Sin cumplir condena, echaron del país al Gordo González Pino
La vida y obra de Guillermo González Pino es la de un delincuente tan astuto como traicionero. Formó parte de la mesa chica del hampa cipoleño, pero siempre estuvo cerca de la Policía pasando datos para entregar a ladronzuelos de poca monta a cambio de aire para sus estafas.
González Pino, al que muchos le decían Gordo, es chileno y de buen porte, pero en sus comienzos criminales era flaco. No obstante, su vida de averías, consumos, excesos y asados con delincuentes y policías hicieron que pronto se ganara el apodo de Gordo.
Pocos son los viejos policías rionegrinos que quieren recordarlo. Hablar del Gordo conlleva dar cuenta de sus estrechos vínculos con la rionegrina y, por ende, de la corrupción policial.
Don Tito
Uno de sus padrinos en la Policía fue Víctor “Tito” Cufré. Eso era un secreto a voces que conocían y conocen políticos, policías y funcionarios judiciales, aunque el Gordo no era su único ahijado en el delito.
Don Tito tuvo varios destinos dentro de la fuerza hasta que desembarcó de la mano del gobernador radical Pablo Verani al frente de la Policía en 2005. Pese a los fuertes cuestionamientos que recibió su gestión, Verani no le soltó la mano, incluso en 2010 lo ascendió a la Secretaría de Seguridad. Estos premios (ascensos) son silencios que se pagan y todos lo saben en el mundillo político, más en esa época donde el radicalismo manejaba la provincia desde hacía más de 20 años.
Todos los procesos hegemónicos tienden a la corrupción y ningún color político o provincia está a salvo de ello. Es una ley natural del poder. Un letrado que prestó servicios en la Policía rionegrina en la época de don Tito contó: “Estaba todo desbocado dentro de la fuerza, había más facciones internas que en el peronismo”.
Con el paso de los años, todos esos oscuros silencios saldrían a la luz.
Además, la fuente recordó una anécdota que pinta de pies a cabeza a Cufré: “Un día nos llamó para decirnos que teníamos un problemita con un cana que tiró un tiro al aire y le pegó a un pibe y lo mató. Nos pusimos a trabajar e investigar el caso, y nos encontramos con que había sido prácticamente una ejecución. Cuando se lo dijimos y le cuestionamos lo del tiro al aire, el hijo de puta de Cufré nos respondió con una sonrisa socarrona: ‘Al aire que los separaba’”.
Así eran las cosas con don Tito, que más que un jefe de Policía parecía un capo mafioso que bajo el ala de Verani hacía y deshacía a piacere.
La mesa chica
El Gordo González Pino supo integrar la mesa chica del hampa cipoleño que se reunía en el bar Viena, en el corazón del barrio Anai Mapu. Por esos años, esa barriada era brava, y todavía lo es, incluso sostiene con hechos la singular frase de Charly García “la entrada es gratis, la salida vemos”.
Desde 1995 cuando abrió sus puertas Viena, sus dueños vieron pasar por las mesas cluecas personajes sombríos vinculados al delito y la Policía. Fueron ciegos, sordos y mudos hasta que les tocó declarar en el juicio por el triple crimen. Ahí brindaron detalles de los parroquianos que les tocaron en suerte.
Entre los habitúes estaban González Pino, Condorito Dávila, Claudio Kielmasz, los hermanos Marcelo y Víctor Arratia, José María “Orry” Fernández, el Pulpa Tillería y Héctor Montecino.
Entre alcohol y droga se organizaban golpes, se cerraban acuerdos con policías corruptos para que liberaran zonas o para que no pararan a determinados vehículos que introducían la droga en el Alto Valle y Neuquén.
Allí, en las mesas del Viena, se conseguía y cocinaba de todo. El problema, contó el dueño en juicio, era que a veces los muchachos se pasaban de la raya y terminaban a las trompadas y revoleando sillas. En esas ocasiones, bajaban las persianas y los parroquianos seguían la juerga en el Pool Luna como si nada hubiera pasado.
Al Viena solía ir un par de policías a buscar al Gordo González Pino, que se apartaba de la mesa y, tras boquear algún dato, volvía y seguía tomando como si nada.
“Siempre fue un buche de la Policía, por eso zafó de los crímenes”, confió una fuente en alusión al degollamiento de una taxista en Villa Regina y el primer triple crimen de Cipolletti.
Al Gordo siempre se lo asoció a la estafa en la compraventa de autos, la falsificación de papeles y la falopa de los Montecino. Nunca lo consideraron un asesino, en todo caso, era un pesado al que cuando le reclamaba por una estafa le daba el porte y además tenía a mano un arma como para sacar corriendo a cualquier víctima insistente.
