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Charbel: un crimen, un arbolito y tres poliladrones

El asesinato de José Seadi, dueño del hotel Charbel, está impune. En lo profundo de la trama hay un carrusel de sombríos personajes, entregas y traiciones que se concentran en un escenario lúgubre como son las noches del Bajo neuquino.

El asesinato de José Seadi, dueño del hotel Charbel en el Bajo neuquino, quedará en las antologías del crimen como un caso sin resolver. El detrás de escena ofrece toda una serie de oscuros personajes: prostitutas, cafichos, policías corruptos, delincuentes, un usurero y un arbolito. La trama tranquilamente da para armar una película donde la impunidad reine en los bajos fondos.

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El 12 de mayo de 2014, hacía un mes que habían asesinado al hotelero Alfredo “el Gordo” Roca Jalil en Junín de los Andes. Los investigadores podrían haber sospechado que se trataba de los mismos autores, por el modus operandi, pero tres días antes del crimen de Seadi, cayó el autor, Gabriel “el Mendocino” Salcedo, en la terminal de Liniers en Buenos Aires. Su cómplice, la gitana Costich, sigue prófuga a la fecha y se sostiene que la comunidad la pasea de provincia en provincia para protegerla.

Como en toda investigación criminal, nunca se desestima nada hasta que no se logra descartar fehacientemente. Una certeza que hubo de entrada en el crimen del Turco Seadi fue que se trató de un robo. Nunca se pudo establecer el monto, aunque se estima que fue una cifra muy importante.

Los pesquisas no descartaban la posibilidad de que hubiera alguna banda comprando datos a los empleados de los hoteles para dar golpes clave. Esa hipótesis luego fue desechada aunque se sabe que las entregas siempre están a flor de piel.

El tercer punto sobre el que avanzaron de lleno fue un robo que sufrió Seadi en noviembre de 2013, donde le llevaron poco dinero. Uno de los autores, Sayhueque, fue identificado y detenido en febrero de 2014 y, por orden del ex juez Marcelo Muñoz, quedó con prisión domiciliaria por 60 días.

El juicio contra Sayhueque sería el 29 de abril, pero este se dio a la fuga, por lo que se le declaró la rebeldía. Como Seadi estaba citado para declarar contra Sayhueque, supusieron que lo podría haber asesinado para que no complicara su situación legal. Pero la teoría a los investigadores se les escurrió como agua entre las manos tras detener al delincuente dos días después del crimen del hotelero del Bajo.

Todos estos elementos finalmente se fueron entrelazando a lo largo de la investigación, que quedó trunca porque la nueva Jefatura a cargo de Rubén Tissier, en ese entonces, desarmaría el departamento de Homicidios obligando a la fiscalía a volver a foja cero.

Los años dorados

El hotel Charbel estaba ubicado en San Luis 267, entre Alcorta y Sarmiento. Al igual que otros hoteles y hostales del Bajo, tuvo sus años dorados mientras la terminal de ómnibus estuvo en el Parque Central. El movimiento era mucho más fluido y tenían clientes habitués, otros de paso y personajes que solo vivían de noche.

Durante los 90 y parte del nuevo milenio, en el Bajo brillaban el juego clandestino, las prostitutas, los cafichos, los pungas, las mecheras y los delincuentes. Era un carrusel de personajes lúgubres de los que hoy en día todavía pululan sus historias.

Entre esa runfla de marginales, no faltaban los policías corruptos que sacaban tajada de cuanto negocio turbio estuviera dando vuelta.

En medio de esa geografía, José Seadi sabía moverse y no era ningún otario. “El Turco la juntaba y no regalaba nada”, recordó un viejo policía retirado que supo hacer muchos años la calle en el Bajo.

Y algo de cierto hay. Seadi buscaba hacer plata y no dudaba en alquilarle un par de horas una habitación a una prostituta, para la cual tenía todo arreglado con el caficho, o darles acogida por unos días a unos pungas que sabían caer para la época de pago de sueldos, cuando el Bajo era un mundillo de oportunidades para ellos. También supieron parar en el Charbel delincuentes pesados de otras provincias que daban un golpe, hacían noche y al otro día se iban de la ciudad en colectivo.

“Lo único que exigía el Turco era que le pagaran la habitación y se fueran sin dejarle ningún quilombo en puerta”, sostuvo otro viejo pesquisa.

