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La Mañana Wilson

Wilson, el guardiacárcel ciego, sordo y mudo

Ante las carencias de personal, en la torre de vigilancia más alta de la U11 habían armado un muñeco para fingir que había custodia y a pesar de eso, se fugaron dos presos por un domo.

La cárcel más segura de Neuquén, la U11, que se ubica en el Parque Industrial, goza de un historial de fugas interesantes, entre ellas la que concretaron en julio de 2010 dos presos aprovechando que en la torre de vigilancia más alta del penal había un guardiacárcel ciego, sordo y mudo que habían fabricado las autoridades penitenciarias con una silla alta, un palo, una capa, una pelota y una gorra. La pelota fue la que le dio el nombre de Wilson, en alusión a la famosa película Náufrago, que interpretó Tom Hanks.

Wilson es el botón de muestra de las carencias en las cárceles, muchas aún vigentes, producto del olvido y desinterés del Estado.

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El choque, la punta del ovillo

La historia fue un hallazgo de quien escribe, fruto de la desconfianza que todo periodista debe tener cuando las versiones no cierran. Solo la muerte es capaz de borrar la memoria y los laberintos transitados para haber dado con Wilson.

La tarde noche del sábado 17 de julio de 2010, el dato del vuelco de un móvil con cuatro policías heridos en Alto Godoy disparó mi curiosidad.

En la esquina de 1º de Mayo y 8 de Diciembre, un patrullero de la Comisaría 21 derrapó en la calle de tierra y terminó impactando contra un árbol a metros de la casa de un vecino, que narró no solo el susto que se llevó sino también detalles del accidente.

En el móvil, que transitaba muy rápido, iban cinco policías, y cuando doblaron en dicha esquina, el auto se le fue de las manos al conductor y terminó chocando. Personal de Bomberos debió acudir en auxilio para cortar la puerta del acompañante y así retirar a uno de los efectivos que terminó con las piernas quebradas.

La ambulancia demoró unos quince minutos en llegar y los cuatro heridos fueron trasladados al hospital Horacio Heller, ubicado a solo cinco cuadras del lugar del siniestro.

El resto de los policías asistidos presentaba traumatismos varios propios del fuerte impacto.

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Preguntas

A esa altura, había un móvil estampado contra un árbol, cuatro policías heridos y un vecino que se salvó de casualidad de que el patrullero terminara dentro de su comedor mientras él miraba televisión.

Las preguntas fluyeron. ¿Por qué iba tan rápido ese móvil? ¿Por qué tantos efectivos? ¿Estaban en un procedimiento o fue pura negligencia?

El rastreo me llevó a conseguir algunas respuestas que empezaban a ordenar el panorama.

“Acudían a un pedido de apoyo que solicitaron en toma 7 de Mayo”, confió una fuente, a la vez que otra agregó: “Pasa que, en la toma, estaban tratando de identificar a cinco personas entre las que estaría un preso que se fugó hace un par de horas de la U11 y comenzaron a apedrearlos”.

La historia ahora comenzaba a tomar forma y tenía un trasfondo, más allá del accidente, que la hacía mucho más interesante de lo previsto.

Había una fuga en el penal más seguro de Neuquén, o al menos ese era el discurso político que se mantenía desde su inauguración el 16 de junio en 1995 cuando Jorge Sobisch dirigía la provincia.

La vida en los pabellones

Ese sábado 17 de julio de 2010, las visitas habían acudido a la U11, donde las carencias de personal penitenciario estaban vigentes.

“La guardia externa tuvo que recurrir a personal de Requisa para poder controlar la muralla”, confió un viejo penitenciario.

La guardia interna, por su parte, trabajaba controlando que las horas de visita transcurrieran con normalidad.

Del pabellón 1 al 5, en esa época, siempre se prestaba más atención porque allí estaban los presos complicados. De hecho, un mes antes habían logrado frenar la fuga de un interno del pabellón 2 que quiso escapar disfrazado de mujer.

“Un penitenciario con memoria fotográfica vio una rubia con cara conocida y de inmediato se ordenó sellar el penal. Se hizo la requisa en el pabellón y advirtieron una ausencia. A los familiares, que fueron frenados a metros de la salida, se los identificó y así advirtieron que la rubia era uno de los presos, que se había disfrazado para tratar de sortear los controles, por lo que se abortó el intento de fuga”, relató otro penitenciario que pasó a retiro hace un par de años.

