Carlitos, un gigante que se gana la vida en la calle

Juan Carlos Philips. Es uno de los vendedores ambulantes más conocidos del microcentro y del Bajo. Un hombre que se repuso ante la adversidad.

A los pocos días de su nacimiento lo trasladaron de urgencia a La Plata. Tuvo una fuerte meningitis que se le fue a los huesos y le ocasionó problemas de crecimiento.
Hace más de 20 años que trabaja en la calle. A la mañana está cerca de la Catedral y a la tarde en el Bajo.

Gerardo Rodríguez
rodriguezg@mail.com.ar


Es una tarde calurosa, el sol quema. Carlitos está sentado en su cuatri y mira hacia ambos lados a la espera de que alguien se detenga. Un hombre se acerca, sonríe, compra y sigue su camino. Carlitos le agradece. Algunos nenes que lo conocen lo saludan con un "hola, amigo" y luego con un choque de puños.

Juan Carlos Phillips nació hace 51 años en Esquel, provincia de Chubut. Se crió en Catriel hasta los 20 años y hoy vive en Neuquén. Es el mayor de tres hermanos y reconoce que aún le cuesta hablar de sus padres. Vive con Gastón, el hijo de una familia vecina, al que cuida desde los 4 años.

Su vida no fue fácil. A los pocos días de su nacimiento lo trasladaron de urgencia a La Plata. Tuvo una fuerte meningitis que se le fue a los huesos y le ocasionó problemas de crecimiento. Más tarde lo llevaron a Mar del Plata, donde fue recibido en un centro para discapacitados regenteado por monjas. Ellas se ocuparon de él, lo cuidaron y le brindaron una educación. De su familia, hasta ese momento, nada se sabía.

A los 9 años localizaron a su madre en General Roca. "Mi mamá me fue a buscar porque, según el doctor que se ocupaba de mí, me quedaban sólo 12 años de vida. Parecía que la meningitis se me había extendido. Sin embargo, fue al revés: a él le quedaban 12 años, porque, cumplida esa fecha, se murió el doctor", recuerda Carlitos, y agrega: "Me quiso mucho, pero se ve que como estaba muy enfermo buscó a mi familia urgente, para que yo no quedara abandonado en el hospital".

Sus padres estaban separados. Carlitos vivió hasta los 13 años con su mamá y después se fue a Catriel con su papá.

Yo ayudé a una mamá, que tiene siete hijos. Como la veía sufrir mucho, le dije que estaba dispuesto a cuidarle uno y así fue".

A los 14 años, con una enorme necesidad de conocer el mundo, se enfrentó a su padre y le rogó que lo dejara trabajar. "Le dije: '¿Me vas a dejar salir o no? Yo quiero conocer la calle para trabajar y levantar vuelo'". Su padre preocupado no se animaba a otorgarle el sí, pero le prometió que lo iba a pensar. Finalmente aflojó, pero le pidió que se cuidara de la gente mala.

Su primer trabajo fue en una confitería en Catriel lavando copas. Después, tras mucho recorrer, consiguió un trabajo en la Municipalidad, donde se estabilizó y se fue ganando un lugar.
"Un día estaba trabajando, cuando vino un compañero de mi viejo y me dijo que mi papá estaba internado en Neuquén. Yo no conocía dónde quedaba, así que le avisé a mi mamá y nos vinimos", explica.

Con su padre internado quiso alquilar un departamento, y no fue sencillo: "Me miraban de arriba abajo y no me querían dar nada. Yo les decía que me podía mover, abrir la puerta y hacer de todo, pero ellos nada". Después de tanto buscarlo y gracias a la ayuda de su mamá pudo conseguir su lugar.

Durante la enfermedad de su padre no le quedó otra que salir a ganarse la vida. Al principio trabajaba casi todo el día, dormía dentro de un restaurante para ahorrar tiempo y dinero. Utilizaba el dinero para comprar los remedios que hacían falta, pero no le alcanzaba. La lucha se prolongó durante tres meses, hasta que de un momento a otro, su padre falleció producto de un cáncer.

Hace más de 20 años que trabaja en la calle. Su horario es de lunes a viernes de 8 a 19. Por la mañana se ubica cerca de la Catedral y durante la tarde en la esquina de Mitre y Olascoaga. Los sábados trabaja medio día y los domingos asiste al trueque del oeste.

Antes subía ayudado de sus pies y manos al colectivo, la gente lo asistía con la silla de ruedas. Después, en el centro se movía solo. Recuerda que la idea de comprar un cuatriciclo fue de su cuñado, y lo obtuvo con sus ahorros y ayuda de la gente. El primer cuatri le daba grandes dolores de cabeza. Muchas personas juntaron plata y le regalaron los dos siguientes. Después lo fue renovando hasta que llegó al que tiene ahora, que está completamente adaptado a sus necesidades.

"Me ha cambiado el sistema de trabajo. Voy al súper, me ponen en una sillita de ruedas, compro todo y lo guardo en el cuatri, así no tengo que andar molestando a nadie y hago mis compras".

Carlitos dice que hay mucha gente fría y que muchas veces lo ignoran. Pasan a su lado haciendo de cuenta que no existe, y eso lo pone de los pelos.

Vuelve a hablar de Gastón y menciona que lo acompaña en las tareas de la casa: "Yo ayudé a su mamá, que tiene siete hijos, como la veía sufrir mucho le dije que estaba dispuesto a cuidarle uno y así fue. Ahora va a la casa de la madre y la carga, le dice vecina". Asegura quererlo como al hijo que nunca tuvo. "Él trabaja, es pintor, piensa estudiar leyes y eso es un orgullo para mí", cuenta.

Reconoce que de chico sufrió mucho: "Nunca recibí una caricia, un te quiero". Admite que esos fueron los errores de los padres de antes. "Cuando Gastón viene triste, yo lo abrazo, le digo que ya le van a salir las cosas mejor".

No piensa dejar su trabajo pronto, está decidido a hacer un esfuerzo más como lo ha hecho a lo largo de toda su vida. "Cuando el nene egrese de las leyes ya no laburo más, directamente cuelgo los guantes", concluye.


De la pena de amor a la fe


Tras la muerte de su padre, Juan Carlos conoció una mujer de la que se enamoró. Un día viajó a cobrar un dinero y, cuando regresó, su mujer se había ido tras hablar con su madre. Nunca más la vio.
"Me volví tan loco que me tomé el tren y me fui a Buenos Aires. Sin pensarlo me arrojé en plena Avenida 9 de Julio. Ni un auto me tocó, ni uno", cuenta Carlitos.

En ese momento, un chico le gritó: "¿Qué estás haciendo, loco? ¡Te vas a matar!". "Sí, yo me quiero matar", respondió.

"Luego, ese joven me dijo: 'Jesús te ama, te dio la vida, vos no podés hacer eso'. Ahí reaccioné y comencé a creer en Dios. Antes de despedirnos me dijo: 'Vos tenés una oportunidad; acordate, Carlitos, de que vas a ser alguien en esta vida'. Sé que lo logré".

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