Pablo Montanaro
Neuquén.- Sebastián tiene 57 años y es el primero en llegar a Pozo Hondo 767, detrás de la parroquia Inmaculada Concepción, donde se encuentra con otros que como él viven en la calle o hacen changas y pasan la noche en el Refugio Gabriel Brochero, que abrió sus puertas el lunes pasado y recibió la bendición desde el Vaticano del papa Francisco. “¿Cómo fue tu día?”, le pregunta Sebastián a Josuá, un joven de 29 años que carga una guitarra con la que se gana unos pesos cantando en la puerta de un banco del centro de la ciudad.
“Me siento cómodo acá pero no dejo de sentir vergüenza”, se disculpa mientras es recibido por los voluntarios del refugio creado por el cura de la parroquia, Carlos Duhourq.
Los voluntarios Marcelo y Mónica los reciben con una cálida y contenedora sonrisa y les sugieren que tomen una ducha antes de que disfruten del guiso que les han preparado. Algunos prefieren acostarse un rato, acaso para sentir el calor de una frazada tras haber afrontado largas horas con bajas temperaturas a la intemperie.
Sebastián cuenta que hace más de ocho meses duerme en la estación de servicio de la calle Fava y que fueron los empleados del lugar quienes le comentaron de la apertura de este refugio, que puede albergar hasta a diez hombres mayores de 18 años.
“Tengo EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica) y hacía mucho tiempo que no comía bien, no sabía lo que era bañarme o dormir en una cama porque en la estación dormía sentado”, describe. Confiesa que en este lugar “encontré una familia, puedo charlar con ellos a pesar de que son más jóvenes que yo, y contarnos nuestras vidas”.
Quienes llegan a este alojamiento transitorio disfrutan de una cena, una cama para dormir y un desayuno. A las 8 se retiran del lugar.
La mirada de Emiliano se pierde en el piso pero contrasta con lo que siente desde el martes, cuando arribó al refugio. Tiene 37 años y hace tres que vive en la calle “porque mi familia me echó por cuestiones de dinero”. Cuenta que se gana unos pesos limpiando los vidrios de los autos en las esquinas y afirma: “Me siento bien acá, nos escuchamos y entendemos”.
Así como Facundo, de 23 años, oriundo de Picún Leufu, durmió en los helados pasillos de los hospitales; José, de 34, lo hizo en los cajeros de los bancos hasta que la Policía lo sacaba. Es la segunda noche que José pasa en el refugio donde encontró “gente maravillosa”, por los voluntarios, y un grupo de personas “como yo, que tiene ganas de progresar”.
Durante el día trabaja en una verdulería, pero “con lo que me tiran en el día no me alcanza para alquilar una casa”, explica el joven.
Cuenta que ayer vio a su hija de 11 años y la llevó a tomar un helado. “Ella vive con la madre”, aclara. Se emociona, contiene una lágrima y confiesa: “No le dije que vengo a dormir al refugio. Le mentí, le dije que duermo en lo de mi mamá. Es que no la quiero hacer sufrir, no quiero lastimarla”, explica.
Antes de que Sebastián ofrezca una oración en agradecimiento a la contención que reciben, Antonio comenta que hace poco cumplió 36 años y la apertura del refugio fue su mejor regalo de cumpleaños.
“Hemos recibido algo hermoso gracias al padre Duhourq, que nos ha brindado este lugar que nos contiene”, resume Sebastián.
Tengo una hija que no sabe que duermo en el refugio. Le mentí porque no quiero que sufra. Cree que duermo en lo de mi mamá”. José. Usuario del refugio.
8 son las camas con las que cuenta el refugio que aloja a hombres mayores de 18 años.
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