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Castrón Rendón y Oscar Arabarco, padres del hospital regional

Ambos fueron pilares del centro de salud de Neuquén desde inicios.

En los primeros años del siglo XX, aún no había sala hospitalaria en el territorio del Neuquén. El Gobernador Carlos Bouquet Roldán decidió poner fin a esta situación.

Al año siguiente de la instalación de la capital, designó una comisión compuesta por el Dr. Julio Pelagatti, don Pedro Linares y él mismo, para elaborar una estrategia que condujera a la construcción del hospital. La sociedad recaudaba dinero, para tal fin organizaba kermeses, entre otras cosas.

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En 1910 arribó, en tren, al Alto Valle el delegado del Ministerio. Se bajó unos kilómetros antes de llegar a Neuquén, en Allen. Portaba una carta que enviaba el Presidente de la República y debía ser entregada a don Patricio Piñeiro Sorondo, a la sazón fundador de la localidad rionegrina.

En la misiva, se le comunicaba la intención de instaurar un hospital en Neuquén. Cuando partieron hacia Neuquén, el trayecto fue una odisea: no se podía avanzar por el viento. Esto atemorizó al visitante, y Don Piñeiro Sorondo, ni lerdo ni perezoso, intentó persuadir al funcionario para que el hospital se erigiera allí mismo, en la localidad de Allen.

Es por este hecho fortuito que Neuquén no tuvo en esos tiempos el hospital regional y debió esperar, y la localidad rionegrina tuvo el primer centro de salud de la norpatagonia.

Unos años antes, en 1909, se había instalado una enfermería, atendida por el médico de la gobernación, don Julio Pelagatti. Don Edelman cuenta en su libro Primera historia del Neuquén: “La Primera Asistencia Pública se libró al servicio, en local alquilado, el 23 de julio de 1913, con 15 camas de capacidad, bajo la dirección del doctor Ventura Robledo; fue sucedido por el doctor Alejandro Iarcho”.

Esta asistencia médica estaba instalada en una antigua casa, situada frente a las vías del ferrocarril, entre Láinez y 12 de septiembre, donde hoy existe un supermercado. Luego se construyó el edificio propio en Talero y Buenos Aires. Contaba con dos salas, una para cada sexo. En sus inicios se la conoció como Sala de Primeros Auxilios, para luego convertirse en “Hospital Local”. Aquí comenzó a destacarse el Doctor Eduardo Castro Rendón.

El Dr. Eduardo Castro Rendón

Inés, una de las hijas del Dr. Castro Rendón, cuenta la historia y se transporta al Neuquén de ayer. En una de las paredes de su domicilio pendían fotografías enmarcadas de la Primera Asistencia Pública y del doctor atendiendo “en aquella modesta sala, en un cuarto con sus viejas paredes”.

Castro Rendón nació en Lomas de Zamora, único hijo de Antenor Castro y Clementina Rendón, ambos argentinos. Antenor era inspector ferroviario, puesto al que accedió en virtud de hablar inglés, el idioma de los dueños de los trenes. Clementina era maestra, vicedirectora y directora de escuelas primarias.

Eduardo se recibió de médico en 1922. Cuando estaba a punto de acceder a una beca de perfeccionamiento para ir a estudiar a los Estados Unidos, fue convocado por el Ministro de Salud Pública de la Nación, Carlos Aráoz Alfaro, antiguo amigo de la familia Castro, para viajar a Neuquén a reemplazar al médico que renunciaba.

Así el Doctor Castro Rendón llegó al Valle. Albergando la idea de trabajar solo dos meses para, becado, viajar al país del norte. Pero, al llegar, se conmovió con las paredes de adobe de la Asistencia Pública, donde le tocó desempeñarse como partero, traumatólogo, odontólogo y hasta como oftalmólogo; su formación de médico generalista le permitía realizar estas actividades con certeza.

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Castro Rendón atendiendo en el centro de salud.

Castro Rendón atendiendo en el centro de salud.