El pabellón 6 estaba dividido en dos. En un sector, estaban las celdas de ingreso, donde pasan un par de semanas los nuevos presos, a quienes se los observa y luego se determina a qué pabellón serán derivados. El otro sector, tenía unas 15 celdas donde se aislaba a internos de mala conducta o a aquellos que por problemas con otros presos corrían riesgo. Ninguno de estos internos tenía visitas.

Por otro lado, en el pabellón 8, denominado “de los religiosos”, la tarea de control se veía mermada porque dentro de todo era bastante tranquilo. El principal problema que solía darse eran discusiones entre los practicantes umbandas y los evangelistas, los cultos con más fieles en la cárcel.

“Cada tanto había fuertes discusiones, porque en sus celebraciones hacían rituales y cánticos que entorpecían la celebración de los otros. Pero no pasaba más allá de eso”, reveló el informante.

Finalmente, en el pabellón 7 y las casas de preegreso, que eran los más tranquilos, incluso se festejaban cumpleaños porque estaban los internos de buena conducta y varios a los que les faltaban meses para recuperar la libertad.

“En esos sectores no necesitabas mucho control y tampoco se los engomaba. Eran todos muchachos que estaban a punto de salir y hacían buena letra”, recordó la fuente.

Fue justamente del pabellón 7 de donde se fugaron dos internos, hecho que sorprendió a los penitenciarios.

La primera versión

La noche de ese sábado, tras varios pedidos, la jefatura confirmó la fuga y explicaron que los internos habían escapado junto con la visita. Es decir, se habían ido caminando de la cárcel como si fueran familiares que estuvieron durante la tarde de visita en el penal.

La fuga la advirtieron al hacer el recuento de presos en cada uno de los pabellones. Así, confirmaron que se trataba de Walter Pozo (33) y César Andrés (26), quienes cumplían condena por robo con arma y les restaban un par de meses para salir en libertad.

La versión, si bien era oficial, daba cuenta de una fuga de película, cuasi insólita, porque cuando se ingresa al penal uno deja el DNI y al retirarse se lo devuelven. Ese es el mecanismo de control más básico y práctico.

¿Cómo fue que nadie lo haya advertido? ¿Hubo relajo en los controles?

La respuesta oficial solo se limitó a explicar que estaban observando las cámaras y domos de seguridad, que se instalaron a los pocos meses de inaugurado el penal en 1995 y que todavía grababan en formato VHS. Es decir que la calidad de los registros era muy precaria.

La historia resultaba difícil de digerir. Era todo muy simple, absurdo y hasta abría la puerta a una red de complicidades de muchos penitenciarios como para que dos presos salieran por la puerta principal como si nada. Aunque en el mundillo carcelario nada es imposible, ya que presos y penitenciarios juegan desde siempre para ver quién burla a quién: los internos estudiando las mil y una formas de escapar u obtener beneficios, y los penitenciarios agudizando sus ojos y oídos para tratar de adelantarse a los movimientos de los condenados.

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El periodista que investigó y descubrió a Wilson en la U11. De fondo la torre de vigilancia donde estuvo apostado por años el muñeco.

El periodista que investigó y descubrió a Wilson en la U11. De fondo la torre de vigilancia donde estuvo apostado por años el muñeco.

A patear la calle

En un intento por constatar lo ocurrido, me sumergí, a través de uno de mis contactos, en una toma del oeste neuquino, más precisamente en la casa de un penitenciario en actividad en ese entonces.

La vivienda era un verdadero búnker. El frente estaba cubierto con chapas y la casa no tenía ventanas a la calle. El lugar era por demás oscuro de no ser por el foco que le daba un toque lúgubre a la cocina comedor.

“Pasa que algunos familiares de presos, que saben que soy penitenciario, cada tanto pasan y tirotean la casa”, me explicó el hombre mientras su esposa preparaba unos mates.

De esa charla, de más de una hora y con dos pavas, cuatro cambios de yerba y unos cinco cigarrillos de por medio, surgió la segunda versión de la fuga.

