De niño aprendí la fábula de la libre y de la tortuga, que nos deja como moraleja que se llega a destino siendo constante, no yendo a gran velocidad.
Me tocó presenciar el terrible choque de la Ruta 237 donde murió una familia entera. Puede ver todo el derrotero de cómo quedaron los vehículos y cómo agonizaban las víctimas. Un hombre de manera desesperada corría por la fila de autos pidiendo un médico.
Consejo para los que pasan por un choque: no paren a ver, circulen para que se libere la ruta y el acceso de los vehículos de emergencia o de algún médico que puede prestar colaboración. El resto estorba.
Sigo entendiendo que a lo mejor las estadísticas de accidentes en esa zona son bajas, pero vendría bien un puesto caminero con personal de emergencia, porque desde el choque hasta que apareció la primera ambulancia pasaron entre 40 y 50 minutos, claves para salvar una vida. Esta no es una decisión de Salud ni de Policía, sino del Gobierno.
Por otro lado, la responsabilidad de los que están al volante. La velocidad en un auto de calle eleva las posibilidad de accidente de manera exponencial. Uno de los vehículos mordió la banquina. El reflejo natural de quien no es piloto es volantear para recuperar la ruta. Error: ahí es donde se pierde el control del auto. Lo más recomendable es sostener el volante firme, soltar el acelerador y tocar levemente el freno para que el auto se estabilice. De esa forma podrá seguir por la banquina hasta que tenga nuevamente la posibilidad de retornar a la ruta.
Las muertes en accidentes en rutas en más de un 90% son fallas humanas. Manejemos tranquilos y así todos vamos a llegar.