Allí, contó con otro recordado hombre que se había formado como enfermero: don Oscar Arabarco. Ambos, fueron inagotables. La gente iba a atenderse a pie, a caballo o en sulkis que estacionaban en la puerta del establecimiento, donde eran recibidos por María Soldano, una de las primeras enfermeras del territorio.

En las instalaciones del “hospital local” era muy difícil brindar una adecuada atención a los enfermos que a veces recorrían grandes distancias para hacerse atender. No alcanzaban las camas, y se operaba bajo una sábana esterilizada para cubrirse de la tierra y los insectos que caían del techo. El nuevo edificio, en Buenos Aires y Alderete, era la última edificación del alto, lo rodeaban el campo, los yuyos y las bardas. Hoy el urbanismo lo ha rodeado.

En una oportunidad, Castro Rendón comentó que la construcción estaba lista a fines de la década del ‘40, pero no era puesta en funciones ¡porque faltaba una puerta! Y la mudanza era inminente.

Los plazos se extendían. Tanto, que el domingo 14 de abril de 1940 tomaron el hospital, un poco a la fuerza, puesto que la necesidad de trasladar la Asistencia Pública al nuevo edificio era inmensa. Debido a este inicio bastante accidentado, el hospital nunca fue entregado oficialmente.

Todos los que trabajaban en salud ayudaron a mudar las camas, los colchones, el instrumental. Oscar Arabarco iba y venía con la ambulancia trasladando a los enfermos. Los ferroviarios también ayudaron al traslado.

El hospital contaba, por aquel entonces, con dos salas, una sala de partos, un quirófano, habitaciones para consultorios y la farmacia; también tenía oficinas para administración, cada una con su baño, y un amplio patio.

Parte de la herencia de la vieja asistencia pública era una ambulancia tirada por caballos, un sulky tan duro que los enfermos tenían pánico de subir. Castro Rendón hizo los trámites y le enviaron una ambulancia, una Ford A modelo 30.

La planta del hospital inicialmente estaba compuesta por el propio Castro Rendón y el subdirector Dr. Benedetti, que atendían a los pacientes internados en los consultorios externos y realizaban las operaciones. Gaspar Geordano era el administrador y su esposa Lucía la ecónoma. Manuel Zapana era el cocinero. Pedro Juan Paredes, Oscar Arabarco, María Soldano y María Salgado cumplían las funciones de enfermería y muchas otras funciones.

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Castro Rendón y su esposa Emilia Cattáneo.

Castro Rendón y su esposa Emilia Cattáneo.

Su familia

Castro Rendón formó su familia con Emilia Cattáneo, nacida en Buenos Aires de padres italianos. Tuvieron cuatro hijos. El hijo varón Juan Manuel, estudió, como su padre, medicina.

Múltiples tareas

El matrimonio Castro Rendón auspició la formación de la Cooperadora Escolar Conrado Villegas: la solidaridad y entrega era la forma de vida. La entidad nació para ayudar a los niños de la Escuela Primaria Nº 2. Se fue poniendo ladrillo por ladrillo; la esposa del Dr. hacía el chocolate con otras señoras. Castro Rendón también fue médico ferroviario, legista, por lo que se relacionó con don Juan Julián Lastra, eminente jurista y hombre de letras llegado tempranamente a estas tierras.

Son innumerables las acciones de las que Castro Rendón fue parte: impulsor del Patronato de Excarcelados. Como médico escolar, su preocupación era el agua con falta de yodo por la enfermedad del bocio, por lo que traían frascos de yodo para que las maestras les proveyeran a sus alumnos. Detectó, junto con el Dr. Mazza, profesional que visitó la región, los primeros casos del Mal de Chagas, enfermedad provocada por la picadura de vinchucas que abundaban en este lugar. Fue Asesor de las Termas del Copahue; las conoció cuando todo era muy precario, pero ya había avizorado el futuro del lugar. Tanto fue así que envió a analizar las aguas a Alemania. No tuvo militancia partidaria, pero fue un hombre político. Fue ministro de Salud Pública del gobierno de Ángel Edelman. Era católico ferviente y amigo del padre José María Brentana y de don Jaime de Nevares, primer obispo de Neuquén. Fue vocal de la Primera Comisión de la Biblioteca Juan B. Alberdi, vocal de la comisión de CALF; formó parte del Rotary Club Neuquén. Entre 1945 y 1952 se radicó en Bahía Blanca como Jefe de la Delegación Sur dependiente de la Dirección Nacional de Salud Pública; luego regresó a vivir a esta ciudad neuquina, donde desarrolló tan prolífico trabajo. Una síntesis de la obra de un gran profesional: su entrega desinteresada por el prójimo hizo que tempranamente se arraigara en esta estepa cubierta de yuyos y matorrales.

