Tecker: "Creí que me mataban en el calabozo y solo pensaba en despedirme de mi familia"
Cuando lo tenían encerrado en un calabozo de la Comisaría 17 y los policías lo estaban moliendo a golpes, Roberto Tecker pensó que iba a morir. “Solo quería poder despedirme de mi vieja y mi hijo porque ya no aguantaba más”, confió a LM Neuquén en medio de una entrevista donde los silencios fueron prolongados y las vivencias lo llevaron a quebrarse junto a su hermana Lilly.
Los Tecker son una familia numerosa y muy unida. El puntal de todos es Lilly, la hermana que decidió denunciar todo el atropello policial mientras su hermano luchaba por su vida en una cama del hospital Castro Rendón.
Durante 48 horas, los Tecker agonizaron a la par de Roberto, mientras la Policía se encargaba de instalar su discurso: que había protagonizado un accidente de tránsito, una riña callejera y hasta que había robado una moto.
El perverso aparato de encubrimiento, que suele utilizar la Policía, ya se había puesto en marcha generando actuaciones de resistencia a la autoridad y daño al móvil, y hasta se burló el libro de registro diario de la comisaría.
La versión policial circuló hasta que la familia Tecker decidió salir a dar batalla.
Esta no es una tradicional historia del crimen, sino una historia de nunca acabar: la del abuso policial.
Desde el hospital
Tres días después de haber sido golpeado y tras pasar las 48 horas críticas, Roberto brindó la primera entrevista a la fiscalía después de que Lilly denunciara.
El video es del 12 de febrero de 2019. Roberto está en una habitación del Castro Rendón, se lo ve más flaco de lo habitual, el rostro magullado, un párpado caído, un ojo totalmente enrojecido y una gasa que va del pecho hasta el pubis por la lesión hepática.
Le duele todo, se agita, da bocanadas para tener aire y poder contar que al menos a uno de los policías que lo golpearon, el sargento Jorge Sevilla, “lo conocía desde hace mucho”. “Con él siempre estaba todo bien. Vivía en el barrio a una cuadra de casa. Nos saludábamos siempre, hasta con la mano, no sé qué le pasó”, señaló Roberto.
Luego de una pausa, explicó: “Estábamos tomando una cerveza con tres personas más. Cuando llegaron (los policías), me metieron al móvil y me comenzaron a patear las piernas”. El que encabezó el accionar era Sevilla. De ahí, lo trasladaron a la comisaría, pero primero pararon en un descampado a tres cuadras de la dependencia y desactivaron el GPS del móvil.
Pero volvamos al hospital. “Me detuvieron y me llevaron a la Comisaría 17 y me metieron en el calabozo, donde me pegaron y estaba el policía al que conocía y otros más. No me acuerdo de todos los que me golpearon en el calabozo porque yo solo me cubría. Me pusieron la rodilla en el pecho y empezaron a saltar arriba mío, eso lo hacía el policía al que conocía. Me daban piñas y patadas”, detalló Tecker mientras su voz por momentos se perdía, sus ojos se cerraban tratando de recordar y tomaba fuerzas para continuar el relato que dio inicio a la investigación fiscal.
Con exactitud, recordó que lo llevaron al hospital Bouquet Roldán y que podía reconocer a los dos policías que lo detuvieron. Después, todo era borroso porque estuvo inconsciente hasta que despertó en la cama del Castro Rendón, donde brindó su primer testimonio en la causa.
El hecho
El sábado 9 de febrero de 2019, Roberto Tecker y un amigo estaban esperando el colectivo en la parada frente a la plazoleta del barrio La Sirena. Una amiga y la prima los acompañaban, eran las 21:30 aproximadamente.
Roberto, de 40 años, tenía planeado ir a la Fiesta de la Confluencia a ver Damas Gratis con unos amigos y después juntarse con una chica.
Como el colectivo se demoraba, el grupo compró una cerveza y papas fritas en un local ubicado a metros de la parada y se pusieron a charlar.
Pero un móvil de la Comisaría 17 apareció en escena y se encargó de borrar ese plan y dejar grabada en su memoria una noche de tormentos y días de agonía.
Cuando llegó el móvil, “había tomado cerveza, pero no estaba ebrio ni nada por el estilo”, aclaró Tecker.
Los policías Jorge Sevilla y Sixto Meza, que andaban en una camioneta VW Amarok, al parecer estaban aburridos de tanta rutina y decidieron romperla. ¿Habían consumido los policías algún tipo de sustancia? Eso no se pudo determinar, pero su violento accionar da algunas pistas.
