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Un doble crimen y un bebé a la basura por $300

Ocurrió el 31 de diciembre de 2005, en Piedra del Águila. La furia se desató por una deuda. El tucumano Frías, a cuchillo, asesinó a su amigo y luego violó y mató a la esposa. Los cadáveres los arrojó uno en cada extremo de la localidad. Al bebé de la pareja lo tiró en el basural. Se quedó con un jean y un par de zapatillas a modo de pago.

Un bebé abandonado en el basural de Piedra del Águila fue la principal pista que llevó a los investigadores y a la Justicia a descubrir un doble homicidio y violación. Las víctimas fueron los padres de la criatura, que fue encontrada al borde de la deshidratación. El móvil de semejante desenlace fue una deuda de 300 pesos que, a moneda de hoy, podría traducirse en unos 15 mil pesos.

El caso todavía estremece a la localidad, que ve cómo crece el pequeño abandonado, hoy convertido en un adolescente tímido y al que no le gusta hablar mucho de un pasado sangriento del que no tiene recuerdos, salvo algunas fotos de sus padres y distintos relatos de familiares y amigos.

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Más que un fin de año

El 31 de diciembre de 2005, la pequeña localidad de Piedra del Águila, ubicada a 236 kilómetros de la capital neuquina a la vera de la Ruta 237, sería escenario de un hallazgo impensado para los casi cuatro mil habitantes de ese entonces.

En la provincia, muchos ya habían comenzando con los preparativos de la cena familiar para recibir el nuevo año. En Piedra, un vecino, alrededor de las 18, hizo un corte en las tareas que estaba realizando para ir hasta el basurero municipal, ubicado a un par de kilómetros del pueblo, a dejar algunos trastos viejos.

En medio de la nada y el silencio reinante, escuchó un llanto y un sollozo. Comenzó a mirar para todos lados. Basura era lo único que abundaba, hasta que siguiendo el sonido observó un changuito. Agudizó el oído aún más y pudo reconocer que el llanto provenía de ese carrito abandonado. Apuró el tranco y descubrió que adentro había un bebé.

La Policía llegó en cuestión de minutos y el pequeño fue derivado de urgencia al hospital de la localidad, donde constataron que tenía un avanzado estado de deshidratación, por lo que lo asistieron y hasta le pusieron suero. Estimaron que debió haber pasado unas seis horas en el lugar, pero la suerte quiso que este vecino le ganara de mano a la muerte.

En el changuito, los policías encontraron algunos papeles que les ayudaron a determinar que el pequeño de un año y once meses era hijo de una pareja de la localidad.

Un par de uniformados acudieron a la casa de los padres, César Orlando Cabrera Garay (24) y Verónica Mariela Isaguirre (19), porque en Piedra todos se conocen. Esa es una ventaja de los pueblos chicos, aunque muchos elegirían el anonimato si pudieran.

En la casa de César y Verónica no había nadie, pero como la puerta estaba abierta, los policías miraron desde afuera. Era una vivienda muy precaria y humilde, y no se vio nada revuelto que diera indicio de alguna pelea.

“Estaba todo muy sucio, pero el resto es como si hubiesen salido a comprar. No había nada raro”, reconoció un investigador del caso a LMN.

Desde ese lugar, los policías de Piedra partieron hacia la casa de los abuelos maternos. Fue ahí que advirtieron que estaban frente a las puertas del infierno.

Patricio Isaguirre, papá de Verónica, les explicó a los efectivos que su hija y su yerno, como jóvenes que eran, le dejaban al nieto por un par de días cuando planificaban salir, pero sostuvo que jamás lo dejarían en el basural.

“Desde ahí empecé a sospechar que algo raro había pasado y perdí toda esperanza de hallarlos con vida. Es más, ya le había comunicado al comisario José Luis Litoux que los pibes no estaban con vida”, confió a este medio, en ese entonces, don Isaguirre.

El hombre presintió lo tremendo y se transformó en el puntal de su familia, porque sabía que el horror golpearía de un momento a otro a su puerta.

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La búsqueda

El terrible presentimiento del abuelo del pequeño del basural obligó a que Litoux tomara el teléfono y le informara al jefe de la Policía, Juan Carlos Lepén, toda la situación.

Era el 31 de diciembre pasadas las 20, así que Lepén le encomendó al titular de Seguridad Personal que se preparara para viajar al otro día a Piedra del Águila.