José “el Turco” Seadi era un tipo desconfiado, pero sabía manejarse con los oscuros personajes de las noches del Bajo neuquino con los que se relacionaba.

Habitación 5

El Turco Seadi era un tipo de costumbres extrañas. Si bien tenía dinero y propiedades suficientes para no trabajar y dedicarse a administrar sus negocios, él vivía en el departamento que tenía en el segundo piso del hotel, que incluía dos habitaciones y cocina comedor, pero prefería dormir en la habitación 5 del primer piso. ¿Por qué? Nadie sabe. “Mañas del Turco”, dicen algunos.

De hecho, durante el día había una mujer que trabajaba de conserje, pero a la noche él se dedicaba a realizar dicha tarea, porque era un tipo que sabía cómo manejarse en ese denso desfile de personajes que convoca la noche.

Otra maña que tenía Seadi era esquivar los bancos. No le gustaban que su plata estuviera en manos de otro y menos de un banco. Además, “él prestaba guita, era usurero, por eso siempre tenía mucho dinero a mano. Lo guardaba en cajas de zapatos y tenía en el hotel, que conocía como la palma de su mano, varios escondites. El día que derrumben ese edificio, van a seguir encontrando guita”, confió un investigador a LMN.

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El crimen

El 12 de mayo de 2014, Sonia, la conserje del turno mañana, llegó como de costumbre a las 6 al hotel. La puerta de blíndex estaba abierta de par en par, cosa que le resultó más que extraña. Además, José Seadi no estaba en la recepción y los diarios, que le arrojaba un canillita, todavía estaban en el suelo, cuando era habitual que el Turco se los llevara a la habitación para leerlos mientras desayunaba.

En los tres pisos del hotel, de 60 habitaciones, había unos 20 huéspedes. Cuando Sonia fue a la habitación 5 en el primer piso, encontró una escena horrorosa.

Seadi estaba tirado en el suelo, atado de pies y manos con una cinta gruesa y amordazado. Su rostro estaba violáceo, es decir que había muerto asfixiado. Después, la autopsia realizada por el Cuerpo Médico Forense determinó que fue asfixia por compresión. El dato no es menor y da una pista muy importante sobre el accionar de los asesinos.

En la escena del crimen se pudo observar que estaba todo revuelto, habían muchas cajas de zapatos tiradas y los ladrones hasta habían tenido tiempo de comerse las empanadas que Seadi había comprado en Mallorca.

Del total de huéspedes, faltaba uno, pero no era uno cualquiera, era un policía que se había alojado en el hotel esa noche y que luego se presentó solo en la Comisaría Primera, a cargo de la jurisdicción, a decir que él había estado alojado allí tras mantener una discusión con su esposa.

Durante la investigación, se relevaron al menos 10 cámaras de locales cercanos. El cajero de un banco que está justo en la esquina se negó a entregar las filmaciones y cuando finalmente se las requirieron por orden judicial, explicaron que esa noche las cámaras no habían funcionado.

Hasta aquí, había varios elementos que parecían estar sueltos, pero luego se conectarían a partir de varias pesquisas, informaciones de buches y tareas de inteligencia. A pesar de ello, los cambios ordenados por la Jefatura en el departamento de Homicidios echarían por tierra todos los avances.

La trama

Hasta que se desarmó Homicidios, tanto la Policía como la fiscalía estaban avanzando sobre una trama de entregas y traiciones que involucraba a un arbolito, dos delincuentes y tres hermanos policías de Neuquén.

La reconstrucción que se había logrado daba cuenta de que Seadi era amigo de un ex tesorero del BPN, el Pelado, que era el único que ingresaba al departamento de José Seadi en el Charbel.

Allí se hacía una transacción sencilla. “El Turco le daba mucha guita en efectivo y el Pelado le traía dólares que compraba través de un contacto en el BPN”, confió una fuente reservada a LMN.

En el último semestre del 2013, Seadi estaba haciendo una modificación en el departamento, por lo que había escondido varias cajas llenas de dinero en la caldera. Eso lo vio y fotografió el Pelado, que conocía a unos policías “cachivaches” a los que les propuso vender el dato y repartir.

Los dos delincuentes del oeste neuquino elegidos fueron Santibañez y Sayhueque. Ambos “se negaron a hacer el trabajo porque sospechaban que los canas, si se pinchaba el robo, los entregarían”, detalló la fuente. Los que temían ser traicionados fueron los primeros en traicionar. La ley de la calle.

