Corría el mes de junio del ’92 y en aquel departamento de soltero del barrio de Palermo “Un vestido y un amor”, “La rueda mágica”, “Creo”, “A rodar mi vida” y los otros diez temas sonaban todo el tiempo. Como también en cualquier radio que uno sintonizaba. Se sentía que iba a haber un antes y un después de ese disco (en mi caso, casette) que llegó a ser el más vendido de la historia del rock argentino y que consagró al músico rosarino Fito Páez, ese hombre flaco con pelo largo que tenía apenas 29 años.
Más allá de todo lo que sabemos acerca de las mujeres que inspiraron la canción que da título al álbum, lo interesante es justamente la reiteración de una palabra en el título, con todo el significado que tiene, es decir conjugar ese amor presente con ese amor pasado.
Cada letra tiene una poética, hay una plenitud y una alegría que trasciende y que al volverlas a escuchar nos lleva a momentos de verdadera felicidad. Un disco que se metió en el corazón de toda una generación. Y no es una exageración, con solo ver lo que ocurrió el 1 de junio, fecha del lanzamiento del disco en 1992, con las redes sociales que desbordaron de anécdotas, trivias y recuerdos de los usuarios que expresaban lo que realmente significó este disco que forman parte de la historia del rock nacional. Acaso el mismo Fito nos respondió por qué esas canciones nos marcaron por qué nos genera tanta felicidad escucharlas treinta años después: “todas las sensaciones ligadas a ese álbum fueron y son muy hermosas”, dijo el músico. El inconsciente colectivo transformó esas canciones en verdaderos himnos y así fue que volvimos a cantar y a saber que “Nadie puede/ Y nadie debe/ Vivir, vivir sin amor”.
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