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La Mañana pandemia

Atravesó toda la pandemia sin gusto ni olfato: "Vivo con miedo de contagiar"

La pandemia le pospuso una operación que se los devolvería. Sin poder darse cuenta si tenía el COVID, Marta contó su historia en LMN.

Marta Lepe está esperando que la pandemia termine para poder volver a tener gusto y olfato. Convive hace años con un pólipo nasal que no solo le impide saborear y oler, sino que le es casi imposible percibir síntomas de COVID. Hisoparse es una misión complicada y lo que le preocupa es “contagiar y matar”.

Pero su cuadro es aún peor. Hace cuarenta años le diagnosticaron un asma severo, que la invitó a irse de la ciudad de Neuquén una vez jubilada. Hace dos años se radicó en Ramón Castro, una localidad a 40 kilómetros de Zapala, en donde logró hacer su casa.

La voz de Marta hace creer que tiene un resfrío. Pero no estornuda ni tiene mocos. El sonido sale sucio, trabado. “Acá soy feliz”, dijo con una sonrisa la mujer de 67 años, al acercarse a la ventana y ver un paisaje seco, repleto de tamariscos y sin movimiento de autos por la calle. Resaltó la tranquilidad en la que habita, mientras una pared de plantas de interior le da color y vida al ventanal que atraviesa el frente de su hogar.

Ramón Castro Pandemia Olfato Vacunada Vecina COVID Miedos Síntomas (2).jpg

Hace menos de un mes que terminó su casa, y solo los invitados y su marido pueden percibir el olor a la madera recién laqueada. La calefacción es con un fogón a leña que está a un costado del salón al lado del dormitorio. No hay puertas interiores y la única separación es una cortina. Cocina en un horno a garrafa y tanto el pan o las milanesas que vende tienen la cocción cronometrada. “Acá no funciona el olor a tostado para sacar el pan”, dijo, tras sonreir.

Sale poco. Antes de que comience la cuarentena, los médicos le recomendaron que se quede dentro y salga lo menos posible. El viento con tierra seca le pueden complicar su cuadro. Por eso, armó su hogar repleto de plantas para “seguir conectada a la naturaleza” y no tener la necesidad de “andar por la calle”.

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Conoce lo justo y necesario los dos comercios que hay entre las 46 casas de Ramón Castro. Su marido es quien sale y hace todo los mandados. Dice que no necesita nada de afuera y ahora, con la pandemia, le da miedo “ir contagiando por ahí”.

Si bien es consciente de lo peligroso que puede ser el COVID para su salud, a ella lo único que le preocupa es contagiar. No se puede dar cuenta si en algún momento transitó la enfermedad, ya que el único síntoma que podría tener es dolor de cabeza o alguna otra problemática si el cuadro se le llega a agravar. “Y si esto último pasa, puedo haber contagiado a alguien. Por eso tampoco ni salgo”, contó.

Marta Lepe - Primera vecina vacunada de Ramón Castro

El único televisor que tiene en la casa le repitió desde el 20 de marzo de 2020 que las personas que tienen asma, “si se contagian, tienen grandes probabilidades de morir”.

A Marta no le preocupa esa “etapa de la vida” y se siente tranquila en esta pandemia. “Conozco mi enfermedad y sé cómo manejarme”, relató segura, al decir que ya vivió otras epidemias y que las medidas de seguridad las conoce y las respeta.

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Es que para Marta no cambió su rutina por la pandemia. Sus trabajos domésticos en costura y la comida que vende, sigue siendo el mismo. El encierro le gusta, pero la suspensión de muchas operaciones le prolongó la falta de todos los sentidos: “Estoy esperando que todo se acomode para solucionar estos pólipos nasales”. Lo dice, sin mayor preocupación. Tranquila, entre risas, casi sin el deseo de volver a oler y sentir. “Es que uno ya se acostumbra”, agregó.

La tranquilidad del pueblo se refleja en sus movimientos: lentos, tranquilos, sin sobresaltos. Por la calle aún no pasó nadie y no sonó ningún aparato. El televisor apagado, el celular en silencio al fondo de un armario y sin teléfono fijo. Cuando nadie hablaba, sólo se escuchaban los troncos hacerse brasa, mientras el agua hierve con piñones dentro.

“Qué mal que no pasaron más tarde, en un rato iban a estar mejores”, dijo al sacar una decenas de estas semillas de araucarias. “Están ricas”, aseguró al comer una casi hirviendo. “Si le pondríamos ajito, quedan un lujo”, repitió y dejó en claro que “algunos sabores no se olvidan”.

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Desde su cocina de Ramón Castro planteó que no se arrepiente de haberse ido a vivir allí. La ciudad la aturdió y el silencio de este pueblo, la calmó. Agradece haber transitado la cuarentena en el lugar donde está y ostenta ser la primera vecina vacunada: “El enfermero de la posta sanitaria me preguntó, dije que sí. Me tomó unos datos y a los días, me vino a avisar que tenía turno en Zapala. Todo muy rápido y fui la primera”.

A la espera de la segunda dosis y saboreando el recuerdo de los platos que cocinó, Marta disfruta el silencio. Contagia tranquilidad con sus movimientos y cree que nunca se contagió. “Yo aún no sé si tuve este bicho. Lo que sí sé, es que hoy estoy acá, viviendo y cada vez me sale más rica la comida”, concluyó.

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