“¿Sabías que el domo que está frente al puesto 1 (la torre de vigilancia más alta donde está la cisterna del penal) no funciona desde hace meses?”, señaló. “No, pero sabía que las cámaras son muy viejas y que varias ya no están en actividad”, respondí. “Bueno, los dos prófugos se treparon por el caño del domo y así lograron sortear el muro que tiene 4,80 metros y luego los cercos”, detalló.

“Es alto el muro”, dije, dejando caer la pregunta de manera indirecta.

“No sabés las cosas que pueden hacer estos muchachos y lo hábiles que son cuando la prisa los corre”, indicó.

La charla derivó en otras falencias que ya habían sido reclamadas a las autoridades políticas, que hacían oídos sordos, y también hablamos de los miserables salarios que cobraban. “Cualquier penitenciario que esté muy jugado económicamente se podría prender en cualquiera, porque ahí las oportunidades de hacer arreglos aparecen todos los días de uno y otro lado del muro”, reconoció el guardiacárcel.

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De Wilson y las falencias

Salí de la casa cuando el sol caía. Mis zapatillas estaban llenas de tierra y tenía una larga caminata por delante, así que con un cigarrillo en mano comencé a pensar con quién contrastar el dato. Tras un par de llamados, conseguí la confirmación de la fuga por el domo y otra reunión clandestina me aguardaba.

Esa vez, me junté con dos penitenciarios. La dinámica de la fuga fue la ya descripta, pero acá salió a la luz otro dato.

“Se fueron por el puesto de Wilson”, dijo uno de los penitenciarios. “¿Wilson? ¿Quién es? ¿El penitenciario que estaba en la garita?”, le pregunté. “No, es la pelota que está ahí hace años”, contestó como si nada uno de ellos. “¿Una pelota? ¿Es joda?”, exclamé, creyendo que era una forma que tenían ellos de descalificar a un compañero al que burlaron durante su guardia en la torre más alta del penal.

Después de unas miradas cómplices entre ellos, que a las claras incluían una suerte de pregunta —¿le contamos? —, asintieron con la cabeza y comenzaron a batirme la justa.

“Hace varios años, unos cinco (2005), que en esa torre se puso a Wilson. Se le ocurrió al que en ese entonces estaba a cargo de Unidades de Detención y tenía una casilla rodante afuera de la U11 porque no quería estar dentro de la cárcel”, me contaron.

Averiguando, después descubrí que se trataba de Jorge Aldo “Coco” Laserna, que en 2007 se convirtió en subjefe de la Policía, rol que ocupaba al momento de la fuga.

“Wilson es una silla alta con un palo, una pelota clavada, una capa de lluvia y una gorra”, describieron los penitenciarios.

Después, con el tiempo, otro guardia de la U11 me contó que cuando él entró a trabajar al penal, “en la guardia externa había una foto de Wilson, incluso algunos muchachos estaban posando con él”.

En el camino de reconstrucción de la historia de Wilson, pude saber que comenzó siendo una escoba de paja enganchada en la silla alta que había en la garita, cubierta con una capa de lluvia y una gorra. Luego, mutó a un palo con una pelota, la capa y la gorra.

“El nombre se lo puso el Coco, por la película Náufrago. Todos los que pasaron por la U11 en esos años sabían que estaba Wilson en la torre. Se lo puso ahí por la falta de personal. Pero, de donde miraras a la torre, parecía que había alguien ahí. Cada tanto los muchachos se daban una vuelta, se quedaban 5 o 10 minutos, lo acomodaban un poco y bajaban. Esto les hacía creer a los presos que desde la torre los vigilábamos”, confió el guardia.

La idea no solo surgió por la falta de personal, sino porque ya alguien la había aplicado antes.

“El primo de Wilson trabajaba en la U9”, contó el penitenciario con una sonrisa cómplice. Justamente, la idea nació de un recurso que supo utilizar la Cárcel Federal del Sur, en pleno centro neuquino. En los puestos más alejados de la muralla habían armado también un muñeco para suplir la falta de personal, un factor común en todas las cárceles del país.