Cuando vieron al grupo sentado en la esquina de Luis Beltrán y El Petróleo en el bulevar de La Sirena, realizaron un procedimiento por tomar alcohol en la vía pública.
Roberto les explicó que estaban esperando el colectivo, que a la botella no le quedaba nada, pero como el poder no se tiene sino que se ejerce, los policías demostraron que eran la autoridad y comenzaron a reducir a golpes a Tecker y a una amiga.
“No me acuerdo de todos los que me golpearon en el calabozo porque yo solo me cubría. Me pusieron la rodilla en el pecho y empezaron a saltar arriba mío”, dijo Roberto Tecker. Víctima de la violencia policial
“No quería quedarme solo”
Mientras Lilly iba de la comisaría al hospital tratando de que alguien le informara qué le había pasado a su hermano, lo único que encontró fueron versiones distorsionadas y poco claras. Solo había una verdad y fue la que le dijeron los médicos: “La vida de su hermano pende de un hilo”.
Superadas las 48 horas críticas, Roberto quedó cual delincuente con una custodia en la puerta de su habitación del hospital.
“Después de lo que me habían hecho, tenía miedo y le pedía a mi familia que no me dejara solo”, confió Roberto, mientras Lilly fue contundente: “Tenía miedo”.
La situación de Tecker en ese momento era más que entendible: temía que la Policía terminara el trabajo inconcluso que podía complicar a los efectivos involucrados.
“Nunca tuvimos contención. Nunca nos garantizaron nuestra seguridad y, ante las represalias que temíamos, recurrimos a distintas ONG dentro y fuera del país. Además, la subsecretaria de Derechos Humanos, en ese momento Alicia Comelli, no nos quiso atender”, aseveró Lilly, que no se cansa de repetir como un mantra: “Luchamos en la más absoluta soledad”.
“Mientras estaba en la cama del hospital, varias veces, estando solo, me quebré y lloré al ver cómo me habían dejado la zona de la panza”, confió Roberto con un tono lento y la mirada huidiza de quien busca evitar que una lágrima se le escape.
Concretamente, a golpes de puño y patadas con los borcegos de punta de acero le estallaron el hígado.
“Si no paraba de sangrar, tenía que volver al quirófano”, detalló Lilly, a quien le informaron que su hermano tenía un trauma hepático grado 4 en el segmento izquierdo. En medio de la operación que le practicaron, tuvieron que realizarle dos transfusiones de sangre por la gran pérdida que había tenido a causa de las lesiones del salvaje y cobarde ataque policial.
Otra de las lesiones que padeció fue el desprendimiento de la oreja izquierda producto de los pisotones que le dieron en la cabeza con el borcego, refregándola contra el asfalto. Además, le fracturaron el quinto arco costal derecho.
La denuncia
“La decisión de denunciar la tomé yo al encontrarme con versiones diferentes de lo ocurrido: que había sido atropellado por un auto, que había recibido pateaduras por varias personas, que había participado en una riña callejera y que había robado una moto”, confió Lilly a LMN.
La hermana de Roberto es una mujer decidida y se planta, con respeto y contundencia, ante cualquier funcionario, sin importarle el rango o el lugar que ocupa en la función pública.
“Nunca tuve miedo, tomé la precaución de grabar a todos sin excepción. Mi único temor era que mi hermano perdiera la vida, además de que no fuera escuchado”, aseveró.
“Decidí denunciar las irregularidades en fiscalía, en Asuntos Internos y, a su vez, publicar en las redes porque sabía que nos enfrentábamos a una institución compleja que está muy centralizada en el Ejecutivo provincial. De hecho, el ministro de seguridad Mariano Gaido, en ese entonces, me citó para que me quedara tranquila y me dijo que se iba a investigar a todos y que se ponía a disposición para ayudar a Roberto. Me abrazó, me dio su celular y al día siguiente de ser elegido intendente, me bloqueó y no me atendió más", reveló Lilly.
Incluso, hubo reuniones con otros funcionarios de gobierno que no solo les pedían sino que prácticamente les exigían que no realizaran publicaciones en redes sociales. Buscaban silenciarlos, un motivo más por el cual temer al aparato policial que suele tener banca de la política.
Así se arma una causa
Con el tema instalado en los medios y las denuncias radicadas en fiscalía y Asuntos Internos, no quedó otra que investigar.
A todo esto, en la Comisaría 17 el aparato ya había articulado una serie de pasos para armar una causa contra Tecker.
