Efectos de un crimen
Hace tiempo que en la Argentina no se realizaba un juicio tan conmovedor y tan atrapante como el que se lleva a cabo en Dolores por el crimen de Fernando Báez Sosa, ocurrido hace 3 años en Villa Gesell. Es un imán para la opinión pública, no por el morbo que pueda despertar un asesinato atroz como ese, sino por una tragedia que parece inexplicable y que tiene como protagonistas a un grupo de ocho pibes de no más de 22 años, casi la misma edad que tenía la víctima.
No es un crimen más. No es un asesinato de los que ocurren todos los días. Fue una masacre ocurrida en un lugar de veraneo, específicamente en un local bailable, donde la gente concurre para divertirse, no para matar. Además, tiene un ingrediente extra que lo hace más increíble por la cantidad de videos, fotos, audios y pruebas que permiten recrear lo que ocurrió aquella madrugada trágica en la costa bonaerense.
El juicio es atrapante porque cuesta entender el comportamiento de este grupo de jóvenes que hizo todo los posible para terminar con la vida de un chico. Decenas de puñetazos, patadas y golpes, aun cuando el cuerpo de la víctima yacía inerte en el piso; casi una película donde todo es real; no hay nada de ficción.
La sociedad sigue las alternativas de un juicio que genera más atención que los vaivenes de la política, los números alarmantes de la economía y hasta los programas más coloridos y chismosos del verano.
La gente está ávida de conocer detalles, pero fundamentalmente saber el porqué, aunque ni las opiniones de los especialistas ni el veredicto de la Justicia a fin de mes tengan una respuesta frente a tanta brutalidad irracional.
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