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Docentes neuquinos crearon un sensor de riesgo Covid para el aula

Trabajan en un prototipo para medir el dióxido de carbono en el aire y determinar si hay posibilidad de contagio. Sirve para cualquier ambiente cerrado.

Los docentes de tres escuelas técnicas de Neuquén diseñaron un sensor para determinar el riesgo de Covid dentro de las aulas. Hace un mes, empezaron a armar un prototipo de bajo costo que mide la concentración de dióxido de carbono (CO2) en el aire y avisa si la ventilación es suficiente. Aunque fue pensado para las clases presenciales, se puede usar en cualquier ambiente cerrado.

El proyecto está en la etapa de calibración, mientras reúnen los materiales para probar su funcionamiento. La idea surgió del mismo grupo de docentes de las EPET 3, 6 y 14 que trabajó el año pasado con las estufas solidarias, que fabricaron y distribuyeron a decenas de familias sin calefacción.

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“Algunos venimos del año pasado trabajando con las estufas solidarias, nos gustó esa idea de ayudar a la comunidad y pensamos en por qué no llevar esto a los alumnos; de ahí salió lo de armar un sensor para las aulas”, contó Joaquín Martínez, profesor de Electrónica y Física en la EPET 3.

El grupo está integrado también por los docentes Franco del Palacio y Matías Banegas. Cuando empezaron a investigar, encontraron que varios países de Europa utilizan sensores de CO2 como una medida de prevención de los contagios de Covid. En Argentina, se pueden conseguir algunos de esos equipos importados, a un precio que oscila entre los 15 mil y 40 mil pesos.

Los docentes neuquinos trabajan en un diseño propio, con un costo en materiales de 1800 a 2 mil pesos, diez veces más barato que las unidades importadas. “En realidad, los componentes electrónicos en China se hacen por diez centavos, no cuestan nada porque están hechos de silicio, que es el segundo componente más abundante de la Tierra porque es la arena, pero salen caros por el valor agregado, que es lo que siempre se discute en Argentina, de traer esos componentes y fabricar nosotros estas cosas”, explicó Joaquín.

Comentó que tuvieron la primera reunión de trabajo hace un mes, antes de las restricciones por la segunda ola de Covid, y ahora avanzan a través charlas virtuales. Señaló que, en ese primer encuentro, “uno de los chicos nos mostró que ya había programado algo de electrónica con un sensor, pero no de CO2 específicamente”.

Eso los animó a desarrollar la parte electrónica con los recursos que cuentan para dar clases. “El equipo funciona con un medidor de CO2 que se conecta a un Arduino, un sistema electrónico sobre el cual uno programa; el sensor le envía corrientes y tensiones, algo físico, y cuando llegan a un valor que calibramos, se activa una alarma”, detalló.

El sensor permite conocer cuántas partículas de CO2 por millón hay en el aire. De ese modo, se sabe hasta qué punto se concentran en el ambiente los aerosoles que pueden contener el virus. Una persona enferma los expulsa durante su respiración.

El docente de la EPET 3 indicó que, en este momento, están trabajando “sobre la cantidad de partículas por millón que puede haber en un aula y cuándo hay que abrir la ventana o no, que todo eso se calibra para dejar el aparato funcionando”.

También nos falta ahora la compra de materiales, que hay que pedirlos a Buenos Aires porque acá no hay y, si ahí tampoco, tendremos que buscar fuera del país”, acotó y aclaró que, para adquirir todos esos componentes, “estamos buscando financiación”.

El objetivo a corto plazo es fabricar dos o tres prototipos para probar cómo funcionan, antes de hacer una compra en cantidad que les permita empezar la producción a mayor escala.

Joaquín precisó que el tamaño de cada sensor es similar “a una caja de fósforos” y que aún está en debate si funcionará “con una pila o si se enchufa y usamos un cargador de teléfono viejo”. Recalcó que, aunque la idea es aprovecharlo en las aulas, “se puede llevar a una habitación, un living o cualquier espacio cerrado”.

En los espacios interiores, la necesidad de ventilar varía según las dimensiones, la cantidad de personas y el tiempo que llevan allí. Los mismos docentes del proyecto pasaron por el inconveniente de no saber hasta qué punto servían las puertas y ventanas abiertas cuando daban clases de manera presencial.

“Eso depende de cada aula y cada escuela y, en mi caso, con las últimas clases que di, estaba muy fresco porque teníamos abierto desde temprano, pero hay que verlo como un cambio que nos sacude a todos y del que tenemos que pensar cómo salimos”, subrayó el profesor.

Destacó que, si pudieran fabricar y distribuir estos dispositivos de bajo costo, “ya no va a importar lo que crea cada uno o la sensación de si la ventilación alcanza, sino que la certeza te la va a dar un aparato a partir de un dato científico”.

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-> Cómo funciona un medidor de CO2

1- Los medidores de dióxido de carbono incluyen un sensor que envía una señal infrarroja y, según la respuesta que vuelve al aparato, determina la cantidad de partículas por millón (ppm) del gas en el aire. Antes de la pandemia, eran habituales en industrias y espacios de trabajo con posible contaminación.

2- Según parámetros internacionales, en un ambiente abierto, el nivel óptimo de CO2 no debe superar las 400 ppm. En espacios cerrados, como el aula, el límite saludable son 700 ppm. Esos grados de concentración revelan, de manera indirecta, que hay una gran cantidad de aerosoles en el aire, exhalados por las personas que están en la habitación.

3- Al programar el medidor, se añade una alarma que se activa cuando la señal supera el límite. En algunos casos, es una luz y en otros, un sonido. Ese alerta le indica al docente o la persona a cargo que la ventilación es insuficiente.

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-> Se pueden fabricar en una EPET

Los profesores neuquinos que desarrollaron su propio medidor de CO2 planean llevar el proyecto a las escuelas técnicas, para fabricar los dispositivos en cada taller junto a sus alumnos.

“No lo pensamos como algo para salir a venderlo, al contrario, creemos que esto lo pueden hacer los alumnos también, porque en tercer año de una EPET tranquilamente pueden hacer este trabajo", aclaró Joaquín Martínez, uno de los impulsores del proyecto.

Afirmó que lo ven "como una forma de empezar a pensar también en que una tarea se hace en el taller la escuela técnica sea para la comunidad”.

Destacó que, además de ayudar a numerosas instituciones, “nos da la posibilidad de mostrar todo el valor que tiene la educación” y lo que se puede lograr desde las aulas.

Comentó que, en la indagación que hicieron para el diseño, descubrieron un puñado de iniciativas similares en otras provincias del país, en general por fuera del ámbito educativo, “pero todavía no vimos que alguna esté funcionando”.

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