Ithaca, Nueva York.- “Es mejor permanecer callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente”. Con esta frase se burlaba el genial Groucho Marx de los que hablan de más. Pero la palabra tonto podría caberle también a una gran tragedia de la medicina moderna sobre la que escribió el cirujano estadounidense Atul Gawande: a pesar de sus increíbles habilidades, los cirujanos pueden causar muertes innecesarias por un simple descuido, como olvidar lavarse las manos o no utilizar vendas limpias.
El problema, según Robert Sternberg de la Universidad de Cornell, es que nuestro sistema educativo no está diseñado para enseñarnos a pensar de una forma que sea útil para el resto de nuestras vidas.
“Ves gente con muy buenas calificaciones que luego son muy malos líderes. Son buenos técnicos sin sentido común ni ética. Llegan a ser presidentes o vicepresidentes de empresas y sociedades y son completamente incompetentes”, afirma. Sternberg y otros hacen campaña para una nueva educación que enseñe a las personas a pensar de forma más efectiva. Sus consejos nos pueden ayudar a todos a ser menos tontos.
1. Reconocer tus puntos ciegos. ¿Pensás que sos más inteligente que la media de las personas? Eso se llama “superioridad ilusoria” y se da de forma más aguda en las personas menos capaces.
En tu defensa, puede que digas que te avalan los resultados académicos o tu habilidad en los concursos. Si es así, es posible que sufras de un “sesgo de confirmación”, la tendencia a fijarse sólo en la evidencia que apoya tu punto de vista.
¿Todavía no estás convencido? Entonces los psicólogos dirán que sufrís el “sesgo del punto ciego”, una tendencia a negar los errores.
2. Estar preparado para ser humilde. “Un hombre no debería avergonzarse de haberse equivocado, que es lo mismo que decir, en otras palabras, que hoy es más sabio de lo que era ayer”, escribió el poeta Alexander Pope. Los psicólogos consideran que este tipo de pensamiento es un rasgo esencial de la personalidad conocido como “apertura mental”.
Hay que estar dispuesto a reconocer que uno se puede equivocar. Entre otras cosas, esto mide cómo lidiamos con la incertidumbre y con qué rapidez y voluntad cambiamos de opinión si aparecen nuevas evidencias. Es un rasgo que alguna gente encuentra muy difícil de cultivar, pero ese momento de desinflarse a uno mismo tiene recompensa en el largo plazo.
Philip Tetlock, de la Universidad de Pennsylvania, le pidió a gente común y corriente que haga predicciones sobre cómo van a evolucionar los acontecimientos políticos complejos a lo largo de cuatro años. Resultado: los que hicieron mejores predicciones utilizaron su apertura mental tanto como su elevado coeficiente intelectual.
¿Somos capaces de cuestionar los límites de nuestro conocimiento? La humildad intelectual toma muchas formas, pero en el centro está la capacidad de cuestionar los límites de tu conocimiento. ¿En qué cuestiones basás tú decisión? ¿Son verificables? ¿Qué información adicional necesitás para tener un punto de vista más equilibrado? ¿Buscaste ejemplos de situaciones similares para comparar?
3. Discutir con uno mismo. Si menospreciarte no es tu rasgo más fuerte, hay una estrategia simple para reducir este sesgo: asumí el punto de vista diametralmente opuesto y empezá a argumentar contra tus propias convicciones.
Otra táctica es ponerte en el lugar del otro e imaginar lo que piensa, algo que puede ser muy útil cuando lidiamos con problemas personales.
4. Imaginá qué pasaría si…Uno de los problemas que Sternberg más critica del sistema educativo es que no nos enseña a ser prácticos ni creativos.
Aunque ya no nos enseñen con los ejercicios de memorización, muchos profesores ni siquiera enseñan el tipo de flexibilidad que es más necesaria en la vida real.
Nuestros sistemas educativos no nos enseñan a ser prácticos ni creativos. Una forma de desarrollar esta habilidad podría ser volver a imaginar acontecimientos clave.
Los estudiantes de historia podrían escribir un ensayo explorando cómo sería el mundo si Alemania hubiese ganado la Segunda Guerra Mundial. La idea es forzarte a considerar las distintas posibilidades y construir hipótesis.
El papel de las listas de chequeo
Uno de los consejos que da el profesor Sternberg es no subestimar las listas de chequeo o verificación. Porque la distracción y los despistes pueden ser la ruina del más pintado.
Cuando se lidia con situaciones complicadas, es fácil olvidar lo básico. Por eso, este catedrático es un férreo defensor de hacer listas de chequeo.
En el hospital John Hopkins de Estados Unidos, por ejemplo, una lista con cinco puntos para recordar a los médicos los pasos básicos de higiene redujo la tasa de infecciones en diez días del 11% al 0%.
Una lista similar para los pilotos estadounidenses durante la II Guerra Mundial, que les recordaba los procedimientos básicos para el despegue y el aterrizaje, redujo las muertes a la mitad.
Aunque se trata de profesionales con las mejores habilidades y la tecnología más avanzada, en ese caso un simple papel acabó salvando muchas vidas.
Sea cual sea tu profesión, entonces, vale la pena considerar estos datos antes de asumir que ya lo sabés todo.
Practicá éste y los otros pasos, y puede ser que empieces a descubrir talentos que hasta ese momento no habías reconocido.
“La inteligencia no es un resultado en un test, es la habilidad de saber qué querés en la vida y de encontrar formas de conseguirlo”, dice Sternberg, incluso si esto conlleva darte cuenta de tus propias tonterías.


