El clima en Neuquén

icon
18° Temp
63% Hum
La Mañana historias

Una gran historia de amor detrás del sueño del oro

Filomena Castillo fue la primera pirquinera del norte neuquino.

Mario Cippitelli

[email protected]

Neuquén.- A Filomena Castillo siempre le fascinó el trabajo que realizaban los mineros. Su padre le había enseñado las técnicas básicas para buscar pepitas de oro en los arroyos cuando era una nena y, desde entonces, había quedado maravillada con la tarea artesanal que se hacía en esas bateas de madera, con movimientos envolventes, mientras la tierra se separaba a un costado y los granitos de metal brillantes comenzaban a relucir con el sol.

A fines del siglo XIX, en el norte neuquino era una práctica muy habitual. Y desde los lugares más alejados venía gente esperanzada con la posibilidad de vivir mejor, tratando de cambiar el casi seguro y fatal destino que tenían sus vidas, a través del trabajo de minero.

Filomena era una de las tres criaturas que su madre parió en el almacén de ramos generales que tenía en Chacay Melehue, un paraje ubicado entre Chos Malal y Milla Michicó. No hay registros precisos al respecto. Sí se sabe que la niña nació algún día de 1897.

La familia de Filomena era humilde, pero no le faltaba nada. No tenía la necesidad de salir a buscar el sustento a través de un oficio duro, más propio de los hombres que de las mujeres, como el del pirquinero. Pero ella escuchaba con fascinación las lecciones de su padre: “Usted toma la batea así y la va moviendo despacito. El agua solita va a ir separando lo que sirva y lo que no”. Con apenas siete años, Filomena aprendía en silencio y en la práctica. Buscaba los arroyos más prometedores, alimentados por los deshielos, y se pasaba las horas mirando los pequeños destellos que aparecían muy pocas veces de manera insignificante. Era casi una rutina mágica que se repetía cotidianamente en los ratos libres que le quedaban cuando no ayudaba a su mamá en el almacén.

Siendo poco más que una adolescente, Filomena conoció un día a Nemesio Baeza, un hombre que había llegado al pueblo por cuestiones laborales y que tenía tantos sueños de oro como ella.

Delgado y pintón, el joven pertenecía a una familia oriunda de Chile que tenía raíces en la vieja España. Se creía que sus antepasados habían desembarcado unos siglos antes en Perú y con los años fueron descendiendo por Sudamérica hasta llegar a Fuerte Niebla y luego a Chillán, donde finalmente se asentaron.

La vida de Nemesio no había sido nada fácil. Cuando tenía 14 años decidió cruzar la cordillera para comenzar una nueva vida en ese territorio del que muchos hablaban por las riquezas que ofrecía, especialmente el oro, aunque siendo tan joven tuvo que ganarse la vida con lo que fuera. Trabajó repartiendo correspondencia, fue ayudante de un comisario y se desempeñó en todo tipo de changas que le permitieran vivir.

Deslumbrados

En una de esas visitas a Chacay Melehue conoció a Filomena. Y no hicieron falta demasiadas charlas para que los dos se dieran cuenta que se habían enamorado. Coincidían en todo. Amaban la tierra, disfrutaban los paisajes que les regalaba la geografía del norte neuquino y soñaban con algún día descubrir una veta de oro en la montaña o una pepa grande en los arroyos que les permitiera criar una familia como la que imaginaban.

Y así fue que el destino los abrazó en Los Maitenes, el lugar donde Filomena iba de niña con su padre a aprender el oficio de pirquinera. Allí los dos levantaron el rancho familiar, plantaron árboles, criaron animales y comenzaron a recibir a sus hijos. ¿Cuántos? Los que les regaló la vida: 10 mujeres y cuatro varones.

Vida y trabajo

Nemesio trabajó en una empresa minera, mientras que Filomena se dedicó a la crianza de ese familión, aunque siempre que podía se escapaba al arroyo en busca de algún granito de oro, por más que en el pueblo la miraran mal. “¿Cómo a una mujer puede gustarle ese trabajo?”, se preguntaban.

Pero las críticas eran muchas menos que los elogios. Todos conocían el corazón que tenía aquella pirquinera que, más allá de su familia, también se preocupaba mucho por los pobres del pueblo y siempre andaba con un canasto repartiendo frutas y verduras a los que lo necesitaban, cuando la cosecha de su huerta venía más que generosa.

En las largas sobremesas después de las cenas y al calor de los fuegos, las historias de los pirquineros siempre estaban presentes en la familia Baeza. Sus hijos escuchaban maravillados los relatos casi místicos que llegaban de boca de sus padres. Filomena sonreía feliz frente a la prole y a las narraciones que hacía Nemesio sobre su trabajo en las profundidades de la tierra.

Durante los años que siguieron, la pareja vivió la vida de manera intensa y feliz, con trabajo y sacrificio y siempre con los sueños del oro que despertaban las montañas y los arroyos.

Cuentan sus descendientes que la muerte los encontró de viejos, sin más riqueza que su espíritu y su humildad, lejos de aquel paraje que les dio cobijo.

Creen que Filomena nunca supo que fue la primera mujer pirquinera de Neuquén. Pero sí estiman como probable que en lo profundo de su ser siempre haya sabido que la utopía del oro era nada más que eso: una ilusión para seguir adelante. O un motivo para vivir la vida.

En el lugar donde estaba el huerto de la familia todavía hay un duraznero que sigue dando frutos, según su nieto Gustavo.

Reconstruir la historia familiar

Gustavo Baeza es nieto de Filomena y Nemesio. Fue él quien se decidió a reconstruir la historia de sus antepasados.

Ya realizó varias entrevistas con descendientes y recorrió diversos lugares de la provincia para terminar un documental con testimonios muy valiosos de las raíces de su familia.

Te puede interesar...

Leé más

Noticias relacionadas