En las casi 300 páginas que conforman el legajo de Asuntos Internos se observa cómo Sevilla y Meza consiguieron el amparo de los jefes del área de Seguridad, Luis Canales, y de Investigaciones, Julio Sandoval.
Ambos, por su jerarquía, le pidieron al jefe de guardia, un agente del nuevo cuadro, Marcelino Ariel Morales Manosalba, que hiciera lo que ellos le dijeran “por compañerismo”. Así funciona la corporación policial, y el que no acompaña se convierte en un traicionero al que van a perseguir hasta sacarlo de la fuerza.
En el camino, armaron informes de un procedimiento con el que buscaron ensuciar a Tecker diciendo que estaba ebrio, que había participado en una riña callejera y por eso tenía las manos con sangre, y que cuando intentaron demorarlo se resistió tirando golpes y patadas a los oficiales Sevilla y Meza, que resultaron ilesos. De esa forma justificaron la sangre de Tecker en la Amarok policial.
Entre las fojas de la causa que armaron había una actuación contra Tecker por resistencia a la autoridad y daño.
Además, en el libro diario solo pusieron que Tecker permaneció un par de minutos en la comisaría hasta que lo trasladaron al hospital Bouquet Roldán, donde dijeron que había tenido en un accidente de tránsito y una riña callejera.
Todo el armado de la historia contra Tecker conformaba un pacto de silencio entre cinco efectivos policiales que, pese a su conocimiento, dejaron cabos sueltos que sirvieron para contrarrestar su relato.
Desarticulado
Uno de los primeros pasos para desarticular la historia fueron los testimonios que brindaron Roberto y las personas que lo acompañaban, entre ellas una amiga a la que también golpearon pero que no pudo identificar claramente a los policías que la agredieron, aunque en la sentencia hay detalles bastante claros que complican a Sevilla y Meza.
El segundo dato que alertó a la familia y luego a los investigadores fue el testimonio de la médica que lo atendió en el hospital, quien explicó que las lesiones no eran compatibles con un accidente de tránsito como habían referido los agentes que llevaron a Tecker al hospital.
Esto llevó a que se solicitaran las imágenes del domo de seguridad que se encuentra en la esquina de Luis Beltrán y El Petróleo, en La Sirena, que por suerte funcionaba y no salió de servicio de forma inesperada.
“Las imágenes del domo fueron contundentes, más otras evidencias más”, aclaró la fiscal Paula González a este medio.
Esas imágenes mostraban que Tecker y sus amigos no estaban haciendo ningún disturbio, no habían participado de ninguna riña con terceros y tampoco dañaron ningún móvil, como hicieron figurar los efectivos de la Comisaría 17 en uno de los informes que redactaron sobre lo ocurrido esa noche del 9 de febrero.
Otra de las evidencias clave la brindó el equipo de Criminalística del Cuerpo Médico Forense, a cargo de Cristian Lepén, que levantó muestras de fluido biológico de la camioneta y del calabozo. El ADN demostró que era sangre de Tecker.
Con el avance de las entrevistas de Asuntos Internos y las evidencias que ponían contra las cuerdas a Sevilla y Meza por la golpiza, y a Sandoval y Canales por encubrimiento, surgió un elemento inesperado: el pacto de silencio se quebró y Manosalba amplió su declaración en Asuntos Internos revelando todo lo ocurrido.
Un juicio tenso
La causa debería haber llegado a juicio el año pasado, pero la pandemia de COVID-19 provocó un cambio radical en todo, incluso en la Justicia, que tuvo que ver cómo continuaba con su actividad.
Se dispusieron audiencias por Zoom y luego se tuvo que armar un protocolo de juicio para respetar las normas sanitarias.
Las audiencias de juicio se realizaron este mes, durante los días 12, 13, 14, 15 y 18. El tribunal estuvo compuesto por Florencia Martini, Gustavo Ravizzoli y Andrés Repetto.
En la primera audiencia, Roberto Tecker declaró con lujo de detalle todo lo que padeció de parte de la Policía. Pero recién el último día, subió al estrado el jefe de guardia, Marcelino Ariel Morales Manosalba, y la tensión y el suspenso se sentían en el aire.
Ese 18 de octubre, los cuatro policías acusados cortaban clavos porque Manosalba se disponía a poner punto final a la mentira que armó la corporación de policías violentos de la Comisaría 17.
Manosalba admitió que había mentido y que todo había sido armado contra Tecker.
Ante esta situación, las partes y los jueces le advirtieron que estaba a punto de incriminarse, por lo que cesó su testimonio que quedó plasmado con claridad en el sumario que realizó Asuntos Internos.
