Un mismo miedo global
El COVID-19 se convirtió en un poderoso enemigo de todas las naciones. Un adversario global que acorrala a superpotencias y a países periféricos de la misma manera.
Ya sea Rusia, Estados Unidos o Argentina, el coronavirus amontona infectados con la estrategia más temida por todos: la imprevisibilidad.
El que viene hablando del poder de la imprevisibilidad es el Banco Mundial, un organismo multilateral que acaba de disponer una ayuda de 600 millones de dólares a Argentina para enfrentar la pandemia.
En un documento que difundió esta semana, de paso, el organismo hizo una advertencia que bien le cuadra a Neuquén: los impactos negativos de la pandemia se ensañarán puntualmente con el turismo, el comercio y la productividad, el trípode que hasta ahora permitía a la provincia de Vaca Muerta esquivarle mejor que otros distritos a una coyuntura que se agrava cada vez más.
Al hablar ayer ante los líderes del G-20, el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, hizo esta ecuación: “Le tomó al mundo tres meses para alcanzar los 100.000 casos confirmados de infección. Los siguientes 100.000 ocurrieron en solo 12 días. El tercero tomó cuatro días. El cuarto, solo uno y medio. Este es un crecimiento exponencial y solo la punta del iceberg”.
Guterres apuntó, asimismo, que los desafíos globales que plantea el COVID-19 son más grandes aún de los que supuso la crisis financiera mundial de 2008. “A lo que nos enfrentamos hoy no es una crisis bancaria; es una crisis humana”, remarcó.
Podría añadirse que, además de imprevisibilidad, el coronavirus juega con el factor miedo, algo para lo que ni siquiera los más poderosos estaban preparados.
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