Confirmación oficial

Con el dato contrastado, dos días después de la insólita fuga de la U11, regresé a la redacción donde trabajaba en ese momento y conté la otra historia, es decir la fuga or el domo, revelando la existencia de Wilson y todas las carencias del penal olvidado en el Parque Industrial.

Entre los datos clave relevados, estaba que los videos de las cámaras de vigilancia no pudieron ser visionados ya que el domo y casi la totalidad de las cuarenta cámaras del sistema de seguridad del penal estaban fuera de servicio desde hacía más de seis meses por falta de fondos para repararlas.

“De esto se informó en más de una ocasión a las autoridades”, ratificó una de las fuentes consultadas, que agregó que los monitores que tenían eran blanco y negro, y varios estaban quemados. Además, todavía utilizaban videocaseteras, pero no grababan y parte del cableado externo se encontraba en muy mal estado porque al sistema nunca se le hizo mantenimiento en 15 años.

Frente a las carencias, la voluntad y el ingenio primaban en la U11. De las 15 garitas de vigilancia que tenía en esos años, solo en dos había personal apostado, uno en cada extremo del predio.

“Después tenemos en una garita a Wilson, para que los presos vean una sombra y crean que están vigilados. Cuando estaban detenidos los terroristas chilenos acá, Wilson estaba firme las 24 horas”, confió la fuente, que recordó que en ese entonces se había frenado un ingreso de trotil al penal y luego se logró abortar la extracción de los terroristas que se iba a realizar con un plan muy elaborado y, de acuerdo con la información que manejaba el consulado de Chile en Neuquén, colaboraba en la preparación una célula de la ETA.

Wilson recorre el mundo

La noticia, por todos los detalles claves que contenía, generó impacto en la provincia.

El jefe de Unidades de Detención en ese momento, Daniel Verges, reconoció oficialmente por LU5 la existencia de Wilson y de todos los avatares que habían salido a la luz en la nota publicada en papel.

Tanto al Gobierno como a la Policía, hay verdades que no hay que reconocer nunca; por eso, la honestidad le terminó jugando una mala pasada a Verges, a quien terminaron desplazando un año después hasta que finalmente se terminó retirando de la fuerza.

La bajada de línea del poder fue más que clara.

La jefatura inició una investigación interna y en la U11 a Wilson lo desaparecieron.

“Uno de los jefes del penal fue hasta la guardia externa, sacó y rompió la foto que había de Wilson”, reveló un penitenciario que presenció la escena.

El muñeco, a nivel mediático, generó más impacto que todas las falencias que tenía la seguridad del penal. Fue así que medios nacionales e internacionales lo replicaron (BBC y The Guardian) y hasta una empresa multimedia hizo una animación para dar cuenta de la fuga que hubo en la Patagonia argentina.

Two dodge dummy guard, escape from Argentina prison

En Neuquén, las autoridades no tardaron en anunciar una inversión millonaria para mejorar las condiciones de seguridad de la U11 y el recambio del todo el sistema de videovigilancia.

El impacto del muñeco fue tan grande, que muchos se olvidaron de contar que a los presos los recapturaron en menos de una semana.

Uno fue atrapado en una toma del oeste neuquino donde lo estuvieron guardando unos días.

El otro, fue entregado por un ex policía que lo vio en Cutral Co.

Solo un anécdota

A la fecha, Wilson es una anécdota que suelen contar los viejos penitenciarios a los nuevos para que conozcan cómo se las ingeniaban en esos años para mantener la seguridad del penal ante la falta de recursos.

“La cárcel es algo que no le interesa para nada a la política. En 2011, la división de canes que tenía el penal desapareció, la iluminación de la U11 es paupérrima, no se pueden cubrir los 12 puestos fijos que hay en la actualidad. No hay sistema contra incendios, ni ambulancia y tampoco gabinete asistencial. Además, el proyecto para crear el servicio penitenciario sigue cajoneado”, resumió un avezado penitenciario que advirtió que tras la entrega de la cárcel de Senillosa al sistema federal, los penales neuquinos quedaron al límite y todavía no se avanza con los supuestos proyectos de ampliación de las cárceles de Neuquén, Cutral Co y Zapala.

En definitiva, once años después de la irrupción del muñeco, se comprueba que Wilson no era más que otro náufrago de la ausente política penal neuquina que no muestra avances.

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