Los oficiales Canales y Sandoval junto con el sargento Sevilla “armaron el procedimiento de demora de Tecker, manifestándole que por una cuestión de compañerismo debía dar una versión distinta a cómo habían ocurrido los hechos”, sostiene el informe policial de Asuntos Internos al que accedió LMN.
Además, el agente del nuevo cuadro Manosalba detalló que Tecker “presentaba -cuando llegó a la comisaría- lesiones visiblemente evidentes, con sangre en su rostro, como así que el mismo presentaba un fuerte dolor en el abdomen”, detalló.
De hecho, quedó a la luz en el juicio que a Tecker no lo tuvieron dentro de la comisaría un par de minutos como figuró en el libro diario, sino que estuvo más de 45 minutos, y en una celda su ADN así lo reveló. “Cuando bajo ningún concepto una persona lesionada puede ser ingresada a una comisaría en esas condiciones, sino que la tienen que trasladar al hospital”, agregó la fiscal del caso Paula González.
Un mensaje a la sociedad
Cuando el tribunal se fue a deliberar con todos los elementos expuestos, tenían muy claro que había responsabilidad y apremios de parte de la Policía que había armado una causa contra un ciudadano.
La decisión de los jueces ya no solo pasaba por condenar a policías brabucones, sino por qué mensaje le daba la Justicia a la sociedad.
El fallo fue por unanimidad y a Ravizzoli le tocó darlo a conocer, secundado por Martini y Repetto. Tras explicar los argumentos, procedió a leer la parte resolutiva. “Declarar penalmente responsable a Sixto Meza por el delito de vejaciones. A Diego Sevilla por el delito de lesiones graves calificadas en concurso ideal con vejaciones”, indicó el magistrado.
Después, detalló la situación de los jefes de la Comisaría 17: “Declarar penalmente responsable a Luis Canales y Julio Sandoval por el delito de encubrimiento agravado”.
Finalmente, la responsabilidad de Sevilla y Meza no se pudo demostrar con claridad en las lesiones que sufrió la amiga de Tecker porque no pudo identificar con precisión a los agresores, por lo que fueron absueltos.
Pese a ello, los jueces bajaron del estrado, literalmente, bajo una ovación, mientras los Tecker se abrazaban y lloraban de la emoción. Habían luchado contra el aparato y ganado.
“Durante los tres años luchamos para que se hiciera justicia. Siempre estuvo el temor de las represalias porque nos estábamos metiendo contra la Policía, que hace y deshace lo que quiere”, confió Gisella Moreira, la abogada querellante de los Tecker.
Ahora, resta que se realice la audiencia de determinación de pena. Se estima que tanto Meza como Sevilla terminarán con condenas de prisión efectiva, mientras que Canales y Sandoval podrían llegar a zafar con penas en suspenso. Los cuatro, al tener condena, deberán ser exonerados de la Policía.
Secuelas del horror
“El dolor que tenemos nadie no lo va a sanar. Nuestra viejita empeoró con su diabetes con todo esto. Inmediatamente tuvo que pasar a ser insulinizada grado 1. Sin contar las consecuencias que sufrió Roberto”, aseveró Lilly con un tono que entremezcla furia y dolor.
“Todavía me descubro llorando. Sufro de insomnio, trastorno de la ansiedad generalizado, por lo que estoy con tratamiento psiquiátrico”, confió Roberto.
Durante cuatro meses, después de que le dieron el alta, vivió en la casa de su madre. “Con cierta frecuencia tenía pesadillas donde me despertaba llorando y gritando ‘basta, basta’”, explicó Tecker, que menea levemente la cabeza, incrédulo de cómo le cambió la vida en un segundo.
“Nunca tuve miedo, tomé la precaución de grabar a todos sin excepción. Mi único temor era que mi hermano perdiera la vida, además de que no fuera escuchado”, dijo Lilly Tecker. Hermana y bastión del reclamo de justicia
En las noches de pesadillas, su mamá corría hasta la habitación, se sentaba a su lado, lo abrazaba y hasta le llevaba un vaso con agua mientras las lágrimas emergían desde profundidades que solo quien ha padecido estas experiencias conoce.
En sus sueños, Roberto suele volver al oscuro calabozo del que no puede escapar y los fantasmas de la golpiza lo visitan con frecuencia.
El estrés postraumático nunca termina, solo se aprende a convivir y sobrellevarlo.
En la actualidad, Roberto Tecker vive de changas mientras busca un trabajo estable, que parece negarse porque sus secuelas físicas y psicológicas le generan complicaciones.
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