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Artidoro Paredes, el ladrillero que sigue trabajando a los 83 años

Este simpático personaje de la ciudad de Plottier mantiene su pasión por el trabajo. Dice que eso lo ayuda a vivir y a curarse de las enfermedades.

Artidoro Paredes camina ligeramente encorvado, lo que hace que su 1,61 de altura lo haga parecer más pequeño de lo que ya es. Sin embargo, su aparente frágil estructura esconde en su interior una fortaleza sin límites. Es decir, no son los 83 años que carga sobre su espalda o el porte que tiene, sino las ganas de hacer y trabajar que lo mantienen activo a esta altura de su vida.

Nació en el paraje rionegrino Michihuao, tierra donde domina la estepa, los arbustos bajos y los hombres duros de campo, como su padre, un tropero que eligió ese lugar para asentarse con su mujer y sus seis hijos.

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Artidoro dice que no sabe bien por qué se fueron del lugar. O mejor, dicho, recuerda que fue la muerte la que los corrió. Cuenta que en poco tiempo una hermanita murió a los 4 años, luego otra siguió el trágico destino a los 14 y finalmente lo hizo su madre. “Acá te han hecho algo; andate a otro lado”, le dijo un curandero al padre de familia. Nunca supo el por qué de esas ausencias repentinas, pero el tropero le hizo caso. Cargó a tres hijos que todavía eran chiquitos, dejó a una beba al cuidado de sus padres y se fue a buscar otro destino.

La familia anduvo por Balsa las Perlas, Aguada Paso Córdova, Neuquén y luego Plottier, ciudad donde Artidoro echó raíces.

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Atidoro Paredes:

Atidoro Paredes: "Trabajo porque me hace bien a la salud".

Dice que desde chico trabajó en todo lo que pudo. Lustró zapatos, cortó el pelo, aprendió el oficio de ceramista, faenó animales en los mataderos de Centenario y Plottier, horneó ladrillos y también fue empleado municipal.

“Lo primero que hacer es trabajar honradamente. Y después cuidarse de los demás porque la mamá ya no está para que lo cuide a uno”, asegura entre risas en el patio de la casa donde vive con su mujer. Allí tiene una pequeña huerta con plantas y animales y una suerte de taller donde trabaja reparando cosas. Por supuesto, que los ladrillos son infaltables en su vida. Una enorme pared de bloques recién horneados se levanta en un rincón del patio a la espera de una venta o, tal vez, de una futura ampliación.

“Volví a hacer ladrillos porque me hace bien a la salud. Yo estaba en casa, pero me sentía mareado, me dolían las rodillas, la espalda, los brazos. Y además estaba aburrido regando las plantas o dándoles de comer a las gallinas. Cuando volví a trabajar en el horno se me pasaron todos los dolores”, cuenta.

Sus hijos no lo podían creer. Le recordaban que no tenía ninguna necesidad de hacer un trabajo tan pesado, pero Artidoro no les hizo caso y siguió con su pasión de ladrillero.

Durante todo el verano se iba a las 8 de la mañana y volvía a las 7 de la tarde. Hacía una pausa para almorzar y seguía horneando, cortando y apilando, pese a los sofocantes que calores que –según él- no los siente porque está entretenido en su tarea. No obstante, las tardes interminables de sol dejaron huellas en su piel curtida y bronceada, como también el trabajo de fuerza dejó una impronta en sus manos pequeñas y tan duras que parecen bloques de piedras articulados. Pero él insiste que está bien, que no lo afecta.

“Según los doctores tengo de todo, diabetes, colesterol, presión, pero todo está controlado y no los siento”, dice.

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Artidoro con un ladrillero de juguete que le regaló una de sus hijas.

Artidoro con un ladrillero de juguete que le regaló una de sus hijas.

Si bien ama el oficio de ladrillo, Artidoro reconoce que también le gusta la literatura gaucha, especialmente el Martín Fierro, libro que leyó a lo largo de su vida, gracias al séptimo grado de primaria que logró terminar. Dice que era común que la gente del campo lo recitara en alguna payada o lo recordara en recitados cada vez que se juntaban para comer un asado.

“Ahora la computadora no me anda”, reconoce y se toca la cabeza, aunque hace el esfuerzo y rescata versos que estaban escondidos en su memoria, igual que lo hacía hasta hace poco con un grupo de viejos que se juntaban en la plaza. Dice que se divertían tanto que siempre estaban a las carcajadas en cada contrapunto que intentaban. “Pasaba la gente y seguramente se preguntaba ‘¿de qué se reirán estos viejos?’”, comenta y disfruta mientras lo hace.

Las últimas tormentas marcaron el fin de la temporada del trabajo en el horno porque es el anuncio de que el otoño avanza y que se vienen los fríos en serio. Dice que reanudará sus tareas en septiembre cuando mejore el tiempo y que espera que pase rápido el invierno para volver a hacer lo que tanto le gusta.

La pregunta obligada al final de la entrevista es hasta cuándo piensa seguir trabajando. Y Artidoro piensa, se frota las manos y finalmente contesta: “Mientras trabaje sé que no me voy a morir”.

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