Dos relatos crudos y vivos de dos jóvenes que cuentan las secuelas del abuso

Dos jóvenes cuentan su experiencia. Van a terapia y luchan para que no las vean como víctimas. Un roce, una canción, una película, un perfume o un timbre de voz ponen en alerta sus cuerpos.

Por Guillermo Elía - policiales@lmneuquen.com.ar

Este informe ofrece dos relatos vivos de lo que sufren las víctimas de abuso sexual y las secuelas que arrastran de por vida.

Las jóvenes padecieron estos episodios entre los 12 y los 17 años, los agresores eran profesores con los que compartían varias horas al día y se aprovecharon de su vulnerabilidad para hacerse de su confianza y abusar de ellas. Ambas salieron adelante gracias al apoyo familiar y al trabajo en terapia.

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LMN trabajó en conjunto con ellas durante un par de meses para que puedan contar en primera persona las secuelas que deja el abuso.

Se trata de un abordaje interesante ya que las jóvenes trasladaron las preguntas, y sumaron nuevas, a sus sesiones de terapia.

De esta forma, se terminó armando un trabajo colaborativo en el que interactuamos durante todo el recorrido, incluso ellas eligieron sus nombres de fantasía para preservar sus identidades.

Las jóvenes asumen que fueron víctimas en una etapa de sus vidas donde eran vulnerables, pero no quieren que se las etiquete de por vida.

En terapia identificaron que hay vestigios psicológicos que van a arrastrar pero que no les impiden seguir en busca de sus sueños.

Hoy en día, un roce, una canción, una película, un perfume, un timbre de voz pueden activar en su interior un estado de alerta que las lleva a revivir aquellos episodios. Socializar y confiar en el otro es una tarea que se renueva en cada amanecer.

Los hechos por los que pasaron no serán identificados, aunque sí dejamos en claro que los profesores fueron acusados, enjuiciados y condenados por la Justicia neuquina.

En este trabajo conjunto, lo importante es la manera que eligieron para relatar y transmitir lo que sigue después del abuso, y esto puede servir a otras y otros que tengan que atravesar tan dan duro camino, donde el develamiento siempre es un paso clave.

Helena: “Sé que fui víctima, pero eso hoy no me define”

Yo tuve un arranque de adolescencia complicado, me había mudado de provincia y venía con un ambiente familiar muy complejo.

Lo conocí en la colonia de vacaciones, que es un ámbito donde los profesores tiene mucho trato con los chicos. Yo tenía 12 años. Él se transformó en el eje de mi vida y mi héroe porque era la puerta para salir, la única oportunidad que tenía para ser exitosa y salir del pueblo, como él me decía.

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Con el tiempo, en terapia, me saqué un poco esa culpa del lugar donde yo lo había puesto porque vi que él se había encargado de ponerse en ese lugar. Conocía la interna más íntima de mi familia y la aprovechó, no era inocente en lo que hacía. Es muy lúcido, muy inteligente dentro de su perversión, porque supo cómo manipularme y hasta me llevó a enfrentarme con mis padres.

Cuando me fui de la provincia me terminó de cerrar qué fue lo que me había pasado y que esa no era una relación natural. Yo llegué a tener una relación emocional con él, me llevó mucho tiempo entender y ahí fue que me di cuenta de lo que me había pasado. No sé si hubiese llegado a violarme, creo que tenía más que ver con la perversión del poder y de la manipulación, eso le generaba cierto placer.

Yo no me considero víctima, creo que fui víctima de abuso por parte de una persona. A mí no me define lo que me pasó o lo que fui. Hablo de lo que me pasó a mí, porque cuando yo estaba siendo víctima no tenía ni idea de lo que estaba pasando, me di cuenta mucho después.

La palabra víctima a mí me choca porque me da dimensión de la vulnerabilidad en la que te pone la situación. Me choca porque sé que fui vulnerable y no quiero que me defina y no quiero volver a sentirme de esa manera, con un montón de miedos que sigo arrastrando. Me choca porque cuando me veo a los 13, 14 y 15 años creyendo que me las sabía todas y que la tenía reclara y que esa persona era única; la verdad es que me veo a la distancia y me agarraría de los pelos y me sacaría de ese lugar, porque ahí sí era víctima.

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Mi rebeldía de la adolescencia él la utilizó para manipularme. Yo por mucho tiempo interpreté esa rebeldía como un justificativo de lo que me había pasado. Es imposible hoy saber que si yo no hubiera sido tan rebelde a lo mejor no me habría pasado.

Entre las secuelas que me dejó, está la necesidad de aprobación. Yo no tenía límites con este tipo y lo dejé hacer y deshacer con mi vida lo que quería con tal de que él me tuviera como su preferida.

Otra de las secuelas, que está relacionada, es aceptar las condiciones del otro, permitir al otro todo para que no se enoje, con tal de conformarlo.

Llevo más de seis años de terapia, eso me permitió comenzar a ver que no pasa nada, que no se detiene el mundo y que no hay mayores consecuencias si las condiciones las pongo yo y el otro se enoja. Me hubiera gustado aprenderlo de una manera menos dolorosa y violenta. Aprendí a poner condiciones, a decir que no y sostener ese no.

Sí, hoy soy más desconfiada, menos accesible, miro a la gente de manera más fina y me violento cuando observo situaciones parecidas o cuando se justifican determinadas situaciones como cuando dicen “¿pero vos viste cómo estaba vestida?”.

Hay un actor del que no puedo ver sus películas porque me recuerda a él físicamente. Hay una canción de Baglietto, “El témpano”, que no puedo escuchar porque me recuerda que él me la dedicaba y en su interpretación yo era la mariposa.