Por esas horas, todavía estaba latente la esperanza de que César y Verónica se hubieran ido a algún lugar solos a pasar la noche de fin de año. No obstante, también se le informó de la situación al juez de instrucción de Junín de los Andes, Federico Sommer, que hacía poco más de un mes había sido designado en el cargo tras ocho meses vacante.

“Me organicé con el director de Seguridad para viajar a primera hora del 1° de enero porque el caso tenía componentes muy extraños y quería estar presente en el lugar”, reveló Sommer a este medio, quien debutó en el cargo con un hecho devastador para toda una comunidad y que sigue vigente en su memoria.

Todo el pueblo estaba al tanto de lo que ocurría, así que esa noche fue la más amarga en la historia de Piedra. El tema común en todas las mesas era qué pasó con César y Verónica, y el milagro de que su hijo estuviera vivo.

Año nuevo, pistas nuevas

El 1° de enero, aterrizó en Piedra un helicóptero, que no pasó desapercibido para la población, con un par de investigadores de jerarquía que venían de Neuquén. Los policías locales habían hecho bien su trabajo en la zona y tenían algunos testimonios que orientaban la investigación hacia Simón Daniel “Tucumano” Frías (30).

Frías era soltero y trabajaba en la empresa Bahía Yukon, a cargo de Piscicultura. Se movía en un camioncito Kia blanco, el único del pueblo, porque lo que no fue difícil ubicarlo. Frías siempre andaba con un cuchillo en la cintura, desde pibe en su Tucumán natal, y a las truchas las fileteaba con los ojos cerrados.

Un playero de una estación de servicio reveló que el 31 a primera hora de la mañana vio a Frías y a Garay en el camioncito cargando combustible. Luego, la hermana de Garay, que trabajaba en el parador Las Represas, a la vera de la ruta, los atendió y ellos se pidieron unos vinos, dato que confirmó el dueño del local, quien agregó que como habían mantenido una discusión les pidió que se retiraran.

A esa altura, Frías era un personaje al que los investigadores estaban obligados a visitar.

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Corazón delator

“Cuando llegamos a Piscicultura, estaba Frías con una camisa y otro muchacho más que estaba con el torso desnudo. Esos días, el sol rajaba la tierra”, recordó un investigador.

“Frías dijo que no sabía qué había pasado con Garay, pero al compañero se le veía muy claro en el pecho que el corazón se le había agitado. Estaba nervioso. Con alguna excusa los separamos, y mientras mi compañero hablaba con Frías, el muchacho me contó que lo había visto tirar el cuchillo en el río, en la parte donde están las jaulas donde se crían los peces”, reveló el pesquisa a este medio.

Muchos indicios marcaban como una fija a Frías. Incluso, se sumó un vecino que contó que ese 31 había visto al camioncito en el basural, pero estaba metido de culata en el arroyito Sañicó y el Tucumano le estaba tirando agua.

En paralelo, una mujer con la que Frías tenía algún tipo de relación confió a las autoridades que el 31, alrededor de las 19, llegó en el Kia y traía unas zapatillas negras de las que no quiso responderle de dónde las traía. “Son para tu hijo”, le dijo, y se las dio al chico de 11 años, al que le pagó $2 por lavarle la caja del camión. Luego, el chico reveló que había sangre.

Con esas zapatillas secuestradas, “que estaban casi nuevas”, los investigadores comenzaron a recorrer las tiendas de deporte de la localidad. En uno de los negocios, Nora Sport, reconocieron que ellos las comercializaban y solo habían vendido dos pares, uno a Garay. La madre de César Garay reconoció el calzado y, con todo esto, Frías quedó muy complicado.

El quiebre

En Piedra ya se encontraban el juez Sommer y el fiscal del caso, por lo que todos los trámites se resolvían de manera expeditiva.

Frías fue trasladado a la sede policial de la localidad, donde los investigadores lo entrevistaron para ver si sabía algo de César y Verónica.

Frías admitió que Garay le debía unos 300 pesos, pero que no sabía nada. Decía que andarían por ahí y que él había estado haciendo su trabajo de manera normal.

Acostumbrados a escuchar variados argumentos, los pesquisas fueron poniendo sobre la mesa uno a uno los distintos elementos que tenían.

Es decir, reconstruyeron con los testimonios todo lo que habían logrado hacer en unas pocas horas y observaron que era cuestión de tiempo esclarecer el caso.

