¿Cómo corren las agujas del reloj de Ángelica Graziani? ¿Cómo se las ingenia y se las ingenió para inventar un tiempo extra entre sus extensas jornadas laborales y los compromisos con su familia? ¿Cómo hizo y cómo hace para que, pese al cansancio del trajín diario, quede lugar para la inventiva y otro trabajo? Aún haciéndolo, ella no se lo explica. Quizás sean las ganas que le salen por los poros y que se transforman en aprendizaje y creación. Tal vez, la genética y el ejemplo de su padre también tengan algo que ver en la cocina de Anyu, el emprendimiento que lanzó en 2019, luego de animarse a crear objetos decorativos, a partir de la fundición de metales, en especial hierro.
Angélica nació en Capital Federal y se crió en la bella ciudad balnearia de Monte Hermoso, donde el sol se funde con el mar. A los 22 años se mudó a Punta Alta, donde conoció a su marido y padre de sus hijos. En 1998 llegó a Neuquén, atraída por las oportunidades laborales y de crecimiento que le llegaban en boca de su cuñada. Capitalizando su experiencia como administrativa, Angélica se animó a hacer pie en el Alto Valle, meses antes de que le siguiera los pasos su pareja. Tras ser alojada por la hermana de su compañero de vida, Angélica comenzó a abrirse paso en la región. La tarea fue nada fácil. Sin embargo, a una semana de su arribo, logró hacer un reemplazo en La Serenísima y más tarde conseguir un empleo mejor en un estudio contable. También buscó donde vivir, todo con su pequeño hijo Mauro, de seis años en aquel entonces.
"La verdad es que me costó muchísimo adaptarme a Neuquén, es muy cuidad. Para mi 40 cuadras era una barbaridad. En Punta Alta vivía a 16 cuadras del centro y ya era mucho. Fue difícil, pero bueno...Una vez que mi marido pudo venir y conseguir trabajo, vendimos una casita que teníamos allá y compramos una acá, que nada que ver los montos", advirtió en alusión a los costosos valores inmobiliarios que se manejan en el mercado neuquino. "Sacamos un crédito hipotecario, nos agarró la crisis del 2001, casi la tuvimos que vender", dijo condensando en una frase el espejo en el que muchos argentinos pueden verse reflejados.
Pese a los escollos y seguir añorando vivir en un ámbito más tranquilo y rural, Angélica aprecia las oportunidades que ofrece Neuquén. "Allá teníamos un techo y no íbamos a avanzar mucho más de lo que habíamos hecho", señaló la mujer que luego hizo carrera en una empresa de transporte donde pulió sus conocimientos en contaduría y logística.
A la hora de hablar de cómo surgió Anyu, Angélica manifestó: "Hacía rato que venía con todo esto en la cabeza, pero por una cuestión de tiempo y horarios no podía arrancar. En la empresa que sigo estando, trabajé en un momento una gran cantidad de horas. Empezaba a las 7 de la mañana y terminaba a las 1o, 12 de la noche. En una época, decidí agarrar un extra porque estaba haciendo modificaciones en la casa y hasta las cinco de la tarde hacía administración. Después seguía con logística hasta la medianoche. Así estuve trabajando por lo menos cuatro años. En un momento corté, empecé a trabajar hasta las 17 y tomé un curso de soldadura básica en el Centro de Formación de la UOCRA que está en la calle Ministro González. Lo primero que hice fue una mesita de luz. Luego un sillón para mi patio, mesas de trabajo para mi hijo -que es diseñador-, y dos percheros para una chica que vende ropa", enumeró.
"Después, como no tengo lugar para guardar, empecé a hacer cosas chicas", agregó. La pandemia de coronavirus cortó el aprendizaje en los talleres, pero no detuvo a Angélica, que siguió experimentando en su casa. Cuando las restricciones se flexibilizaron, Lucas Vuillermin, un compañero de trabajo, la ayudó a perfeccionar su técnica de soldadura y le abrió las puertas de Cinco esquinas (su taller, ubicado a la vera de la Ruta 151, entre Cipolletti y Cinco Saltos) para que se ponga manos a la obra con sus creaciones. Casualidad o causalidad, Angélica encontró allí un espacio para darle rienda suelta a su deseo; un espacio similar - lleno de herramientas y chispas de soldaduras- al que le gustaba visitar de chica.
"Mi viejo fue herrero y mecánico. Era un italiano que se dedicaba todo el día a laburar, tal vez viene por ahí todo lo que trabajo yo", dijo entre risas la mujer antes de repasar la historia de su padre: un excombatiente de la Segunda Guerra Mundial que, como muchos inmigrantes, llegó a Buenos Aires en busca de un porvenir y que no dudó dejar la localidad bonaerense de Isidro Casanova por una vida más apacible con el marco de los paisajes de la costa argentina.
"Monte Hermoso era un pueblo en ese momento. Puso un taller y yo pasaba muchas horas ahí, ordenando herramientas, aunque él no quería. Me sacaba volando porque tenía miedo de que me lastimara", recordó antes de vincular esa vivencia con su pasión por la herrería y explicar lo que la motivó a desarrollar su emprendimiento.
"Esto lo empecé como un hobby, para probar. Cuando empecé el curso de soldadura básica, todos me miraban con cara de...", dijo sin terminar la oración, dando a entender el dejo de desconfianza con que era tomada su iniciativa. Lejos de reparar en eso, ella soñó en grande y obró consecuencia. "Yo quería que cuando abrieran mi página, vean no solo cosas de hierro, sino combinarlo con vidrio, con cerámica, velas. Que la gente lo vea y diga: '¡Wau, qué lindo!'", señaló.
Con ese espíritu Angélica buscó los huecos para crear lámparas, tutores, adornos y otras piezas que luego empezó a ofrecer en distintas ferias, antes de encontrar colocar su stand en el Paseo de Artesanos de Neuquén, puntualmente en el corredor de la diagonal Marcelo T. de Alvear.
Allí, todos los fines de semana, la acompaña su pareja y su hijo Mauro, quien la ayuda en la difusión en redes sociales, un espacio que utiliza solo como vidriera - y no como plataforma de venta- dado que no cuenta con tiempo para responder a la demanda. "Las redes llevan mucho tiempo realmente y a mi no me queda resto con mi trabajo y el taller, para contestarle a la gente. Por ahora prefiero manejarme con la feria. En cuatro años y medio me jubilo, así que por el momento tengo que mantener mi trabajo y el emprendimiento que lo llevo re despacito sin enloquecerme. Soy exigente conmigo misma, así tengo que poner un freno para bajar los decibeles y no terminar tan estresada", expresó.
Mientras espera que la mala racha económica que azota a la Argentina cambie para que se incrementen las ventas en la feria, Angélica sigue ideando nuevos diseños y buscando la posibilidad de poder tener su propio taller en un futuro, donde además de producir, pueda dar clases.
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