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Una foto, un francés y la historia del monumento a los pioneros

El monumento que representa a los primeros pobladores está inspirado en el retrato de la vida de chacras, a casi 100 años de la fundación de Centenario.

El monumento a los pioneros de Centenario, emplazado en la primera rotonda de acceso a la ciudad, tiene una historia detrás de ese hombre y esa mujer que empujan un arado con un perro que acompaña, en un lugar desértico e inhóspito.

En 1934, Víctor Laurent tenía la única máquina de fotos que había en la ciudad. Una tarde, luego de trabajar con su hermano Jorge, sacó una foto al azar, como contemplando en el aire una escena rutinaria, sin saber que en el futuro se iba a convertir en el ícono del motor de la historia de Centenario.

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La imagen muestra a un hombre que empuja un arado, solo y con un caballo blanco, que parece adelgazar hacia el horizonte, en un atardecer a contraluz. Es una foto sobria, opaca, en un tiempo donde las horas pasaban como si fueran años en la primera década de vida de La Colonia. En la foto, que inspira el monumento, aparece un hombre solo, pero es sabido que en esa época las mujeres trabajaban a la par, abriendo surcos, en la casa, en la cosecha, como una perfecta organización familiar alrededor del trabajo, que hoy sólo es comparable con las pocas familias que siguen el trabajo rural y hacen historia en las chacras.

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En aquel tiempo, la vida en las chacras en Centenario transcurría muy lentamente, y para los inmigrantes, italianos, alemanes, franceses y también a todas las familias nativas que forjaron estas tierras, fue un gran cambio. Algunos pasaron de la desolación de las guerras en las ciudades europeas a la desolación del desierto en los alrededores del río Neuquén. Era otro desierto donde los inmigrantes dejaron familias, sentimientos y hasta el cuerpo en las tragedias bélicas de la historia. En algunos casos, la vida los reencontró con cartas que cruzaban el atlántico durante meses. Pero en otros, no se vieron las caras nunca más.

La familia Laurent venía de la ciudad de Lyon, Francia, al pie de los Alpes suizos y la historia cuenta que llegó a la Argentina en 1886. Vito Laurent padre y Flora Cubillon primero se habían asentado en la ciudad de Coronel Suárez, provincia de Buenos Aires; después en la provincia de San Juan y luego, con el tiempo, en las áridas tierras de esta ciudad de Centenario. La inmigración francesa no fue la dominante en la región pero la familia conservaba todas las costumbres, el idioma y algo de vestimenta que traían en ese entonces de la Belle Époque.

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El cambio fue tremendo y el tan mentado concepto del “pionero” de Centenario, que hoy suele ser objeto de discursos y propaganda cultural, no era más que el doloroso trámite de desmontar, emparejar y plantar peras y manzanas, en el período de unos cinco a diez años.

En ese entonces no había lugar para las fotos. En todo caso, era algo reservado a una intimidad casi invisible, que sólo afloraba en las fiestas comunitarias, en los contornos de los canales de riego. Las fotos sólo se sacaban para casamientos y cumpleaños, porque posar para un fotógrafo era toda una ceremonia. Tener una máquina fotográfica era un símbolo de estatus y privilegio, muy lejos de la era digital que se vive en la actualidad.

Víctor fue más allá de reflejar el evento social. En 1934, Henri Cartier-Bresson, el mítico fotógrafo francés, ya retrataba esos “instantes decisivos” de la vida cotidiana en las ciudades y, tal vez, fue la inspiración necesaria para soñar con ser un artista en medio de la rutina del caballo y el arado. Nadie imaginará que décadas después es imagen iba a ser la que represente a Centenario, en buena parte de la historia, a través de un monumento.

Es que el hombre comenzó con la simpleza de la fotografía familiar, sin saber que su trabajo se convertiría en documento vivo de la historia, que hoy se difunde en exposiciones, libros y los saberes escolares sobre el nacimiento del Alto Valle.

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“A mi tío Víctor le gustaba la fotografía como hobbie. Tenía una casa de fotos y de instrumentos musicales en Coronel Suárez y pudo tener una cámara, algo que no era común en la época”, contó hace unos años Nélida Laurent a LM Neuquén, su sobrina y una de las pocas personas que queda de esa breve inmigración francesa.

Hoy, el aroma a viejo descansa en un monumento en la primera rotonda de la ciudad, donde todavía algunos pocos recuerdan esos instantes decisivos en los que las chacras todavía no tenían álamos. Un monumento que es símbolo de esfuerzo, del tiempo lento y la esperanza en el futuro. Un monumento que pareciera que tiene vida y ve pasar la historia que juzga y aplaude en silencio.

Nota: Datos obtenidos de la comisión Pro-Defensa del Patrimonio Histórico y Cultural de Centenario y Vista Alegre, y el invalorable aporte de quien fuera Mario Della Gáspera.

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