El Tucumano clavó la mirada en la mesa y lentamente fue descubriendo la falta de recaudos que tuvo para que su accionar quedara impune. Su participación era muy evidente.

“Frías se debe haber sentido rodeado, porque en determinado momento dijo: ‘¡Basta! Sí, yo los maté y tiré sus cuerpos camino a la represa y el otro en dirección a Junín’”, confió uno de los investigadores que estuvo presente en esa confesión, que no servía de mucho a los fines legales.

El fiscal y el juez lo dejaron detenido mientras la Policía montaba un operativo de rastrillaje. El territorio a cubrir era sumamente extenso y el sol agobiaba.

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Un certero ardid

El 2 de enero, arribaron a la localidad dos equipos de búsqueda y los buzos de bomberos comenzaron a rastrillar el criadero de truchas para dar con el arma homicida, el cuchillo del Tucumano.

Con casi todos los policías recorriendo el lugar, no se podían ubicar los cuerpos. El agreste y amplio paraje hacía prever que la tarea sería eterna. Los jefes del operativo advirtieron esto y decidieron actuar.

Primero quisieron convencer al fiscal de que les permitiera hablar con Frías e incluso trasladarlo para que brindara mayores precisiones, pero el no fue contundente. Para la fiscalía, estaban ante un doble homicida y no querían arriesgarse a que se fugara y ellos quedar en ridículo.

“No hicimos caso”, reveló a LMN un investigador a 15 años del hecho.

“Nos organizamos con un par de compañeros para que algunos entretuvieran al fiscal y con otro policía más subimos a Frías a un vehículo y le pedimos que nos dijera dónde había dejado los cuerpos”, reveló el pesquisa.

En ningún momento del recorrido Frías intentó fugarse o atacarlos. “Estaba entregadísimo”, explicó el viejo policía, hoy retirado.

Eran las 17 horas del 2 de enero cuando tomaron el camino que lleva a la hidroeléctrica ubicada a unos cinco kilómetros del pueblo.

“Estábamos pasando un puentecito, porque el camino va en ascenso, y dijo ‘acá, está acá’. Así que frenamos de inmediato. Nos dijo ‘abajo a la derecha’. Desde el camino era casi imposible verlo. Así que me asomé y ahí estaba el colchón con el cuerpo envuelto en una frazada. Miramos la hora y le dijimos que nos marcara dónde había dejado a la mujer”, explicó el policía, y recordó que estaban apurados porque no querían que el fiscal advirtiera la maniobra.

Por la Ruta 237, camino a Junín, a unos 27 kilómetros de Piedra, Frías volvió a repetir la frase “acá, acá está”. Esta vez, los investigadores se estremecieron porque estaban en el medio de la nada.

“El tipo bajó con nosotros y a mano derecha marcó con el dedo índice. No se veía absolutamente nada, caminamos unos cuantos metros y detrás de un montículo de tierra, una especie de lomada natural, estaba el cuerpo de la chica. Si Frías no nos hubiera indicado dónde estaban, no creo que los habríamos encontrado durante semanas”, reflexionó el pesquisa.

Al día siguiente, el 3 de enero, se simuló una búsqueda, pero en verdad se fue sobre seguro y se abarcó la zona donde ya habían visto los cuerpos.

César Garay estaba debajo del colchón y en avanzado estado de descomposición producto de las altas temperaturas. Lo mismo ocurrió con el cadáver de Verónica Isaguirre. Ambos fueron levantados con extremo cuidado y derivados al Cuerpo Médico Forense de Neuquén, que se encargó de las respectivas autopsias.

Evidentemente, esas no habían sido las escenas del crimen sino las de descarte de los cuerpos.

Así los mató

Frías reconoció que, la mañana del 31 de diciembre, había pasado a buscar a César Garay por su casa y Verónica lo había visto. De ahí fueron a la estación de servicio, cargaron combustible, luego calibraron las cubiertas del Kia y de ahí fueron al parador donde discutieron por la deuda.

Una vez que lo expulsaron a Garay del local, atrás salió Frías y se subieron al camión. Fueron para la vivienda del Tucumano, donde este mató a su compañero de dos certeras puñaladas, en el pecho y en el cuello. Le sacó los pantalones y las zapatillas ­ —se supone que a modo de cobro de la deuda—, luego lo envolvió en un colchón con una frazada y camino a la hidroeléctrica lo arrojó.