En duda está si en esos crímenes brindó colaboración para que sus amigos o conocidos zafaran. De todas formas, la Policía misma se encargó de estropear ambas investigaciones y dejar a la Justicia haciendo malabares para acusar y buscar figuras legales de los presuntos asesinos.
Crimen de la taxista en Regina
El Gordo, en su rubro, siempre se dijo que recibía una mano de adentro de la Policía. Algunos de sus compinches fueron Condorito Dávila y Héctor Montecino, que después utilizó la compraventa de autos para enmascarar su principal negocio: el narcotráfico.
De hecho, cuando cayó el clan Montecino, septiembre de 2011, fue por una investigación que arrancó en Centenario la Policía neuquina y el juez federal Gustavo Villanueva les amplió la jurisdicción para investigar en Río Negro porque desconfiaba de la Policía rionegrina.
Esa causa fue la que terminó con Héctor y Ruth fugados durante unos meses hasta que cayeron, fueron juzgados y condenados. Héctor murió en prisión y Ruth ya está en libertad.
Pero en 1995, el Gordo estaba en Villa Regina, al parecer en una relación con una mujer con la que tuvo un hijo que hoy está preso en el penal de Cipolletti, según confiaron fuentes judiciales.
Durante su estadía en Regina, tuvo vínculos con el mundo criminal y hasta cayó junto con un grupo de jóvenes por el crimen de la taxista Mariela Laura Rodríguez.
El homicidio ocurrió la madrugada del 27 de noviembre de 1995. Alrededor de las 4 hubo una llamada a la base de taxis del Comahue en la que solicitaban un vehículo que llevara cambio de 50 pesos, un monto importante para la época.
La joven de 23 años se subió al Fiat Duna rojo que utilizaba y salió a buscar al pasajero, que le informó que iba al barrio Modelo, a unas diez cuadras de donde se subió. Una hora después de la salida, los compañeros de Laura comenzaron a preocuparse porque la joven no respondía la radio y arrancaron un rastrillaje por toda la localidad. En paralelo, se dio aviso a la Policía. Dos horas después de iniciada a la búsqueda, un tachero vio el Duna rojo y aceleró. Estaba en un callejón paralelo a dos canales de riego, a no más de un par de kilómetros del supuesto destino indicado por Laura cuando tomó al pasajero.
Según el informe policial, la joven estaba en el suelo a unos pocos pasos del taxi, boca arriba, con el torso desnudo y bañada en sangre frente a la capilla Don Bosco.
La Policía no supo preservar la escena del crimen, por lo que no se pudieron levantar pistas relevantes. Los forenses que realizaron la autopsia indicaron que la joven había sido asesinada de dos cortes profundos en el cuello, quedando casi degollada.
En un principio se sospechó que había sido un robo, pero luego se comprobó que en el Duna estaba la billetera con los 70 pesos que llevaba Laura para dar cambio al presunto pasajero que se convirtió en su asesino.
En Regina, la Policía rionegrina estaba totalmente perdida y recurrió a todo tipo de pesquisas y hasta hizo una razia entre los delincuentes conocidos, entre los que cayó el Gordo González Pino.
Algunos de los detenidos fueron liberados y solo hubo un testigo que vio el taxi con un solo pasajero, pero el identikit que se hizo no sirvió prácticamente para nada.
Lo cierto es que el Gordo y cuatro jóvenes más llegaron a juicio en marzo de 2001 por el homicidio de Mariela Laura Rodríguez. Todos quedaron absueltos del crimen por el beneficio de la duda y, para sorpresa de todos, hasta la comunidad festejó la decisión del tribunal porque la Policía había querido darle forma al esclarecimiento del caso mandando tras las rejas a jóvenes que no tenían nada que ver, supuestamente, con el asesinato.
Lo cierto es que el crimen de Laura quedó impune y casi en el olvido.
El único que permaneció detenido fue el Gordo González Pino, pero no por el crimen sino por una serie de estafas en la venta de vehículos. Además, un par de meses después del juicio de Regina, fue juzgado en Cipolletti por el triple crimen.
Triple crimen de Cipolletti
Tras el asesinato de noviembre de 1995, en 1997 noviembre volvía a ser un mes signado por la muerte. Esta vez fue el primer triple crimen de Cipolletti que dejó huellas profundas en la sociedad que se han extendido en el tiempo porque expuso la ineptitud y complicidad policial, además de la falta de pericia de la Justicia. A la fecha, la impunidad sigue latente.
