De Venezuela a Neuquén en busca de una nueva vida

Dejan su país y trabajan de lo que sea para traer a sus familias.

Por Sofía Sandoval - ssandoval@lmneuquen.com.ar

La historia de Oneiro, Mariana y Anais comenzó hace menos de un lustro, pero podría haber ocurrido en otra época. Podrían ser italianos tentados por la tierra fértil a fines del siglo XIX o españoles que escapaban de su Guerra Civil en los años 40. Pero no. Son venezolanos que llegaron a Neuquén para huir del hambre y la inseguridad de su país, y que encontraron en la Patagonia un refugio para ellos y su familia.

Ellos son apenas tres de los tres millones de venezolanos que ya abandonaron la nación bolivariana y describen su país casi como un escenario de posguerra. “Yo trabajaba en un supermercado y la gente pasaba la noche afuera para entrar primero a comprar pastas o cualquier producto que llegara, porque se corría la voz”, explica Mariana. El desabastecimiento era tal que les exigían apoyar su huella digital para hacer una compra: después del registro, no podían comprar lo mismo por una semana.

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Oneiro es ingeniero en Geociencias. La producción de petróleo bajó, lo despidieron y puso un negocio de autopartes que se derrumbó por la falta de consumo y una inflación escalofriante. “Tuve que elegir entre comer y comprar pañales, así que lavábamos los pañales desechables y comprábamos los de tela”, recuerda y habla de la inseguridad que los obligaba a vivir encerrados hasta en los días más calurosos.

Los dos llegaron como una punta de flecha para surcar el camino que atravesaría luego su familia. Mariana tenía 20 años y una carrera casi completa de Ingeniería Civil cuando emigró a Buenos Aires en busca de un futuro mejor. “Es muy difícil empezar de cero, pero al día siguiente de llegar conseguí trabajo en un kiosco”, dice y recuerda que la miseria que cobraba le parecía un sueldo abultado en contraste con la realidad de su país. Pero no se quedó quieta. Ingresó como cajera también en un supermercado y siguió con ambas tareas: trabajaba de 8 de la mañana a las 3 de la madrugada y apenas comía algunas galletitas para ahorrar dinero y traer a su mamá y la familia de su hermana.

Mariana vivía para trabajar y ahorrar, y no adelgazaba más porque Emanuel, un cliente del kiosco, se apiadó de sus esfuerzos sobrehumanos y le llevaba comida al negocio, sin imaginar entonces que luego se convertiría en su novio y juntos se instalarían en Neuquén.

“Mi familia vendió todos sus muebles y compró los pasajes de avión, pero yo todavía vivía de prestado”, recuerda Mariana, que en una semana y con muchos contratiempos, consiguió alquilar un departamento, que le entregaron el mismo domingo en que sus familiares aterrizaban en Argentina. El primer día no tenían ni siquiera un colchón para dormir.

Ahora, planea rendir equivalencias en la Universidad del Comahue mientras trabaja en un centro de estética. En el medio, hizo cursos de Autocad, durlock y albañilería, como si de su cuerpo esbelto emanara una fuente inagotable de entusiasmo y determinación.

La primera vez que Oneiro, de 35 años, escuchó acerca de Neuquén, fue en un curso sobre shale oil que hizo en Estados Unidos. “Conocí a un mendocino que años más tarde me pagó el alquiler y la comida para que probara suerte en Vaca Muerta”, explica el hombre, que llegó en 2017 después de viajar por tierra más de una semana en una travesía interminable.

Instalado en una pensión, consiguió trabajo en la construcción y aprendió a pintar y enmasillar cielorrasos en una casa en obra. Era invierno y se le entumecían los dedos. “Hacíamos una fogata y nos calentábamos por turnos; yo venía de un lugar donde siempre hay 35 grados”, recuerda.

Pero más que el frío, a Oneiro le apretaba la tristeza. Su salario de albañil no alcanzaba para enviar remesas a su país, a pesar de que sólo comía frutas y carne que cortaba en fetas para que rindiera un poco más. Su mujer le pedía, desesperada, que la sacara de Venezuela. “Si vamos a pasarla de malas, que sea juntos como familia”, cuenta que le decía ella. Su vida dio un giro cuando le dieron un empleo en Vaca Muerta. Con su primer sueldo, pagó los pasajes de su esposa, docente inicial, y sus tres hijas, de 7, 6 y 2 años. Recién con el segundo pudo alquilar un departamento y comprar una serie de colchones. “Dormíamos en el suelo esperando el sueldo siguiente”, relata.

Anais todavía espera. Aunque llegó hace siete meses a Neuquén y encontró trabajo con facilidad, primero en una peluquería y después en un bar, su pequeño hijo Jeremías se quedó con su esposo en Venezuela. “Cuando me fui tenía dos años y dos meses, y ha crecido mucho, ya habla mucho más y dice que quiere tomar un avión para venir a Argentina”, explica la joven de 27 años.

Si bien la tecnología le permite ver su carita con regularidad, la falta de pasaporte del niño los obligó a retrasar el reencuentro. “Está con mi esposo, que termina su carrera de Ingeniería en Petróleo”, dice Anais, que contactó a una organización de refugiados para tramitar la llegada del pequeño. “Agradezco que hayan confiado en mí para trabajar de moza, era un trabajo que ni yo sabía si iba a poder hacer”, dice la joven, una contadora pública que no pudo tramitar su título para validar su diploma venezolano. “Vine pensando en el futuro de mi hijo; teníamos los medios, pero no conseguíamos alimentos adecuados para él y, si se enfermaba, tardábamos muchos días en conseguir su medicina”, relata la joven, que se entusiasmó con la posibilidad de que los últimos levantamientos generen un cambio real en Venezuela.

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