“Tengamos en cuenta que el matadero está cerrado ya hace más de tres meses, los vecinos están faenando abajo del sauce”, señaló el referente barrial, y aclaró que el principal riesgo de esta práctica es que los perros y otros animales de cada parcela terminan por comer las achuras crudas y fomentan la propagación de enfermedades que acarrean los animales, como la hidatidosis.

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