Durante el juicio, mientras yo declaraba, él me miraba con cara de nada, se reía y tomaba mate. Todas las noches del juicio soñaba que le decía que era un hijo de puta y me ponía esa cara de nada, me daba mucha bronca.

Esta charla con vos me permitió acordarme una noche de una situación que tenía totalmente bloqueada y soñé con él, pero me quedo con que no fue un sueño angustiante. No me volví a sentir vulnerable ante su presencia.

Cada vez que toco el tema o recuerdo sensaciones, revivo todo eso, pero cada vez me siento más fuerte, con más herramientas y menos culpa.

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Milagros: “Dejé de ser víctima en el momento en que empecé a hablar"

Fui abusada sexualmente desde los 14 hasta los 17 años en repetidas veces, no podría decir un número exacto. Mi abusador era un profesor de una actividad que amaba y que me ocupaba tantas horas y días a la semana, que ese lugar se había convertido en mi segundo hogar.

Él se había ganado mi confianza; para mí era un amigo más al que le contaba mis cosas y me aconsejaba todo el tiempo.

En el momento que comenzaron los abusos no me sentía como víctima, siempre fue algo que creí muy lejano, y más a mi corta edad.

Comencé a sospechar cuando mis compañeras más grandes egresaron del secundario y se fueron a estudiar a otras ciudades, quedando yo como una de las más grandes del grupo.

Noté enseguida cómo fui el reemplazo de ellas, se ensañó conmigo y empezó a hacer cosas que me descolocaban completamente, me hacía sentir muy incómoda y a la vez culpable.

Cuando él lo notaba rápidamente decía “si te sentís incómoda, decime”, con aires de total normalidad. Yo quedaba petrificada, quería decirle que sí, que me sentía muy incómoda y no quería que lo haga más; pero sin embargo mi boca balbuceaba un “no” muy tímido y temeroso.

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Las formas que tenía de manipularme eran psicológicas. Comencé a separarme de mis compañeros porque él siempre me decía cosas en contra de ellos, me hacía sentir que yo sí las hacía bien. Y así me fui, y me fue, aislando cada vez más.

El ser víctima creo que sí se resuelve, dependiendo del lugar en que te pares y cómo lo pienses. Sí se resuelve, pero nunca se termina de superar, es importante esa aclaración.

No quiero que suene fatalista, la terapia es súper necesaria, personalmente me fue y es de muchísima ayuda.

“Ser víctima” es una frase muy cruda, la interpreto mediante la existencia, en este caso, de un agresor y de una persona que sufre las consecuencias del accionar de este otro.

Definitivamente, sí fui víctima todos esos años que padecí los abusos, pero dejé de serlo en el momento en que empecé a hablar.

No voy a negar que en todo el proceso, desde empezar a hablar hasta salir a marchar, no sentí miedo, porque la verdad es que estaba aterrada.

Con tan solo 17 años y cursando el anteúltimo año del secundario no quería que me señalaran por la calle y me pensaran como víctima o se apiadaran de mí; yo quería todo lo contrario, que vieran mi fortaleza y que eso fuera un pequeño empujón para aquellos cientos de víctimas que sufren en silencio.

De esto hablo cuando me refiero a que dejé de ser víctima, no quedarse con una etiqueta que te condicione, hay que romper esa percepción que no le hace bien a nadie. Además, todo esto es solo “algo más”, no hay que pensarlo como algo fundante de nuestra identidad, es una herida que luego va a terminar siendo una cicatriz.

En cuanto a las secuelas, son varias, algunas ligadas directamente con lo que sucedió y otras no tanto, que una vez que empecé terapia pude relacionarlas.

Las que se relacionan directamente son sueños recurrentes con mi abusador. En la intimidad algunas acciones me perturban; si alguien, quien sea, me toca la pierna me siento extremadamente incómoda, lo mismo ocurre cuando estoy en el asiento de acompañante de un auto, estoy alerta todo el tiempo al movimiento del conductor; cuando estoy en la facultad y en una materia hay un profesor al que le encuentro similitudes; me ha pasado de ver personas parecidas, sentir un perfume, ver el auto que él usaba.

Generalmente, ante estas situaciones siento una enorme angustia y a veces sufro ataques de pánico, me paralizo y empiezo a temblar, siento mucho frío, me sudan las manos y solo quiero llorar.

Una secuela indirecta es que en relación con mi salud, sobretodo en la sexual, tengo la paranoia de sentirme “sucia”, vivo de médico en médico, consulto todo el tiempo con mi ginecólogo (es hombre pero con él no tengo problema), soy fanática de hacerme el pap, análisis de flujo y de sangre todos los años.

No siento que todo esto me afecte mucho en mis relaciones de pareja o con amigos o con gente en general, sí puedo decir que soy bastante cautelosa y desconfiada, sobre todo con hombres mayores por fuera de mi familia y con los que me relaciono que me demuestren algún mínimo de afecto, pero a pesar de todo esto puedo hacer una vida completamente normal.

Esto es por la forma en que pude afrontar las situaciones que se me presentaron, por las acciones que decidí tomar, por correrme del lugar de víctima, por empezar a ir a la psicóloga.

Pude hacer un proceso muy positivo y tener una vida muy feliz. Esto lo escribo ya con casi 22 años, con otra forma de ver y sentir las cosas; entendiendo que todo lo que me pasó también forma parte de una lógica patriarcal muy instalada en nuestra sociedad, en donde el hombre se cree con poder sobre el cuerpo de las mujeres y del colectivo LGBT; y resaltar que todo esto fue posible gracias a todo un movimiento que nos levanta, nos acompaña y nos empuja a seguir adelante con amigas y compañeras que te ayudan a estar fuerte.

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