El 9 de noviembre, minutos después de las 19, las hermanas María Emilia (24) y Paula González (17) y su amiga Verónica Villar (22) salieron a caminar. Tomaron Avenida Circunvalación y doblaron por San Luis en dirección a Ferri.
El recorrido que hacían era casi calcado: iban hasta unos metros después de Pollolín y, si tenían ganas, seguían hasta la ermita de Ceferino. La caminata de ida y vuelta podía durar entre hora y hora y media.
Pero al regresar fueron secuestradas a punta de pistola y bajo amenazas con cuchillo por un auto verde -siempre se creyó que fue un Ford Taunus- y trasladadas hasta una tapera ubicada en la chacra de Feruglio, donde fueron abusadas y luego asesinadas.
Tras unas 40 horas de búsqueda, un vecino encontró los cuerpos semienterrados en Los Olivillos, a unos 600 metros de Circunvalación, a orillas de las vías del tren.
En este caso, como en el de 1995, la Policía hizo un desastre en el lugar del hallazgo de los cuerpos, por lo que no pudieron levantar rastros clave.
Gracias a una testigo presencial se pudo establecer que en la tapera de Feruglio las chicas habían sido abusadas, pero no se pudo comprobar si en ese lugar las asesinaron, aunque la sospecha es que a Los Olivillos llegaron sin vida. Las dejaron ahí creyendo que nadie las encontraría, porque en la búsqueda que se había realizado el lunes habían pasado por ese lugar sin novedades.
Es de suponer que la madrugada del día del hallazgo descartaron sus cuerpos en la zona.
Tiempo después, cuando allanaron, la tapera de Feruglio ya había sido demolida, pero los especialistas encontraron elementos botánicos que ayudaron a establecer que en ese lugar habían mantenido secuestradas a las chicas.
Claudio Kielmasz fue clave para poder conseguir el arma homicida, que era de su mamá y encima limó el número de serie después del triple crimen en el corralón Yacopino, donde trabajaba.
Kielmasz con sus distintas historias, terminó involucrando al Gordo González Pino, que cayó detenido los primeros días de diciembre.
La ex pareja del Gordo declaró que esa noche había llegado en el auto, un gol verde, se cambió y se fue en una camioneta Ford F-100, regresó en horas de la madrugada y la lavó en varias ocasiones. De eso se agarraron los investigadores para sostener la teoría de que González Pino colaboró en el secuestro y luego en el descarte de los cadáveres.
De hecho, su ex declaró que tenía manchas de barro, pasto y cortaduras propias de las rosas mosquetas que abundaban en Los Olivillos.
El 5 de julio de 2001, la Cámara Segunda de General Roca condenó a Claudio Kielmasz a prisión perpetua como partícipe necesario del secuestro de las tres jóvenes. Por su parte, al Gordo González Pino le dieron 18 años bajo la misma calificación.
Los abogados de Pino apelaron y en diciembre de 2002 el Superior Tribunal de Justicia lo absolvió al entender que las pruebas utilizadas para condenarlo no fueron concluyentes.
No obstante, González Pino se había transformado en una piedra en el zapato para la Justicia. Había zafando de los asesinatos de cuatro mujeres, por lo que se aceleraron las causas por estafas reiteradas y le dictaron 12 años de prisión efectiva en 2004.
Fugas y complicidades
Ya condenado, lo dejaron en la alcaldía de la Comisaría Quinta de Villa Regina, de donde logró escapar mientras fumaba en el patio. Los policías no se dieron cuenta de que había escalado hasta el techo y ganado la calle.
La Justicia rionegrina libró al menos tres pedidos de captura: Cámara Segunda de Roca, Juzgado de Instrucción 2 de Roca y Juzgado de Ejecución penal de Roca. Toda la Policía estuvo tras sus pasos; bueno, no toda, y tampoco con mucha intensidad.
González Pino demostró que se podía vivir en la clandestinidad pese a todas las complicaciones que ello representa porque hay que hacer cambios en la fisonomía, conseguir algún documento trucho o robado y andar siempre con efectivo y en estado de alerta.
La vida de González Pino se desarrolló en Esquel, según pudieron establecer luego los pesquisas que lo terminaron capturando en mayo de 2013. Un viejo policía lo vio pasar conduciendo por Cipolletti un Chevrolet Chevette blanco.
¿Qué lo llevó a volver a Cipolletti después de nueve años prófugo? Algunos creían que era la confianza recobrada, pero el talón de Aquiles del Gordo fue su hijo que había caído preso.
