POR FERNANDO CASTRO - Editor +e
Estupor, desconcierto, incredulidad. Esas serían algunas de las sensaciones que motivó en Neuquén y en las empresas productoras la durísima decisión del gobierno nacional que deja cruzada de interrogantes a Vaca Muerta.
El DNU que establece nuevas reglas de juego, una suerte de sacrilegio sobre la marcha y de un día para el otro, se lleva puesta esa tarea casi de orfebre realizada, sobre todo desde Neuquén, durante años: la construcción de “confianza”, aquella palabra mágica que cotiza en alza a la hora de buscar entre lo necesario para atraer, de modo sostenido, miles de millones de dólares año tras año. Si hay algo de lo que se puede ufanar Neuquén es de eso. No hizo magia: supo lo que tenía y, en el camino, la visión local fue vital para contribuir a abrirle una nueva puerta al país.
Los no convencionales son esa nueva oportunidad. Si Argentina necesitara dólares para poder salir de la profunda crisis en la que se encuentra, están ahí, en las decenas de áreas concesionadas en la formación neuquina, que plantean una puerta hacia el futuro y son las mismas por las que apostaron las principales empresas del mundo. Esa alternativa en parte está prefigurada: las decenas de miles de barriles que formarán parte (posiblemente y pese a todo) del crecimiento de los próximos años, sobre el que hoy se ponen grandes signos de interrogación, y la vía exportadora del gas natural licuado (GNL), hoy explorado a baja escala y que requiere de esas condiciones de estabilidad, la tan mentada seguridad jurídica, que una vez más recibe un cimbronazo.
Desde el vamos, el gobierno nacional hizo pie en Vaca Muerta luego de haber puesto severos obstáculos. Fue como si, una vez en el poder, el espacio que hoy se conoce como Juntos por el Cambio, el macrismo, hiciera borrón y cuenta nueva con su faceta opositora que cuestionó “las cláusulas secretas” del acuerdo YPF-Chevron. Quizás la respuesta pudiera encontrarse en las nuevas perspectivas y modos de ver las cosas que solo el acceso al poder suele facilitar, a veces para bien y otras tantas para mal.
Lo cierto es que tempranamente el gobierno nacional, casi desde el acceso a la Rosada, hizo de Vaca Muerta la principal usina de generación de buenas noticias, subido a la inercia de una industria que creció, bajó costos y apostó por un recurso de clase mundial, algo que día a día se tradujo en incrementos de la producción. Se trata de un crecimiento que durante los últimos tres años solo tuvo como límite, ni más ni menos, que la macroeconomía. Tomó decisiones que apuntalaron ese crecimiento, también, como el subsidio a la producción de shale gas, en el que transfirió centenares de millones de dólares a las operadoras, algo que quizás pueda verse en clave bizarra a la luz de los nuevos acontecimientos.
Después de todo, el techo interno del Brent y el dólar pesificado a la baja también son parte de un costo fiscal que Nación no quiere asumir y carga sobre las operadoras, sobre las provincias y sobre sí misma en términos de recaudación. La pregunta del millón ahora se relaciona con el futuro. El decreto nacional establece nuevas condiciones, que son un golpe a la producción y el crecimiento de la industria por noventa días.
Está claro que las pérdidas millonarias extenderán su reguero de efectos y culpas durante varios meses más que los tres que vienen. Básicamente, es un camino de explicación de lo inexplicable. La historia de un gobierno que dijo que montaba la plataforma del futuro sobre los no convencionales y que termina su mandato impulsando un tsunami de incertidumbres, al margen de las enormes pérdidas millonarias. Vaca Muerta se ha recuperado de un par de crisis.
Las idas y vueltas, los escollos, vuelven a traer a colación el rol central de la política y los acuerdos necesarios para el crecimiento del futuro.
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