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Cumplió 100 años la mujer que firmaba los cuadros por Perón

Marina "La Yaya" Linares autografiaba los cuadros del coronel cuando estaba al frente de la Secretaría de Trabajo y Previsión porque sus firmas eran idénticas.

"Es increíble pensar que cuando la Yaya nació el mundo estaba cicatrizando las heridas de la Primera Guerra Mundial, el comunismo era recién nacido, la Argentina era potencia económica y vio pasar todas las Copas del Mundo de fútbol, nueve Papas, 35 presidentes argentinos, y miles de inventos y avances”, reflexiona Martín, uno de los diez nietos de Marina Elena Linares mientras prepara junto con otros familiares la mesa para celebrar los 100 años de esta mujer nacida el 28 de diciembre de 1920 en América, provincia de Buenos Aires, y que llegó a Neuquén a comienzos de los ‘90.

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Mientras todo eso pasaba y mucho más, “La Yaya” -como la conocen todos- fue maestra, secretaria, costurera, hija, buena amiga, esposa de Pety (Orio Mario Teodoro Amura), madre de tres hijos, abuela de diez nietos y bisabuela de otros diez.

En diálogo con LMNeuquén se sonríe cuando se le pregunta en qué soñaba cuando era chica porque “pasaron tantísimos años” pero enseguida dice que le hubiera gustado aprender a tocar el violín y ser maestra porque se recibió pero nunca ejerció. Recuerda que cuando terminó el primario la madre la mandó “a aprender de todo: hacer dobladillos, coser ropa, cocinar y hasta hizo un curso para hacer sombreros”.

Se recibió de maestra pero nunca ejerció, le cedió su título a su hermana. Después trabajo como operadora y trabajó en la Secretaría de Trabajo y Previsión junto a Juan Domingo Perón y Evita.

Confiesa que no ejerció de maestra porque cuando se recibió le cedió el título a su hermana menor. Por esos tiempos parece que no había mucho control. Pero la cuestión fue que se quería ir a vivir a otro pueblo con Pety, su novio, a quien conoció en una fiesta con sus hermanas. “Era un gordito con una gorra de vasco. Él me miró y yo también, pero luego de esa fiesta no lo ví por muchos años aunque nos escribimos durante nueve años”, cuenta con una sonrisa. Cuando se reencontraron, ese gordito con gorra de vasco se convirtió “en un hombre con sombrero y con un cigarrillo en la mano”. Y de inmediato cuenta como sellaron su amor. “Nos sentamos en un banco de una plaza, él me preguntó ¿pasado cuánto tiempo le darías un beso a un chico que conocieras? Le contesté ‘al año’. Y me respondió: ‘Bueno, hagamos de cuenta que los segundos son minutos, los minutos horas, las horas son días y los días, meses, y ya pasó el año’. Me encajó un beso que todavía no me lavo la cara para no borrarlo jamás”. Finalmente Yaya y Pety se casaron en 1948 y estuvieron juntos hasta el fallecimiento de él en 2014. “Eramos novios y mis padres me permitían ir a caminar por la vereda, de esquina a esquina, y los padres de él se sentaban afuera para no perdernos de vista", rememora con emoción.

Su nieto Martín aclara que Pety fue el único hombre con el que estuvo su abuela en toda su vida, "y lo ama hasta el día de hoy".

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A los dos días de recibirse de maestra comenzó a trabajar en una operadora telefónica. “El teléfono era una novedad. Las personas llamaban y pedían hablar con un número. Lo dejaba en espera mientras accionaba una manija y conectaba unas clavijas. No debía oír las conversaciones pero a veces me tentaba cuando hablaban parejas”, describe.

Comenta que trabajó como telefonista hasta “que le pude comprar a mi mamá un juego de cucharas de plata que ella deseaba mucho”. Entonces decidió presentarse en la Secretaría de Trabajo y Previsión, creado en 1943 por el coronel Juan Domingo Perón, porque pagaban mejor. “Ahí estaban Perón, Evita. A mí me ponían a firmar cuadros que regalaba Perón porque mi firma era idéntica a la de él”, relata. Y de inmediato recuerda cuando un señor le contó que “Perón le había regalado un cuadro y firmado de su puño y letra. Lo que no sabía ese señor que la letra era la mía, así que yo por dentro me mataba de risa”. De Evita recuerda que “era muy linda pero brava, tenía carácter, y cuando estaba muy enferma de cáncer la sostenían desde atrás para que diera los discursos en el balcón de la Casa Rosada”.

“La evolución más grande es que cuando me casé, la mujer era seguro la cocinera, el marido no te hacía ni un huevo frito. Me parece mejor ahora, que la mujer se parezca en tantas cosas al hombre”, comenta "La Yaya".

No deja de asombrarse por la evolución de las mujeres en la sociedad actual. “La evolución más grande es que cuando yo me casé, la mujer era seguro la cocinera, el marido no te hacía ni un huevo frito. Me parece mejor ahora, que la mujer se parezca en tantas cosas al hombre: en los derechos, en la cocina, en el trabajo, en todo”. Se define como una mujer que fue "muy querida y buena persona".

Yaya vive sola en un departamento del centro de la ciudad, lee sin anteojos, goza de una lucidez asombrosa, pinta mandalas, le gusta jugar a las cartas con sus nietos, hace sopa de letras, ama el helado y el chocolate y cada tanto se toma una medida de whisky y a veces brinda con cerveza, como el lunes cuando brindó junto a su familia por sus 100 años.

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Solidaria: donaba su leche para los niños huérfanos

Nacida en el seno de una familia de inmigrantes españoles que llegaron a la Argentina a comienzos del siglo XX, la vida de Yaya, ente muchas otras cosas, estuvo signada por la solidaridad. Sus hijas cuentan que siempre fue una mujer “muy solidaria”. “Cuando nacieron sus tres hijos donaba leche materna para los niños huérfanos”, señalaron. Además, en los años ‘60, colaboró con la Federación Argentina de Apoyo Familiar, una institución de apoyo a familias vulnerables, creada por la abogada platense Ana Mon, la primera mujer argentina nominada al Nobel de la Paz. “Mi abuela remendaba ropa que juntaban: cosía, surcía, lavaba y planchaba para las ferias en donde se recaudaba dinero para sostener ese trabajo y así ayudar a las familias a salir adelante”, relató su nieto Martín, quien por estos días espera la llegada de su hijo, que será el bisnieto número 11 de “La Yaya”.

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