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La Mañana calle

De la calle "Arenales" a la avenida más imponente de la ciudad

La historia de los Pereira y el curioso origen del nombre de la Leloir.

“Vivo en la calle Arenales”, contestaba Estela cada vez que le preguntaban cuál era la dirección de su casa. Inmediatamente largaba la carcajada.

La calle Arenales no existía. Ella la había bautizado de esa manera porque el lugar donde estaba su vivienda –la única de la cuadra- era realmente un arenal, apenas un pedazo de tierra ganado al desierto.

Estela Fierro Villada había llegado a la ciudad de Neuquén con su familia el 17 de agosto de 1968. Su marido, Ricardo Pereira, era un ingeniero de la empresa Brida que había sido trasladado a este rincón de la Patagonia, luego de haber trabajado en Comodoro Rivadavia y en Zárate.

El primer destino fue una casa que le alquiló la compañía en Talero y Diagonal España, donde vivieron unos años. A medida que la familia se agrandaba –a los cinco hijos que llegaron con Ricardo y Estela se le sumaron dos más- la pareja comenzó a pensar en la construcción de su casa propia, teniendo en cuenta que Neuquén ya se perfilaba como el lugar definitivo que tendrían para vivir.

Por aquel entonces la capital de la provincia contaba con 40.000 habitantes y todavía no había dado el gran salto demográfico. Por eso los límites de la ciudad estaban circunscriptos a un centenar de cuadras en el casco céntrico. El este, el oeste y especialmente el norte todavía no se habían desarrollado urbanísticamente; las bardas y el desierto dominaban la geografía.

Cuando Ricardo compró un lote en una de las zonas altas del pueblo, Estela dudó sobre las comodidades que tendría la familia si allí construían una casa. El terreno estaba sobre una huella de tierra que las máquinas viales se encargaban repasar cada vez que los vientos del oeste intentaban borrarla. No existía otra cosa que tierra, médanos y jarillas.

En la cuadra no había construcción alguna. En realidad, casi no había edificaciones en la zona. Frente al terreno de los Pereira habían comenzado a levantar la primera parte de la sede de la Universidad Nacional del Comahue con el ingreso por la calle Buenos Aires que también era de tierra como el resto de las arterias que componían esa cuadrícula desdibujada en la zona de las bardas.

Pero Ricardo diseñó su casa igual. Pensó en una vivienda amplia para albergar a un familión, pero de líneas minimalistas; una residencia moderna para la época que se terminó de construir a mediados de 1974.

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La casa donde vivió la familia Pereira fue la primera que tuvo la calle Leloir.

La casa donde vivió la familia Pereira fue la primera que tuvo la calle Leloir.

La familia se adaptó a la nueva geografía neuquina con el mismo tesón que en otras épocas tuvieron los pioneros. El viento, la tierra y el agua de las lluvias que bajaba por las bardas siempre eran un dolor de cabeza, aunque el paisaje no dejaba de tener su encanto. Los médanos vírgenes eran el escenario inmejorable para que los chicos salieran de aventuras, organizaran exploraciones para atrapar lagartijas o juntar fósiles que afloraban entre los médanos, y hasta para escaparse al río Neuquén por un camino que serpenteaba entre medio de los montes.

La gran huella también era el lugar ideal para salir a andar en bicicleta, ya que por ella prácticamente no circulaban vehículos. El único tránsito era el de los cardos rusos cuando rodaban a merced del viento y de alguna maquinaria pesada cada vez que era necesario nivelar el terreno.

Aunque la vida cotidiana transcurría con normalidad, la principal preocupación para los Pereira era que la calle donde vivían no tenía nombre. ¿Cómo podían recibir cartas de los parientes o el correo con los impuestos o facturas municipales si ellos vivían en una huella? ¿A dónde deberían dirigir la correspondencia? ¿A la única casa que había en la cuadra, allá arriba en el medio de la nada?.

Este fue el planteo que un día Estela le hizo a un empleado municipal. El hombre escuchó pacientemente su reclamo y cuando la mujer terminó le sugirió: “¿Por qué no propone un nombre usted, como vecina de Neuquén?”.

Estela quedó sorprendida con la respuesta: “¿Yo tengo que sugerir un nombre? ¿Pero cuál?”

Lo primero que se le vino a la mente fue el nombre del científico argentino que recientemente había recibido el Premio Nobel de Química.

“Leloir… Luis Federico Leloir -dijo decidida- ese es el nombre que propongo”.

Aun hoy la familia no sabe cómo aquella sugerencia se hizo realidad. Es probable el empleado que atendió a Estela haya elevado la preocupación de la mujer a las autoridades municipales junto a la propuesta del nombre. Después de todo, ¿quién podría estar en contra de esa denominación, teniendo en cuenta la figura de ese hombre que llenaba de orgullo a todos los argentinos?

El tiempo transcurrió y el barrio se fue poblando de a poco. A la casa solitaria de la huella se le sumó una y luego otra y después varias más. Con el tiempo llegó el pavimento y hacia el oeste, después de la Avenida Argentina, se abrió una nueva calle que se llamaría Doctor Ramón.

Los Pereira vivieron allí mientras miraban con asombro cómo se transformaba el desierto a su alrededor. Nunca imaginaron que mucho tiempo después emergería una imponente pared de edificios, que se instalaría el Concejo Deliberante, la Ciudad Judicial y la Legislatura de Neuquén. Mucho menos, que la calle del arenal se convertiría en la avenida más imponente y moderna de la capital.

En esa casa cuadrada, amplia y de líneas simples que diseñó Ricardo, el grupo echó sus raíces.

Y allí, durante muchos años, llegó correo y correspondencia con domicilio y dirección precisa como quería Estela: “Familia Pereira. Luis Federico Leloir, 133. Ciudad de Neuquén”.

(Gracias a Estela Pereira (h) por la colaboración)

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