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Bombazos y broncas cada vez que llamaban a misa en Neuquén

La historia de la campana de la vieja capilla de Neuquén y una costumbre tan particular como ruidosa.

Los vecinos estaban cansados de los estruendos y tomaron una decisión que les cambiaría la vida o, al menos, les permitiría un poco de tranquilidad cada vez que el cura avisaba que estaba por empezar la misa. Por eso se pusieron en campaña para comprar una campana para la flamante capilla Nuestra Señora de los Dolores, construida en 1907, tres años después de que se fundara la ciudad.

Durante muchos años, desde los primeros comienzos de Neuquén como la nueva capital del territorio, el uso de las bombas de estruendo fue la manera más rápida y eficiente de comunicar algo urgente e importante, además de ser parte de todo tipo de festejos.

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Estaba por empezar el corso de carnaval en las calles Mitre y Sarmiento, disparaban un bombazo para que todos se enteraran. Inauguraban un lugar público, otro bombazo para celebrarlo. Y así ocurría siempre, durante la previa de las películas que se proyectarían en el cine, los desfiles de las fechas patrias, la llegada de alguna personalidad o el aniversario del pueblo. Todo se anunciaba o festejaba con bombazos.

Muchos ya estaban acostumbrados porque lo vivieron desde el primer día que Neuquén se convirtió en la nueva capital. Para recibir la llegada del ministro del Interior Joaquín González y todas las personalidades políticas que venían con él desde Buenos Aires, aquella noche del 11 de septiembre, la comitiva de bienvenida había preparado varias bombas para detonar cuando el tren llegara a la estación.

Todo estaba listo para que la formación pisara el suelo neuquino a las 12 de la noche, pero el viaje se demoró más de lo previsto y la locomotora recién apareció a las 3 de la mañana. Era realmente tarde, la madrugada se presentaba fría y ventosa, y muchos vecinos se habían ido a dormir cansados de esperar. Pero el protocolo oficial, que incluía numerosos fuegos artificiales de estruendo, había que cumplirlo a rajatabla. Y así fue como la tranquilidad de la noche se hizo añicos con varios bombazos apenas González puso un pie en el andén. Muchos se despertaron asustados, pero inmediatamente entendieron el ruidoso mensaje: finalmente había llegado el ministro.

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A partir de ese momento, las bombas de estruendo se hicieron cada vez más populares en el pueblo, aunque no todos estaban conformes. Una cosa era estar preparado para la detonación cuando uno sabía que estaban por encender la pirotecnia (como en las fiestas o los aniversarios), y otra era que lo agarrara desprevenido y concentrado en cualquier quehacer cotidiano para que le anunciaran algo de semejante manera. Los perros salían corriendo asustados, los niños lloraban, los viejos pegaban tremendos saltos en la silla. ¿No había otra manera?

El cura encargado de celebrar la misa siempre estaba preocupado por la presencia y puntualidad de los feligreses que en aquel entonces eran bastante reticentes para concurrir a la capilla. Y para recordarles que la ceremonia estaba por comenzar, no tuvo mejor idea que sumarse a la tradición. Quince minutos antes de la celebración, bombazo; actividades religiosas que estaban por comenzar, más bombazos.

Un grupo de vecinos –especialmente los que vivían cerca de la capilla- se reunieron un día para analizar la situación y tratar de ponerles fin a estas prácticas ruidosas. Si bien sabían que las bombas seguirían en otros acontecimientos, al menos intentarían que el cura terminara con los estruendosos anuncios de las misas.

No se sabe bien la fecha. Se cree que en la década del 30 decidieron juntar fondos para comprar una campana para la capilla. Y así terminaron con las insoportables bombas.

A partir de esta iniciativa, todos los mediodías, la campana comenzó a sonar 12 veces, y otras tantas a la medianoche. También replicaría el metal quince minutos antes de las misas y el resto de las celebraciones religiosas que se organizaban, con sonidos intensos y más relajantes; acaso más solemnes como los que se escuchan en la gran mayoría de las iglesias del mundo.

A casi un siglo de aquella anécdota, la campana de la capilla Nuestra Señora de los Dolores sigue colgada en lo más alto del edificio ubicado en la Avenida Argentina donde ahora funciona una librería de artículos religiosos. Descansa inmóvil y en silencio desde que se construyó la catedral María Auxiliadora y se muestra de manera discreta como un testigo eterno de la vida social de los neuquinos.

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El crecimiento del pueblo y la urgencia de un lugar más grande

La capilla de Nuestra Señora de los Dolores fue inaugurada el 12 de siempre de 1907, al cumplirse el tercer aniversario de la nueva capital del territorio de Neuquén.

Su nombre es un homenaje a Dolores Palmes, esposa de Casimiro Gómez, el hombre que donó el terreno para que se construyera aquel templo, en pleno corazón del pueblo.

Durante la ceremonia, que encabezó el gobernador Eduardo Elordi y de la que participaron todos los vecinos, se repartieron medallas recordatorias, hubo discursos alusivos y la banda de música se encargó de darle un marco festivo a semejante acontecimiento social.

El crecimiento que tuvo Neuquén a lo largo de los años obligó a la población en pensar en un nuevo templo que albergara a más cantidad de gente.

En la década del 50, una comisión de vecinos se encargó de recaudar los fondos para comenzar la construcción del nuevo templo al lado de la vieja capilla.

La obra estuvo detenida algunos años y fue retomada en la década del 60 con la llegada del primer obispo, Jaime de Nevares.

Tienen los lotes que gestionó en 1935 el obispo de Mendoza (y los autorizó el gobierno nacional) para que en un futuro se pudieran construir una nueva iglesia y la casa parroquial.

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