Tras una persecución de película por las calles cipoleñas, el hombre cayó en manos de la brigada de investigaciones de la localidad, que lo puso a disposición de la Justicia rionegrina.
Pero González Pino no se adaptó a la vida tras las rejas. En 2015 estaba en el penal de Roca y haciendo buena conducta. Esto le permitió acceder al beneficio de las salidas transitorias.
El 14 de marzo de 2015, salió del penal y debía volver al anochecer, pero no regresó, su genética pudo más y se arrojó a los brazos de la vida clandestina. La Justicia y la Policía de Río Negro volvieron a foja cero y comenzaron a transitar una nueva búsqueda.
Cayó por la pandemia
Como se sabe, las capturas de delincuentes tan avezados no son sencillas, requieren de mucha paciencia, intervenciones telefónicas, arduas jornadas de observación sobre allegados y un estado de alerta continuo porque nunca se sabe en qué momento surgirá el dato clave que ayude a desentrañar la madeja.
Cinco años y dos meses después, en medio de la pandemia por coronavirus, con aislamiento social, preventivo y obligatorio, nadie imaginó que sería un buen momento para su recaptura.
Con la gente encerrada en sus hogares para evitar la propagación del virus y una lenta vuelta a una “nueva normalidad”, las policías de Río Negro, Neuquén y Chubut siguieron trabajando y cruzando información sobre González Pino.
El dato que manejaban los pesquisas de la rionegrina era que el conocido delincuente se movía entre estas tres provincias y, producto de la pandemia, estaba varado en alguna sin posibilidad de desplazarse.
La fortuna quedó en manos de la Policía neuquina, donde el grupo de Recaptura obtuvo un dato clave a partir del contacto fluido que mantiene con la brigada de investigaciones de Cipolletti.
El lunes 11 de mayo de 2020, todo estaba definido. Un policía de la neuquina ya había confirmado que González Pino trabajaba en un taller mecánico de Plottier. Con la orden de allanamiento respectiva, el grupo de Recaptura se organizó para dar el golpe.
La mañana del martes 12, con las primeras luces del día, los policías neuquinos entraron al taller en la esquina de El Ceibo y Los Notros. Al verlos, González Pino supo que su suerte estaba echada. Apeló a un documento que no era suyo para tratar de zafar, pero su rostro para los policías estaba grabado a fuego, por lo que lo llevaron detenido y le hicieron la identificación de rutina que terminó dando por tierra con el DNI trucho.
González Pino levantó las cejas y arqueó la boca cerrada hacia abajo como diciendo “podía haber funcionado”.
Se lo trasladó a la sede de Delitos y se lo puso a disposición del Juzgado de Ejecución Penal 10 de Roca, a cargo de María Gadano.
La Justicia se lo sacó de encima
La Justicia rionegrina sabía que el Gordo tenía vínculos muy estrechos con la Policía y que no tardaría demasiado en volver a escapar. De una condena de 12 años, había cumplido como mucho cuatro. Fueron 14 los años que vivió prófugo.
Fue así que en marzo de 2021 resolvieron valerse de la ley de extranjería y expulsarlo del país, por lo que regresó a Chile. “Se fue en muy mal estado de salud”, aclaró una fuente judicial.
El recurso utilizado por la Justicia rionegrina fue el mismo que aplicaron con Luis Vitette Sellanes, el uruguayo del traje gris que participó del “robo del siglo” el 13 de enero de 2006 en la sucursal del Banco Río de Acassuso, de donde la banda se alzó con 15 millones de pesos y joyas. Escaparon por un túnel que se conectaba con el desagüe pluvial. En el lugar dejaron las pistolas de juguete que utilizaron y un cartelito que decía: “En barrio de ricachones, sin armas ni rencores, es plata y no amores”.
Todos los integrantes de la banda cayeron por el despecho de la mujer de uno de los delincuentes que la abandonó para irse con otra más joven. Vitette pasó unos años en la cárcel hasta que finalmente, como estrategia con su abogado, eligieron recurrir a la ley de extranjería y volvió a Uruguay, donde vive con su esposa e hijo y tiene una joyería.
La suerte del Gordo González Pino no ha sido ni parecida a la de Sellanes. Acá la Justicia se lo quiso sacar de encima para no quedar nuevamente en ridículo. Todo se hizo con mucho hermetismo y pocos fueron los que se enteraron de su expulsión del país.
Lo cierto es que el Gordo no puede volver a poner ni un pie en Argentina porque va directamente a la cárcel.
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