Verónica se transformó en un cabo suelto para Frías. Por eso fue que acudió a su casa y le dijo que César estaba pescando en el lago y que le había pedido que los llevara. La mujer tomó a su hijo y salió de la casa, sin saber lo que le esperaba.

El Tucumano la llevó hasta su vivienda. Dejó al pequeño en el cochecito en un rincón de la casa y, bajo amenaza de cuchillo, la violó. La madre de la joven luego reveló a las autoridades que su hija le había contado que el asesino ya había intentado sobrepasarse con ella.

Tras la violación, la degolló y le asestó una puñalada en el corazón, herida que desencadenó la muerte, según la autopsia.

Posteriormente, Frías fue a deshacerse del cuerpo de la joven a la vera de la Ruta 237. Ahí fue cuando advirtió que le quedaba el bebé, al que por suerte no se animó a matar, en un extraño acto de benevolencia, porque luego esa criatura se transformó en la pieza del rompecabezas que lo terminó condenando. Fue así que lo dejó abandonado en el basural.

Durante la requisa a la vivienda del Tucumano secuestraron el pantalón de Garay y la mamadera del pequeño, que fue reconocida por sus abuelos maternos, quienes solían cuidarlo con frecuencia. Las zapatillas ya habían sido secuestradas.

Linchamiento

En el pueblo, lo sucedido corrió como reguero de pólvora y la indignación autoconvocó a los vecinos en torno a la comisaría. Esa tarde del 3 de enero, “estaba muy caldeado el ambiente”, contó Sommer. “Afuera de la comisaría comenzaba a llegar la gente furiosa por lo ocurrido. Así que tomé la decisión de que lo sacáramos a Frías rápido y lo trasladamos a Junín de los Andes, porque temíamos que lo lincharan”, agregó.

Frías luego se negó a declarar ante el juez y entró a jugar un rol muy fuerte el abogado defensor. Pero Sommer tenía bastante encaminado el procesamiento, para el cual disponía de 10 días tras la detención.

El juez lo iba a acusar por doble homicidio, violación y abandono de persona, pero no se pudo porque hubo algunos resultados que no llegaron a tiempo. No obstante, luego se incluyó la figura del abuso sexual cuando se comprobó que había ADN del Frías.

En la bombacha de la joven se encontró semen. Esto fue derivado a un laboratorio de Bariloche para que establecieran si el ADN era del Tucumano.

Por ese entonces, los resultados tardaban. Lo que tenía por cierto el juez eran las causas de muerte, el arma homicida que fue encontrada por los bomberos y variados testimonios. Respecto de Verónica, la autopsia detalló que existió una relación sexual, pero no se podía establecer si había sido forzada o no.

Una fuente judicial puso en ridículo el pensamiento de la época. “Si le ponen un cuchillo en el cuello amenazándola con matarla, a ella y a su hijo, creo que cualquiera no opondría resistencia. Es lo obvio”, sostuvo.

El descargo del defensor del Tucumano en el juicio fue terrible. Es más, hoy sería impensado que un abogado alegue de esa manera.

Según quedó reflejado en el acta de debate, el letrado enfatizó: “Isaguirre recibió regalos (de Frías) por la necesidad y la pobreza, y pudo haber consentido un acto sexual para satisfacer necesidades que no eran cubiertas por su pareja. El homicidio de Verónica es producto de circunstancias no conocidas. No hay homicidio agravado ni violación. Respecto del abandono de persona —por el bebé— expresó que en ese lugar Frías lo dejó sabiendo que lo iban a encontrar, no había situación de peligro”.

Condena

El 17 de mayo de 2007, la Cámara de Juicio en lo Criminal de Zapala integrada por Víctor Hugo Martínez, Enrique Luis Modina y Oscar Antonio Rodeiro resolvió absolver a Frías de culpa y cargo por la violación de Verónica Isaguirre y el abandono de persona de la criatura, y lo condenó por el homicidio simple de César Garay y Verónica, por lo que recibió una pena de 32 años de prisión.

Durante el proceso que se le siguió a Frías, descubrieron que tenía una condena de dos meses de prisión de cumplimiento efectivo por un robo simple que cometió el 18 de febrero de 2005 en Neuquén capital.

Además, desde la provincia de Tucumán llegaron sus antecedentes y resultó que tenía una condena de cinco años de prisión por robo agravado.

Ante este escenario, se le unificaron las condenas y se le dictó una pena global de 35 años de prisión que está cumpliendo en la Unidad Penal de Junín de los Andes.

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