Oscar Arabarco, padre de Osvaldo Arabarco, el autor de la letra del Himno Provincial

Oscar Arabarco nació el 25 de julio de 1914 en Coronel Pringles, un pueblo de provincia de Buenos Aires cercano a Saldungaray y Sierra de la Ventana. Arribó a Neuquén en 1937 porque aquí estaban sus primos; inmediatamente, se abocó al trabajo en salud. Apenas llegado a Neuquén, tuvo la oportunidad de participar del nacimiento de la asistencia pública, junto al Dr. Eduardo Castro Rendón.

Oscar era un hombre que amaba su trabajo: instrumentaba, colocaba anestesias, efectuaba radiografías, partos, sueros, vacunación. Para él no había horarios. El trabajo, ante todo.

En 1940 conoció a Yoli, su futura esposa. Había concurrido con su madre, doña Dominga, a atenderse; Oscar, oportunamente, estaba de guardia en el consultorio externo de la vieja asistencia pública.

Yolanda Addamo, Yoli, había nacido en Capital Federal el 2 de mayo de 1925 y de muy pequeña vivió en Fernández Oro; su padre, que era italiano, vino a trabajar a las chacras. En 1944 Yoli y Oscar se casaron. De esa unión nacieron Osvaldo y Mirtha, que les dieron dos nietas.

La familia vivía en una pequeña casa que tenía un gran medanal de patio anterior, en la esquina de Salta y Roca. Allí nació Osvaldo, el mayor de los hijos.

En el hospital, Oscar hacía de todo: lo encontraban en la farmacia si había que preparar medicamentos, con la balanza y los preparados, o en el quirófano, donde asistía a los cirujanos en todo momento. Al mediodía, recorría las salas, visitando a sus “enfermitos”, como los llamaba. Como dijimos, instrumentaba, hacía sueros, anestesias, radiografías, partos, campañas de vacunación de penicilina, a pie o a caballo, con repetidas frecuencias horarias y a domicilio; de día, de noche, de madrugada. Era su vida. Y no descansaba.

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Arabarco en una ambulancia en los años '40.

Arabarco en una ambulancia en los años '40.

Concejal electo

Osvaldo nos contó que su padre fue convocado por la UCRI para postularse como concejal; fue electo, pero no llegó a asumir el cargo pues el gobierno fue intervenido. Era 1962.

Sus amigos

Tuvo muchos amigos, muchos de ellos vinculados a la salud pública: Dr. Enrique Benedetti, Dr. Julio Dante Salto; Dr. Bensimón; Dr. Ángel N. Romero, Dr. Víctor Peláez, Dr. Eugenio Pereyra; Dr. Robiglio; los Dres. Vitale; Dr. Emilio Zingoni; Dr. Roberto Chevalier, Dr. Roberto Raña, entre tantos.

Uno de ellos, el Dr. David Abraham, fue quien despidió sus restos con un mensaje póstumo sentido y emotivo. También los amigos de la casa, vecinos y familia, constituyeron el sustento emocional de su vida diaria: la familia Franzán, Durán, Roger, Arabarco (Pocho, Mauricio), López, Llamas, Alonso, Ayestarán, Lombardo, Brizuela, en fin…tantos. Esto también es una síntesis de la historia de vida de don Oscar Arabarco, el Concejo deliberante colocó su nombre a una arteria de la ciudad, hombre de trabajo tesonero.

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