Sayhueque se dedicó a hacer inteligencia al Charbel un par de días y en noviembre de 2013 se alojaron para dar el golpe.

“La hizo mal, porque cuando fue el Turco ya había movido todo. Se llevó chauchas Sayhueque en ese golpe”, reveló el informante.

En ese robo, Sayhueque arrasó con el DVR de las cámaras de seguridad y el libro de pasajeros. “Lo que no sabía, es que Seadi tenía un segundo libro donde anotaba por las dudas. Así saltó el dato de que Sayhueque había estado en el hotel. Además, había dejado una huella en una botella, por eso terminó cayendo”, confió la fuente.

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Tras la traición, el Pelado y los policías resolvieron dar ellos el golpe

Los tres hermanos policías, oriundos del norte neuquino, masticaban bronca. Ellos habían sido el nexo entre el Pelado y los delincuentes, y se los habían caminado. Como uno de los hermanos trabajaba en la Comisaría Primera, sabía todo lo que había ocurrido en ese robo de noviembre en el Charbel.

Creen los investigadores que ahí comenzaron a tramar su propio golpe.

Hubo una reunión de uno de los policías con el Pelado en la que se habrían puesto de acuerdo para hacer el trabajo sin intermediarios.

El modus operandi fue exactamente el mismo. Uno de los hermanos policías se alojó en el hotel con la excusa de que había tenido una discusión familiar. A Seadi lo sorprendieron en la habitación 5 mientras comía unas empanadas. Lo maniataron con cintas que habían llevado y lo golpearon para que entregara el dinero. Se cree que estuvieron un par de horas revolviendo la habitación y también el departamento del segundo piso.

La muerte, al parecer, no estaba en sus planes, pero el mecanismo que utilizaron para reducirlo fue propio de la Policía. Le pusieron una rodilla en el pecho y esa compresión hizo que los pulmones fueran perdiendo capacidad de oxigenación hasta que se produjo la muerte.

Con lo mucho o poco que se llevaron del Charbel, los poliladrones huyeron. Se cree que el Pelado, mediante algunos contactos con viejos amigos del banco, hizo que las cámaras esa noche no funcionaran.

“Son las únicas cámaras que podrían haber revelado la posta”, aseguró la fuente. Durante la investigación quedo demostrado que las cámaras del sistema público no funcionaban y que unas diez cámaras de locales de la zona o no miraban para el Charbel o tenían pésima calidad.

¿Qué alertó a los investigadores? Que esta vez los ladrones se habían llevado el libro de pasajeros y también el de apoyo. El hotel, a esa altura, no había repuesto el DVR que le habían robado.

Es decir que quienes dieron el golpe manejaban información clasificada que solo tenía la Policía.

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“Yo no me quiero comer un garrón, mirá a los polis y vas a encontrar al autor”

Obviamente que tras el crimen del Turco Seadi, los ojos de los investigadores apuntaron a Sayhueque, que estaba prófugo tras violar la prisión domiciliaria. Además, el hotelero era uno de los que iba a declarar en su contra por el robo de noviembre de 2013.

Cuando finalmente lograron atrapar a Sayhueque en el oeste neuquino, surgió la pista de los hermanos poliladrones.

“¿Por qué vienen por mí?”, pregunto el delincuente. “Porque te la echaste con lo del Turco”, le respondió un policía. “Mira a los hermanitos (y dio el apellido de los policías)”, dijo con tono hostil y mirada seria Sayhueque, quien agregó: “Yo no me quiero comer un garrón”.

Al principio, los pesquisas no dieron demasiada entidad a las palabras del delincuente, pero cuando comenzaron a atar cabos, la historia tomó forma y le prestaron más atención. Así fue como el arbolito y los poliladrones se convirtieron en una de las hipótesis más firmes y mientras más se avanzaba, más cerraba la teoría y más pegados quedaban. Pero de un día para otro, se desarticuló el departamento de Homicidios y todo el trabajo realizado no se pudo terminar. Algunos de los poliladrones posteriormente fueron ascendidos por la nueva jefatura.

Todavía flota la duda de si los poliladrones fueron salvados por algún amigo encumbrado en la jefatura de calle Richieri. Lo cierto es que el crimen de Seadi está impune.

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