Una historia de amor cruzada por una inédita hazaña aérea

Sus padres fueron testigos de la gesta de Luis Candelaria, el primer piloto que cruzó la cordillera de los Andes en avión desde la ciudad de Zapala.

Mario Cippitelli
cippitellim@lmneuquen.com.ar


Zapala.- Aseguran que se hubieran conocido igual, más allá de aquella hazaña aérea. El destino estaba marcado para Hilda y Rubén, a pesar de la lejanía y de las experiencias que tuvieron que vivir mientras no se conocían. Nunca se imaginaron que la historia de un vuelo histórico cruzaría sus vidas.
Bernardo, el padre de Rubén Oscar Petry, fue uno de los vecinos que ayudó al teniente Luis Cenobio Candelaria a improvisar una pista de despegue en Zapala para realizar el primer cruce de la cordillera de los Andes en avión.

Candelaria había llegado a Zapala en abril de 1918 con el único objetivo de cumplir con aquella hazaña aérea que nadie antes había logrado. Para ello, les pidió a los vecinos del pueblo que lo ayudaran. Primero hubo que armar el avión, un monoplano Morano Saulnier, modelo Parasol, cuyas piezas habían llegado en el tren. Después, emparejar el terreno.

El padre de Rubén se entusiasmó tanto con aquella propuesta aventurera como el resto de los vecinos. Y a fuerza de pico y pala limpiaron el lugar hasta dejarlo como una pequeña cancha cuyas dimensiones habían sido bien calculadas por el valiente piloto de 25 años. El mecánico Miguel Soriano se encargaría de colaborar con el armado de la aeronave.

1918: El 13 de abril de ese año, Luis Candelaria cruza los Andes por primera vez.

Finalizado el trabajo, el 13 de abril el pequeño avión fue orientado hacia el este. Todos los sujetaron desde la cola y las alas, mientras que Candelaria encendía el motor y calentaba la máquina. "Si no vuelvo, búscame en la cordillera", le dijo al mecánico. Luego de una señal del piloto, los vecinos lo soltaron y la aeronave comenzó a carretear varios metros hasta que comenzó a tomar altura. Luego de un amplio giro en "U" retomó el oeste para encarar la sierra del Chachil, primer escollo precordillerano para cruzar los Andes.

Cuando el avión pasó por el pueblo, Candelaria saludó con el brazo en alto ante la ovación que le llegó desde la tierra hasta que se fue perdiendo en el horizonte. El teniente atravesó la cordillera en casi dos horas y media, luego de sortear fuertes turbulencias y temperaturas bajo cero. A las 18 de aquel día, obligado por la niebla, comenzó a descender y luego de atravesar el río Allipen, divisó un gran fundo en la localidad de Cunco y realizó las maniobras para aterrizar.

Pedro Torres, el padre de Hilda Uliana Torres Díaz, realizaba trabajos de cosecha cuando escuchó el ruido del motor y vio que el avión bajaba tambaleando con dificultad hasta volcar en una de las parcelas. Hasta allí corrió junto a su compañero Eustaquio Astudillo y otros peones y ayudó al teniente a salir de la aeronave. Un poco magullado, cansado, pero feliz, Candelaria había cumplido su sueño.
Pasaron los años y la hazaña siempre fue recordada por todos los zapalinos, e incluso por los chilenos, que se convirtieron en involuntarios protagonistas de aquella historia.

Desde que era un chico, Rubén Petry escuchó de boca de su padre la historia de aquella proeza una y mil veces.
Era común en los crudos inviernos de Zapala que Bernardo reuniera a la familia y al calor del fuego relatara los detalles de aquel día histórico. Lo mismo ocurría en Cunco, Chile, con el padre de Hilda. La sorpresiva presencia de un avión en el campo, el aterrizaje de emergencia y el salvataje constituían un acontecimiento muy impactante para todo el pueblo, que habló del tema durante muchos años.
La casualidad y el destino hicieron que las vidas de los hijos de aquellos que colaboraron en la aventura se empezaran a cruzar.

A los 14 años, Hilda se casó con un terrateniente chileno mucho mayor que ella, con quien tuvo dos hijos. No fue una vida feliz para la adolescente que se había convertido en mujer y madre más por un acuerdo entre familias que por propia voluntad. Y un día tomó la decisión más difícil, luego de pensarlo una y otra vez.

Sin decir nada, subió a sus dos pequeños hijos a un caballo y cruzó la cordillera, escapando de aquel hombre por el que no sentía nada. Y luego de un viaje extenuante, llegó a Moquehue, un hermoso paraje neuquino que apenas tenía un puñado de pobladores.

En Zapala, Rubén comenzó a trabajar con un camión, haciendo transportes hacia la frontera. Cierto día tuvo que ir hasta Moquehue donde conoció a Hilda. Ambos quedaron impactados al verse. Se contaron sus historias, se sorprendieron cuando se enteraron que sus padres habían sido protagonistas de la hazaña de Candelaria. Uno que lo ayudó a despegar; el otro, a aterrizar. Hablaron de la vida y de los proyectos. Y se enamoraron para siempre.

Pasaron casi 60 años desde que Hilda y Rubén se conocieron. En el medio de sus vidas llegaron dos hijas más y luego 19 nietos, 40 bisnietos y siete tataranietos.

En su casa de Zapala, donde atesoran centenares de fotos y recuerdos, la pareja transita el otoño de sus vidas con el mismo cariño que el día que se conocieron. Rubén (80 años) mantiene su carácter tranquilo y su hablar pausado; Hilda (86) sigue siendo tan activa e inquieta, como cuando era una adolescente rebelde.

"Nos comprendemos y ya nos conocemos todas las mañas", dice Rubén. Y sostiene que "la petisa" es tan linda y agradable como cuando la conoció hace más de medio siglo en Moquehue. "¡Claro que discutimos!, pero nos llevamos bien... el uno al uno y el otro al otro", interrumpe Hilda entre risas. Ambos reconocen que nunca se imaginaron que aquella epopeya terminaría de conectarlos para siempre.

Además de recibir a la parentela y de ocuparse de los quehaceres cotidianos, el matrimonio despunta la pasión por el campo en dos hectáreas que compraron en la zona del Cristo donde tienen colmenas y algunos animales.

El viernes pasado, Hilda y Rubén fueron hasta el cementerio para visitar la tumba del teniente Candelaria, quien pidió que cuando muriera sus restos descansaran en Zapala, pueblo que tanto lo había ayudado.

Frente a la lápida, permanecieron en silencio y se emocionaron. Recordaron a sus padres en esa gesta inolvidable y la historia que les contaron miles de veces al calor de los fogones. Después volvieron a su hogar cargados de nostalgia, pero felices. Dispuestos a continuar la historia de amor que comenzaron a escribir hace 60 años.

Quiénes fueron y qué hicieron

Luis Candelaria
El teniente falleció en Tucumán, el 23 de diciembre de 1963, a los 71 años. Respetando sus deseos, fue sepultado en el cementerio de Zapala.

Hilda Torres Díaz
Siempre trabajó como comerciante en la ciudad de Zapala. A lo largo de su vida tuvo tiendas de ramos generales, kioscos y una peluquería.

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