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La Mañana Opinión

Vaca Muerta, entre las palabras y los hechos

La política jugó un rol central en las condiciones que desarrollaron el shale neuquino. Volverá a hacerlo para resolver el dilema del presente y la posible expansión en el futuro.

A la hora de pensar lo bueno, lo no tanto y lo decididamente malo, se cae en el rol central de la política en la corta historia productiva de Vaca Muerta.

También al momento de ver qué se necesita para afianzar ese futuro que luce rebosante de posibilidades. “Vaca Muerta como política de Estado”; “La grieta no corre para Vaca Muerta”. Son frases y tópicos que parecen definir el consenso mayoritario de los sectores políticos predominantes. Se oyen a uno y otro lado de esa entelequia denominada “grieta”, ese límite que en ocasiones impide desde el debate más nimio hasta los proyectos centrales que modificarían la historia argentina para bien.

Como sea, al menos hasta ahora Vaca Muerta se las ingenió, con los matices del caso, para no quedar cruzada por estas severas diferencias que ponen en riesgo cualquier construcción posible. Nada que requiera de 35 años de duración, como las concesiones en el sector shale, podría llevarse bien con la idea de los cambios de planes repentinos como los que se han visto en los últimos cinco años, al margen de los signos políticos que conducieron los destinos del país en ese lapso.

Es un período en el que la formación neuquina, las empresas, aceleraron y alcanzaron objetivos en la curva de conocimiento. Los pozos de las principales operadoras, su nivel de competitividad, les pisan los talones a los de Permian, algo así como el espejo en el que se mide el shale neuquino para seguir creciendo. Con los costos de producción, otro tanto. Las operadoras hacen la tarea mes a mes.

Todo esto ocurrió con marchas y contramarchas en el contexto económico geopolítico y el netamente local (también cada vez más cruzado por esas condiciones externas).

Un hecho significativo mostró ese consenso y las posibilidades: el precoloquio IDEA Vaca Muerta, ese ámbito que se reunió en Neuquén, nucleando a las empresas que representan el 54 por ciento del PBI nacional, aunadas en torno a lo que parece ser el principal proyecto productivo en el que todas quieren tener los pies adentro. Los cuatro clusters regionales conformados (Neuquén, Córdoba, Rosario y Buenos Aires) también dejaron expuestas las tensiones sobre el reparto de esas posibilidades y, al mismo tiempo, una hoja de ruta de todo lo deseable que sería ordenar esas aspiraciones.

Era la discusión incipiente, en medio de las crecientes tensiones políticas, cuando una vez más, acaso como pocas veces en los últimos años quedó expuesto (lo dicho en este espacio en otras oportunidades) todo lo importante que será la política en el desarrollo y las garantías de una serie de condiciones.

Parte de eso se vio y se ve en dos sentidos: por un lado, el rol central de Neuquén como vector del proceso de inversiones, la generación de condiciones locales y cómo jugó a nivel nacional para contribuir sustancialmente a afianzar esa visión local. Ocurrió, al menos, en los dos últimos períodos de gobiernos provinciales, para mencionar solo el momento de expansión de la llegada de inversiones y la creciente producción de petróleo y gas.

En paralelo, también se vio cómo el rumbo nacional de la, sí, política económica, terminó afectando, con una suerte de paradoja poco menos que increíble, un desarrollo que había estimulado con cientos de millones de dólares para producir en Vaca Muerta.

Quizás entre una y otra situación esté ese punto medio que permita proyectar a largo plazo y sostener esos acuerdos que resultaban centrales hasta el último mes.

El shale neuquino sabe de surfear las turbulencias. Lo que falta es poner en hechos y sostener lo que se declama muchas veces desde la política.

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