“Era consciente, sabía en lo jodido que me estaba metiendo y lo que me podía pasar. Hasta dormíamos vestidos porque en cualquier momento llegaba la policía. A mí nadie me puso una pistola en la cabeza y me dijo: ‘Ponete a vender droga’”, explica Cecilia Soto a LM Neuquén, en su casa del barrio Sapere donde vive desde fines de enero de 2017 tras pasar cinco años en prisión por venta de estupefacientes en una organización de narcotráfico que operaba en la región.

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A los 32 años, intenta reconstruir su vida junto a su marido (quien también estuvo preso por la misma causa) y a su hijo de 12, alejada de las drogas que comenzó a consumir desde muy chica, enfocada en terminar la escuela secundaria en el colegio Santa Teresa de Jesús y ayudando con las tareas escolares a los chicos del barrio. Cuando termine el secundario quiere hacer una carrera vinculada a la asistencia social o como ayudante terapéutico.

Su relación con las adicciones empezó a los 11 años con poxiran. Se había puesto de novia con un chico de un hogar de menores que le hizo probar. Después llegó la marihuana y a los 15 comenzó con la cocaína. “Eso cambia la vida de cualquier pibe, no disfruté la adolescencia. Cuando volvía a mi casa drogada, mi mamá me golpeaba, era difícil para ella verme así porque ninguna de mis hermanas estaban en esa”, dice. “Siempre fui rebelde, todo el tiempo quería llamar la atención”, agrega. Pero también recuerda que con la separación de sus padres empezó a escaparse de su casa y “a tomarle el gusto a andar en la calle”.

Asegura que sus padres no querían tenerla. “Me escapé montones de veces de los lugares donde me internaban por el consumo, y a los 15 me junté con mi marido, que también consumía”.

Sin plata, sin perspectivas de presente, y menos de futuro, y con la necesidad de consumir cada vez más, entró en la venta “para tener plata y así consumir más”. “Con el tiempo, ya no era vender bagullos (bolsitas de pocas cantidades) de cocaína, sino vender de a muchos kilos”, cuenta.

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Prefiere no hablar de su accionar dentro de la organización narco por el cual estuvo presa (actualmente tiene libertad condicional) en las prisiones de la U13 de Santa Rosa, La Pampa, y U16 de Neuquén.

A los 20 años tuvo a su hijo Gastón, a quien ahora le vuelca todo el amor y dedicación que no pudo entregarle cuando estaba inmersa en ese infierno de drogas y dinero. “En ese tiempo mi relación con mi hijo era horrible, igual le di todo, pero uno se confunde darle todo lo material. Él dormía con mi papá o con mis hermanas y nunca me vio cuando yo consumía. Estaba drogada, encerrada todo el tiempo... Nunca pude llevarlo a una plaza”. Esa desvinculación madre-hijo le sigue doliendo, sobre todo cuando su hijo le dice: “Vos no me diste la teta porque vivías drogada”. Sin la posibilidad de retroceder el tiempo, Cecilia reflexiona: “Hubiera sido todo distinto si vendía y no consumía”.

Cuando salió en libertad, a fines de enero de 2017, Cecilia se reencontró con su marido, quien había cumplido su condena en septiembre del año anterior.

“Lo más difícil de estar presa era no poder ver a mi hijo, a veces lo veía una vez por mes, otras veces pasaban dos o tres meses sin verlo. Estuve en tratamiento psiquiátrico porque me cortaba los brazos y el resto del cuerpo. Era de insultar, de romper todo”.

Una vez en libertad, la incertidumbre se apoderó de ella: “No sabía qué iba a hacer sin plata, acostumbrada de tenerla toda”. Empezó a preparar empanadas y viandas para vender por las casas hasta que un día conoció a integrantes de la Corriente Clasista y Combativa (CCC) y se sumó a las actividades barriales, entre ellos el proyecto “Ni un pibe menos por la droga” que, a través de talleres y deportes, aborda la problemática de las adicciones desde la prevención.

Todos los días a la mañana y a la tarde, Cecilia abre las puertas de su casa para los chicos que necesitan una ayuda escolar. “Junto con mi hermana los ayudamos durante algo más de dos horas con las tareas del colegio y les damos un vaso de leche. Son entre siete y ocho chicos que provienen de familias en riesgo o con muchas necesidades”. Señala los dibujos y regalos que le hacen los chicos que acuden al apoyo escolar y las familias. “Eso me reconforta porque saben quién fui y quién soy hoy, y se nota que trato bien a esos chicos. Con mi participación en la CCC encontré la posibilidad de ayudar y ayudarme a mí también en esta nueva vida”.

“No me pesa que me digan ‘la narco’”

Cecilia Soto recuerda perfectamente la última vez que se drogó. Fue en 2016, en la U16 donde cumplía su condena, un año antes de lograr la libertad.

“Los cinco años que pasé en la cárcel los viví drogada porque la droga entra fácil. Un año antes de salir, el juez me habló, me dijo que me portara bien, que iban a venir buenas cosas para mí”, cuenta.

Esa última vez, Cecilia estaba con otras dos presas. “Nos drogábamos con cocaína y pastillas que te vuelven loca. En un momento, a una de ellas le agarró como un ataque de epilepsia, le salía un líquido blanco de la boca. Nunca había visto algo semejante y la verdad es que me asusté. Ahí me dije: ‘Esto no lo quiero más porque quiero salir viva de acá’. Esa vez decidí no drogarme más”, describe. Y agrega: “Yo no quería que un día desde la cárcel le dijeran a mi hijo: ‘Tu mamá murió’”.

Confiesa que la cocaína “era todo” en su vida y que estando presa fueron muchas las veces que pensó en matarse.

Comenta que una vez en libertad tuvo un montón de oportunidades de seguir consumiendo y vendiendo, “pero ya no quería esa vida”. Dice que una vez al mes o cada quince días su cuerpo siente la necesidad de consumir. “Puedo taparlo con un cigarrillo o con una comida, no paro de comer”, dice entre risas. Admite que no le pesa que haya gente que aún le diga “sos una narco” o “una transa que vendía drogas a los pibes”. “Ahora quiero hacer las cosas bien por mi hijo, para disfrutarlo por todo el tiempo que no pude disfrutarlo”, afirma.

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